Autoepitafio

Aquí se pudre un cuerpo con una duda enterrada: ¿cómo se puede querer tanto algo que no se conoce? La inmortalidad, que nos regresa la única cosa que no podemos recuperar, no ha sido relatada por nadie como un privilegio. Y podría ser, como dice Borges en uno de sus cuentos, que un inmortal esté condenado a vagar el mundo sin pronunciar palabra, hasta que alguien lo encuentre y le llene de vida. Podría ser, también, que los años agraven la soledad y la ausencia de lazos que se cortan con cada generación perdida ante los ojos cansados de quien es eterno.

Aquí duerme un mortal. Un mortal que quiere ser despertado ahora o dentro de mil años. Para volver a probar el vino amargo, para mirar por la ventana en los atardeceres de invierno y presenciar el ocaso de la humanidad. Aquí se talla en piedra su mayor temor en vida: no saber qué decir cuando llegara el momento de las últimas palabras. Entonces pidió una prórroga, para pensarlo mejor y no escupir nada apresurado, con la duda de si una palabra de mil años sería mejor que una de cinco segundos. Un poco más de tiempo.

Revivirme, por favor.

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