Pensar en espejo: guacamole

La mejor forma de hacer guacamole es aplastando los aguacates con las manos. Metes la carne de la fruta en un tazón y juegas con ella, no importa el tiempo, no te estás perdiendo de nada. Aquello no lo puedes explicar con palabras, pero te sientes conectado con el primer humano, como si estuvieras amasando al hombre, a tu imagen y semejanza. El aguacate resplandece con una luminiscencia especial y resplandeces con él pero sientes un pánico indescifrable, como si en el momento que dejaras de aplastar los aguacates fuese a ocurrir alguna tragedia. Cuando terminas, sabes que no has terminado, no realmente. Es decir que falta un poco más. Lo amasas dos veces pero entiendes que podrías pasarte toda la vida haciéndolo y sin embargo nunca parecería que ha quedado perfecto. Vas bien y se ve bien, parece guacamole, pero podrías hacerlo por más tiempo y tal vez se vería mejor, ¿mejor para quién? Para el mundo, para la mujer, para el hombre y el resto de los animales. Cortas en trocitos el tomate, la cebolla, y el cilantro. Estás orgulloso de cómo se ven esos fragmentos de vegetal, te pierdes en ellos y en sus bordes puntiagudos, los mezclas, lo mezclas todo, quisieras mezclarte con todos ellos y vivir por siempre ahí. Pero el guacamole no vive para siempre, lo sabes, vive menos que una mosca, menos que una mariposa. Lo dejas todo. Te quedas de pie con las manos pendulando en el centro de la cocina. Las manos sucias y la mente limpia. Pudo quedar peor, pudo quedar mejor.

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