Señor Alien,

Entienda usted, si ha de entender, que por mucho que lo he pensado no encuentro motivos para que no elimine nuestro planeta. Me he quedado en cero, binario, y lo que menos quiero es quitarle tiempo. Lo del tiempo es invento nuestro, aunque ya me corregirá usted. Le escribo en español, que es uno de los lenguajes que usamos para comunicarnos y lo hago desde España, el pedazo de tierra donde nació dicho lenguaje. No quiere decir que tenga que ser así, pues tengo la capacidad para escribir en español desde cualquier parte del mundo. Existe un lenguaje más universal (solo dentro de este planeta) pero se me dificulta usarlo por cuestiones de habilidad. Aquí lo llamamos música.  

Discúlpeme, si ha sentido lo que se llama ‘ofensa’ o mis palabras le causan malestar por anticiparme a que usted quiere eliminar la Tierra. ‘Eliminar’, palabra importante en nuestro vocabulario, quiere decir que algo no existe más. Si lo he llegado a pensar es quizá porque, como dice un amigo de mi padre, el que es un bandido piensa que todo el mundo es bandido. Yo como individuo no soy de destacar entre mis pares y tampoco se puede decir que he hecho las cosas para el beneficio de todos. Pero me importa el rumbo que está tomando nuestra especie, aunque no lo puedo defender. Como le digo, no encuentro motivos para preservar este lugar. Pero he decidido escribirle (es decir que la motivación ha nacido dentro de mí y nadie me ha obligado) porque se me ha ocurrido que usted, siendo de otra especie (por así decirlo) nos puede ayudar con una mirada, o cual sea su aparato de visión, objetiva y sin vicios (lo que hace un bandido) (estos contenedores en el texto son pensamientos que no quiero incluir como palabras oficiales).

Quisiera contarle sobre la Tierra pero la realidad es que no la conozco mucho. No sé qué tan fácil o dificultoso puede ser para usted reconocer todo su planeta, o galaxia o cualquiera que sea su percepción del espacio pero a nosotros no se nos da bien entender la grandeza. Menos las pequeñeces. A duras penas conocemos el funcionamiento interno de los objetos que usamos todos los días o cómo fueron construidos, pero por eso nos hemos especializado y nuestra formación desde niños se enfoca en un ámbito específico (comunicación, transporte, artes). Esto ha permitido que los seres humanos logren desarrollar tareas que van más allá de sus limitaciones físicas, como sumergirse varios metros bajo el océano o visitar nuestra luna. Puede que estas cosas usted ya las sepa y de ser así, debería admitir que el asunto causa curiosidad o fascinación respecto a la evolución de una especie y su capacidad para crear.

Como ejemplo, en el año 1969, el día 29 del mes de octubre (así llevamos la cuenta del tiempo en mi cultura) se realizó por primera vez en la historia la transmisión de un mensaje de una computadora hasta otra. Lo que ahora se conoce como Internet. El cómo se creó esta red escapa a mi conocimiento interno aunque ahora, gracias a Internet, puedo acceder a esa información de forma instantánea. De manera que si ahora nos sentáramos a hablar usted y yo, frente a frente (esto es una expresión de humanos), y yo tuviera una computadora en la mano (con acceso a Internet) podría responder casi cualquier pregunta sobre nuestro planeta, porque alguien más ya lo hizo y el conocimiento se comparte. Esto también se transformó en un problema para la raza humana, en primer lugar porque el Internet se ha convertido en una extensión de nuestro cerebro y por lo tanto no necesitamos almacenar tanta información como antes, y segundo porque hay sobrecarga de información de todos los temas posibles y esto puede generar desinformación. Hay un escritor de aquí de España que lo explica simple y dice que nada impide más ‘el escuchar’ que dos sonidos en paralelo.

Como ya le dije al principio de este texto no deseo robar su tiempo pero dígame si lo que le cuento no le genera algún interés sobre el destino de los humanos. Mientras estoy escribiendo esto hay alguien sumergido a cientos de metros bajo el agua dentro de un submarino (máquina para explorar el océano), hay otros viajando a la velocidades supersónicas en un avión, algunos están explorando selvas oscuras en busca de animales o plantas, aunque claro que también hay gente que está matando a otros (humanos o cualquier otro animal) con un arma o con sus propias manos, alguno se está lanzando al vacío y bailando en el viento con un traje especial para planear, hay ilusionistas creando magia y engañando al ojo humano, hay personas soñando y controlando sus sueños, otros maquillando muertos, otros crean pinturas surrealistas, otros solo se detienen a mirar el paisaje y dibujarlo. Otros muriendo y otros naciendo.

De alien a alien le estoy agradecido por descifrar mis palabras. He tratado de expresarme de la forma más clara posible pero hay tópicos que se escapan a mis explicaciones superficiales, como el tema de ‘los sueños’ o lo que es soñar como tal. Para esto necesitaría escribir, por lo menos, otra carta. Además se estará preguntando usted por qué le he escrito esto. Lo que es más bien una expresión, ya que no estoy seguro de su capacidad de reflexión o la velocidad de deducción que tiene, por lo cuál no puedo asegurar que usted se cuestiona las cosas. Sea como sea, lo explico a continuación:

Hace un año y medio (la tierra ha rotado sobre su propio eje unas 548 veces desde entonces) me encontraba en la ciudad de Barcelona caminando con Dante, que es mi perro. Si sabe lo mínimo sobre nuestro planeta, tendrá conocimiento de que los seres humanos y los perros guardan una relación estrecha, por lo general de acompañamiento. Dante sí es mi perro, es decir de mi propiedad. Cuento con un carné en el que me hago responsable de él ante otros humanos. Como nuestra comunicación con otras especies es limitada o nula, yo no puedo saber si él acepta ser de mi propiedad o si me ve como la suya. Pero convivimos bien entre los dos. Yo lo alimento y lo guío respecto a cómo actuar en el contexto humano. Me encargo de darle varias caminatas al día para que expulse sus desechos fuera de nuestra casa y por lo general lo llevo con una correa atada a su cuerpo. Esto a él no le gusta y se resiste. Cuando se la quito se relaja y camina a mi lado. Una noche íbamos los dos caminando por la calle. Recuerdo que resplandecía nuestra luna detrás de varias nubes y algo en el cielo desconectó mi cerebro.

Aquí le pediré un poco de paciencia porque yo tampoco entiendo cómo funciona nuestro cerebro. Solo sé que dejé de producir información y me quedé en cero, pero esta vez no era binario, fue más bien un cero absoluto, que en nuestra tierra es la menor temperatura conocida, al punto de que la materia se congela y el tiempo, en teoría, deja de transcurrir. Estos temas los entenderá mejor usted que nosotros. Se podrá imaginar, más o menos, cómo es estar parado en un punto mientras todas las voces llegan al mismo tiempo, desde todas las direcciones, y la gente pasa pero no son más que sombras o recuerdos de otra gente que ya pasó por ahí o que pasará, y yo como individuo me detengo en un intérvalo atemporal, que bien podría ser un segundo o 7.500 millones de años (lo que le falta a nuestro sol para extinguirse), a replantearme cada elemento de lo que ha sido mi vida. Aquí lo llamamos epifanía. Así de sencillo, con una palabra. ¿Ve usted que los humanos tenemos cierto valor? Podemos encerrar vidas enteras con una palabra, generaciones y miles de años. Cuando decimos ‘humano’ hay millones de años detrás de esa palabra y todo lo que contiene. Lo mismo ocurre, por supuesto, con la palabra ‘alien’.  

Volviendo al motivo de la carta, luego de la epifanía, me dije (esto significa que le hablé a mi cerebro usando mi cerebro) que le daría un rumbo diferente a mis acciones y que escucharía más el instinto. El instinto es como la voz más interna que tenemos. El código base de nuestra memoria, tan oculto que no sabemos por qué nos dice lo que nos dice. Y lo único que pude ver allí fue a Dante, mirándome de vuelta, esperando proseguir nuestro camino. Pensé en lo curioso de su personalidad, que lo hace resistirse a la correa pero se queda tranquilo cuando no la tiene. En ese momento no tenía puesta la correa y estaba sentado a mi lado. Me hubiese podido quedar milenios allí y él conmigo. Si yo decidiera caminar hacia un volcán, él me seguiría hasta la orilla. Claro que no saltaría conmigo, y en eso nos asemejamos más de lo que creemos, porque yo tampoco saltaría dentro un volcán detrás de él. Pero éramos más cercanos que cualquier relación de amistad entre humanos, con una preocupación desinteresada por el otro. Sería una ofensa de mi parte no reconocerlo así cuando me lo ha demostrado en toda su vida con sus actos. Decidí ponerle la correa pero esta vez nadie se resistiría. Dante dictaría el camino y yo lo seguí a voluntad.

Primero nos desviamos unas calles, luego varios barrios y a la medianoche estábamos en una parte de la ciudad que no conocía. Dante seguía caminando y yo tras él. Busqué un hostal cercano, compré comida para dos días y pasamos la primera noche en un lugar diferente a nuestra casa. Para nosotros los humanos es fácil recordar los primeros días de un evento importante. De alguna forma, sin ser muy evidentes, estamos alerta y el cerebro absorbe toda clase de detalles de poca importancia, como que las habitaciones tenían techo y suelo de madera o que en la bañera del baño, en una esquina, había una mariquita caminando tranquila. Ambos dormimos en la cama. Entenderá usted señor alien que ya estábamos, sin saberlo muy bien, dentro de un viaje y si era el viaje de Dante, él tenía tantos derechos como yo. Al amanecer salimos para no volver. Seguí a Dante por el borde de la playa hasta el anochecer. No podía evitar preguntarme a dónde quería llegar o si quería llegar a alguna parte. Cada paso que dábamos nos situaba en una atmósfera diferente. Eso era más fácil sentirlo que verlo. Cuando llegó la noche no encontramos hostal ni carreteras, solo el mar y la arena. Dormimos ahí. Esa misma noche me golpeó el ego por primera vez. Fue curioso que atacara en la segunda noche y no en la primera. Debió ser porque la idea de dormir en un lugar diferente era tan emocionante que me dejé llevar. Pero a la segunda noche, despertando a cada rato por el frío de la playa y la incomodidad de algunos bichos que se me metían detrás del cuello, me sentí ridículo.

Para usted ha de ser extraño el concepto del ‘ego’. Aquí en la Tierra el ego es una fuerza invisible que nos da golpes físicos en el estómago uno que otro día. Nadie sabe muy bien dónde está pero siempre lo tenemos cerca. No sé si es uno muy grande con muchas cabezas o cada quien tiene el suyo. Entenderá usted, si ha de entender, que esto escapa a la razón. Mientras dormía y despertaba, el ego me daba puñetazos por todas partes y a la vez me regañaba y me calificaba como un idiota, por estar sintiendo frío por culpa de mi perro. Se hará usted una idea de que el ego es un ser horrible que no tiene consideración por los demás, lo que me da a pensar que quizá cada quien tiene el suyo. En especial porque en realidad el frío que sentía por el aire de la noche no era culpa de Dante, como mucho era gracias a él. Le di una mirada y noté que temblaba igual que yo. Él tampoco estaba acostumbrado a esto, entonces, ¿por qué nos había traído hasta aquí? Verá usted y me permitirá hablar con expresiones (como ‘verá usted’) porque si ha seguido mi carta hasta aquí hemos creado un hilo de confianza lector-escritor que tampoco se puede ver. No se moleste en buscarlo pero con cada letra ese filo se va afinando. Esta habilidad es exclusiva de nuestro lenguaje, sea en el idioma o código que sea.

Verá usted que esa noche me dormí sin saber por qué estaba ahí pero me encontraba en paz con la idea. Un pensamiento que a Dante se le debió cruzar hace mucho tiempo. Caminamos dos días más sin quitarle la vista a la playa. Dormíamos en la arena y cada noche se hacía más fácil. La primavera estaba terminando entonces nos encontrábamos a puertas del solsticio de verano, que para ser más concreto es la época del año en la que el sol alcanza su mayor altura en el cielo, lo que produce que los días sean más largos. Como Dante es un carlino su cuerpo no le permite avanzar trayectos largos sin descansar pero me consta que se esforzaba por seguir cuando podía. Se detuvo en un puerto. Pude notar que no era una parada de descanso porque apenas habíamos reanudado la marcha unos minutos atrás. Se sentó en el puerto a contemplar el mecer de los barcos y yo me senté con él. Quiso acercarse al muelle a ver más de cerca un barco de carga que se estaba preparando para salir. Sentí curiosidad por saber dónde nos encontrábamos pero me dije que no importaba, porque aquello no cambiaría nuestro camino. Entonces dos personas que iban a entrar al barco de carga se acercaron a Dante para detallarlo. Me preguntaron su nombre y quisieron saber de dónde era yo. Les expliqué mi situación lo más simple que pude: hace cuatro noches que me fui de mi casa, siguiendo el camino de mi perro. Me preguntaron para dónde iba y les dije que no sabía. Bromearon con el asunto de que me fuera con ellos y les pregunté si podía llevar a Dante, entonces bromearon otra vez diciendo que la invitación era para él y que yo podía ir si ayudaba a limpiar. Entonces zarpamos.

Como era un barco de carga no éramos más de diez personas, pero igual necesitaban a alguien que limpiara las cabinas y la parte exterior del barco y lo hice dos veces al día, además de limpiar los baños y sacudir el polvo, la lavandería y en la cocina. Trabajaba unas ocho horas diarias y el resto lo aprovechaba mirando al mar. Los primeros días, Dante estaba encerrado en una jaula pero ganó la confianza de la tripulación y lo dejaron caminar a su antojo. El movimiento del barco en el océano le hizo vomitar algunas veces pero se acostumbró.

Le contaría los nombres de los tripulantes, porque para nosotros los humanos los nombres son importantes, pero en este caso no lo encuentro necesario ya que si ellos llegaran a leer esto se reconocerían de inmediato sin tener que nombrarlos, y de no ser suficiente, sabrán que hablo de ellos porque diré que en la octava noche vimos delfines por decenas. Aún así y aunque toda mi vida recordaré esos 14 días en el mar abierto, no puedo asegurar que me dieron sus verdaderos nombres. Sólo nos llamábamos con apodos, que es una etiqueta que se le asigna a una persona, por lo general relacionado con algún elemento de su vida. A mí me decían ‘náufrago’, por el aspecto que tenía cuando llegué al barco, sin bañarme, con bigote y la ropa sucia.

Sobre mi viaje, que ya lleva un año y medio, podría contarle otras millones de palabras pero me parece que ya he roto un poco mi intención de no robarle lo que llamamos tiempo. Sin embargo, si ha leído todo esto, con seguridad ahora sí se estará usted preguntando por qué decidí escribirle, creyendo que usted lo iba a leer. Fue porque una vez en un refugio dentro de las montañas de Chile me dijeron que la gente le estaba escribiendo cartas a los aliens y me preguntaron por qué no lo intentaba. Por supuesto que no sé cómo hacérsela llegar porque la realidad es que no sé dónde está usted. Entonces, ¿qué importa dónde la tenga? La puedo dejar olvidada en un cajón de un bar y si usted está ahí la va a encontrar. La puedo lanzar al fondo del océano y usted podría dar con ella. Aunque también puede ser que no la lea nunca porque nunca le llegue, o que la lea antes de que la escriba porque usted es invisible, como el ego, y se mueve bajo unas reglas del tiempo diferentes a las mías. De cualquier manera se la dejo aquí y con el ánimo de mantener una conversación de parte y parte le quiero preguntar algo: ¿en su planeta hay fronteras?

P.D. Respecto a la cuestión inicial, en caso de que desee destruir nuestro planeta, quiero que sepa que no he intentado convencerlo por este medio. Solo escribirle. Siji, un amigo que conocí en el barco piensa que usted no tiene por qué ponerse en esas porque, como ya le dije, nuestro sol se morirá dentro de 7.500 millones de años (o antes si algo extraordinario ocurre) o puede ser que la raza se elimine a sí misma antes de eso. Entonces solo tiene que esperar. A mí me suena más interesante esta opción pero yo soy yo y usted es usted, supongo. Se despiden y lo saludan dos amigos de La Tierra, esperando que se encuentre usted bien, si se ha de encontrar.    

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