Otraraña

Hay una araña en la pared. Se ve tan firme pero a la vez parece intangible, como si pudiera deslizarse por los muros con la fluidez de una patinadora sobre el hielo. Busco su telaraña pero no la encuentro. Cada rincón de la pared está limpio y sé que la araña no está sostenida en su telaraña. Yo lo sé y ella sabe que lo sé, es por eso que ahora fabrica su tela donde no la puedo ver y me parece que crea hilos tan delgados que podrían cubrir toda la casa y yo no lo sabría. Me parece, además, que nada de esto es una coincidencia. Es verdad que la araña está a plena vista, casi incluso a un nivel vulnerable, pero eso es lo que ella quiere. Por eso me clava las miradas todos los días, sale un rato de la sombra y me observa, asegurándose de que yo la note.

El problema de matar las arañas o cualquier otro bicho que se reproduzca en una casa, radica en que siempre estamos matando los más débiles, los estúpidos, los que se dejan atrapar fácil. Ante nuestras pequeñas victorias, ellos aprenden de los errores de los demás. Dejan de poner una telaraña en tal parte o salen durante la noche. Lo que queda es una generación de genios precavidos que pueden convertirse en una amenaza real. Sin embargo, yo también he evolucionado en comparación a lo que era hace un mes y mi capacidad para cazarlas se ha agudizado. Ella aparece y me mira, como si me pudiera matar de tristeza con la mirada. Me mira hasta que yo no esté seguro de si está allí o no, o de si es un sueño o es la realidad. Luego se devuelve al aire acondicionado. Hoy por alguna razón se ha quedado más de lo normal.

Su fisonomía no es particularmente aterradora. Es delgada y parece limpia, de un color negro fino pero no profundo. No debe tener colmillos para herir a un ser humano. Me digo que quizás todo esto sea un malentendido y que tal vez ella no quiera asustarme, sino interactuar conmigo, empezar desde cero. La miro de cerca. Parece estar en armonía con la luz de la tarde. Me acerco más y ella no se inmuta. A estas alturas ya hubiese escapado o yo la habría atrapado para liberarla fuera de la casa. Acerco mi mano y no hay respuesta. La toco. Es como si moviera un cascarón vacío. Entonces la agarro entre mis dedos y la veo. Es un cuerpo muerto. Un cadáver viejo de la primera víctima, que pisé por accidente hace más o menos un mes. Desde adentro salen varias arañitas disparadas en todas las direcciones para esconderse en cada sombra, excepto una. Ella se devuelve a la pared, al lado del aire acondicionado. Y se ve tan negra como un agujero. Y se ve tan firme.

(La idea del ejercicio es que se puedan leer los párrafos en cualquier orden y conserve su sentido, si es que lo tiene)

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