Los primeros mil millones

No he querido leer pero he leído La casa de las especias de Marco Toro. Hasta ese día estaba convencido de que leer era siempre un provecho. Sin embargo, la obra del primaverizo ha generado en mí la necesidad de crear una nueva categoría para los libros que se escriben: aquellos que quedan en el limbo. Me ha costado definirlo así, teniendo en cuenta toda la belleza del limbo, con su esperanza vacía y sus pecadores justos, y para efectos de esta narración será necesario entenderlo como un espacio de estanco perpetuo, sin la posibilidad que tienen los malditos de redimirse o la consideración de ser temporal, como el purgatorio de Dante. Es así que nació una obra de la que no se puede decir nada, porque nada dice, y es inadecuado otorgarle el rechazo, porque ese también es un sentimiento, y La casa de las especias no genera nada. Si Marco Toro lo hubiese escrito con la humildad de algo que se hace con amor o con la minucia del odio, tal vez el libro tendría un atisbo de personalidad. Tal vez. No entenderá el lector, entonces, cómo fue que aquel cascarón se ganó el Premio Cervantes y menos adivinará, si se quiere, por qué se lo quitaron después.

La historia es una falsa crónica donde el mismo Marco Toro pasó unos meses viviendo en una comunidad nómada que tenía la particularidad de trasladarse a otro lugar únicamente cuando surgía un problema entre la gente. Si llegaba una catástrofe natural, u ocurría un robo o una violación, todos sus habitantes se ponían de acuerdo para mudarse, en manada, hacia otra parte y empezar de cero. Esa idea vista desde su estado embrionario prometía mucho pero conforme se avanzaba en la lectura era casi imposible dibujar con la mente alguno de los personajes. Los lugares no tenían relleno y al terminar la novela no quedaba uno con la sensación de saber cómo vivía en realidad esa comunidad. En la portada, sin mucha ambición, aparecían varios tarritos de especias (tomillo, paprika, pimienta), alineados uno al lado del otro, en un estante de cocina. El título, sin ir más allá, parecía una errata. Que le quitaran el Premio Cervantes no me sorprendió pero sí me dio un descanso, por mí y por Borges, por Cela, no tanto por Vargas Llosa pero sí por su obra. Y me hizo pensar, quizá por primera vez, en el limbo de los libros, plagado no solamente por esos que nunca se terminan de escribir sino por los premiados y despremiados, leídos y desleídos, hasta que son rescatados, en palabras de Marco Toro -y a mi parecer las únicas líneas rescatables de su obra- por el recuerdo de un demonio, guardián y cuidador de lo que a nadie le interesa, porque nada es.

Cuando el autor tocó fondo me acerqué para hablar con él. Fue una conferencia que tenía agendada en una universidad pública, pero nadie asistió. Llegué temprano y me senté en la última fila. Pasados tres cuartos de hora, los de logística resolvieron quitar la mitad de las sillas (por lo que me tuve que mover) y cuatro gatos se hicieron adelante para dar la sensación de un público, el recuerdo de un público. Adivinará el lector que eso fue peor porque si nadie se hubiera sentado y el auditorio quedaba vacío, podía pasar por un error de convocatoria. Marco Toro buscó puesto a mi lado y bromeó preguntándome qué estábamos esperando. Camino a la conferencia yo había divagado entre todas las posibles formas de empezar una conversación con él pero al tenerlo ahí daba la sensación de que al frente se posaba el cascarón de un animal herido, cuya alma se la robó la fama y yo, con toda la vida por dentro, podía preguntarle lo que quisiera. Quise saber, a la primera, por qué había ganado el Cervantes, aquel hombre, nunca escritor. Me respondió únicamente cuando el auditorio estuvo vacío y nuestras voces rebotaban en ecos de las palabras recién dichas.

Te lo cuento, me dijo, si lo cuentas por mí, porque yo ya no podré hacerlo y de explicar las razones de mis desdichas, con mis manos malditas para la escritura, solo conseguiré hundirme más, si es que hay un fondo del fondo, o si existe el tártaro de los escritores, tan lejos de la tierra como lo está la tierra de Dios. Se me apareció un demonio, comenzó. Así tal cual, un demonio, como si estuviera contándome que se le apareció un viejo conocido o un tío o un indigente. Aclaró luego que fue dentro de un sueño o de una alucinación, pues no estaba del todo seguro, y este le ofreció la gloria fácil. Marco Toro, al no ser ningún sano, le preguntó dónde estaba la trampa y el demonio dejó salir una risa. Nunca pudo describirme cómo se veía ese demonio, pero aquello no se debía a su fracaso como orador sino a que, según él, era uno de esos sueños (o esas alucinaciones) donde las reglas están establecidas desde el principio y a una persona la entendemos como otra, o un lugar lo sentimos como otro, y así nuestro cerebro, en su nivel más inconsciente, es quien asigna los roles. De manera que ese demonio, me dijo, no tenía la forma de nada. La risa, le explicó el demonio a Marco Toro, era porque le divertía la ignorancia humana. Las consecuencias ya las veremos, agregó, solo hay una condición. Pequeña en dimensión. Un sacrificio menor, como lo llamamos aquí en el Limbo. El libro se esparcirá como una epidemia entre los tuyos y una vez infecte a los primeros mil millones, todas esas almas, con su admiración y sus buenas intenciones, vendrán aquí, donde estamos ahora.

Acepté para morir en paz, dijo Marco Toro, y se refería a la paz de morir tranquilo por haber sido valiente en vida. Me contó que La casa de las especias fue su hogar muchos años pero a la vez funcionaba como su prisión, siempre moviéndose, escapando de los problemas pero encerrado al fin en ese patrón de Uróboros. Luego de todos esos dramatismos no pude evitar pensar que me estaba viendo la cara de crédulo, con demonios, limbos y nómadas que cobraban vida. Deduje que a cada persona que le preguntaba su historia le contaba una anécdota diferente y la confianza que habíamos tejido en ese auditorio, donde ya los de logística apagaban las luces, se desvanecía tan rápido como llegó. Pero, quizá por piedad, también me pareció que decía la verdad y que su maldición no cobijaba solamente su palabra escrita sino también la palabra dicha, por lo que yo, un humano ajeno a los poderes del Limbo, lo rechazaría sin tener opción. También le ofrecí el regalo de la duda porque en mis manos pasaron varias novelas terribles pero nunca había dejado que tuvieran una influencia real, y sin embargo aquí estábamos. Le prometí que contaría su historia y él no respondió. Esa noche, yo soñaría con limbos y demonios, incluso con el mismo Marco Toro, mágico y desgraciado, como un libro que tiran por un precipicio y antes de tocar el fondo, flota. Como dicen que flota la verdad. O quizá, dejando atrás la magia y las desgracias, como flota algo que por dentro ya no tiene nada.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s