Abuela, no viajes

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La abuela quería viajar. Yo nunca tuve problema con que así fuera, de hecho, varias veces le sugerí la idea y le mostré varios lugares que podría visitar. Como le gustan tanto los árboles le dije que se fuera para Japón, que yo me iba con ella. ¿Y eso es de verdad? Me preguntaba viendo las fotos del túnel de wisteria y los pasajes de bambúes. Sí abuela, es de verdad. Pero ella me miraba como quien no cree la cosa. ¿Y está muy lejos? Muy lejos, abuela.

Hasta que hoy me dijo que quería ir a ver esos árboles tan bonitos que le había mostrado en el computador. ¿Hoy abuela? Hoy queda difícil. Vamos, me dijo. Pero abuela, ¿y la pandemia? La cosa está grave, están cerrando los aeropuertos y los puertos, ni siquiera es recomendable salir a la calle. Eso de la pandemia lo dicen desde que yo estaba pelada, comentó molesta.

Ella se refería, en un rango muy amplio, a las tragedias que se cernían cada año sobre el mundo y amenazaban a la población con la llegada del fin, al punto de que parecía que tuviéramos nuestro propio calendario chino, con el año de la H1N1, el año del Ébola, el año de los Mayas o de la Tercera Guerra Mundial. Pero estas tragedias siempre le llegaban como rumores, porque apenas le contaban una esquirla de la bomba y ella escuchaba, asentía y seguía alimentando a los gallos como si nada. Me dijo que había soñado que caminaba en medio de un bosque con árboles que no había visto nunca y se acordó de nuestro viaje a Japón. Y en el sueño había un gallo que caminaba a su lado todo el trayecto. Pero el gallo no lo llevamos, me dijo, yo lo dejo con doña Graciela que ella lo cuida, qué lo vamos a poner a chupar frío por allá.

Abuela, vamos después de la pandemia. ¿Y eso cuándo se acaba? No sé, pero no será más de un mes. Es que ahora no dejan salir del país, y menos con animales, porque el patógeno ha evolucionado de los mamíferos a las aves. Pero el gallo lo dejamos. No importa abuela, no nos dejarían viajar ni aunque nos subiéramos desnudos al avión porque están evitando riesgos. ¿Y allá también hay pandemia?, me preguntó mientras me servía el café en un platico de cera con unas rebanadas de queso fresco al costado. Allá también hay, dicen que el único país que se ha salvado es Groenlandia, pero porque es una isla y el frío no deja que se transmita fácilmente. Además ellos fueron los primeros en cerrar puertos y aeropuertos y han realizado sacrificios masivos de animales. ¿Y eso es verdad? Muy de verdad abuela, tan serio como la peste negra.

La cara de la abuela se apagó por un momento, mientras sostenía su taza a medio tomar. En sus ojos no vi nada, ni desilusión, ni enojo. Vamos pues. Se puso como una niña, con una alegría que le recorrió todo el cuerpo y un cosquilleo en la cara que no le permitía dejar de sonreír. Pero primero vamos a alimentar el gallo. Ella asintió y se fue a la cocina a buscar el alimento. Lo sacó en un costal arrugado que estaba a la mitad y se puso un puñado de semillas de girasol en los bolsillos de la bata. El gallo no estaba en el patio. Hace tres semanas que no lo veíamos, ni a él ni a ningún otro animal, ni siquiera a Doña Graciela. ¿Dónde está ese berraco? Antes de irnos le tenemos que dar la comida. ¿Por qué no se la dejamos servida? No, me dijo con la cabeza, si yo no estoy al frente no come, es así de remilgado. ¿Entonces? Toca esperar a que vuelva, ¿y si no vuelve? Si no vuelve, no viajo.

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