Anillos con piedras

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Foto: Peter Heilmann

—Hay un espíritu esperándote en la puerta —dijo arqueando su cuerpo hacia mi silla y a pesar del ruido de la clase sus palabras me llegaron claras.

Su nombre no lo sabía pero sí lo había visto varias veces por la universidad, con un caminado incómodo, como si intentara sacar una piedra del zapato o la ropa le picara. Siempre vestía de traje y lo que se decía era que el tipo sabía mucho de todo pero nunca hablaba de nada.

—Y eso no es todo —continuó antes de que yo asumiera las primeras palabras— tienes otro encima. Uno grande. Creo que nunca había visto un espíritu tan grande.

—Yo sé —le respondí sonrojada por tratarse de un desconocido.

No voy a decir que no sentí terror. Siempre me he considerado muy racional y hablar de espíritus y brujas me parecía, hasta hace muy poco, una pérdida de tiempo. Pero con todo lo que estaba pasando en mi familia, sumado a que un extraño me lo dijera de la nada…solté una sonrisa débil. Cuando me preguntó si quería hablar de eso luego de la clase, le dije que sí y me esperó en la puerta cuando todos salieron.

—Yo no suelo hacer estas cosas… de meterme en la vida de la gente. Sí puedo ver energía, energía que desfila a mi alrededor, pero nunca digo nada, aunque contigo es diferente —me dijo sin presentarse.

—¿Por qué diferente? —le pregunté. Un hilo de confianza se iba tejiendo con cada palabra, como si pudiéramos confesar nuestros peores pecados sin saber el nombre del otro.

Porque nunca había visto una sombra con tanta energía. Un espíritu. Como lo quieras llamar. Esperando a alguien…persiguiendo a alguien —dijo como buscando algo en mi hombro, al tiempo que se arreglaba el cuello del traje.

—Esta semana me dijeron que me iba a morir —le confesé dejando un espacio largo entre una palabra y la otra— que tal vez me pisaría un carro. Por eso quiero saber si el espíritu que ves es el espíritu de la muerte.

—No sé. Como te dije, yo no voy por ahí diciéndole a la gente que tiene un espíritu al lado —se rascó con el índice detrás de la oreja— solo veo dos sombras. En la puerta del salón había una esperándote, como vigilando o cuidándote, no sé. Y encima tenías otra, como si fuera una nube negra por todo el cuerpo. Esa era la más grande.

—¿Crees que la más pequeña podría ser un ángel? —insistí para darle un poco de sentido a lo que estaba pasando.

—Esto no es como Adivina quién. No es que pueda ver cosas y vaya por ahí diciendo ‘éste es un ángel’ o ‘ésta es la muerte’. Solo te cuento lo que veo —dijo mientras jugaba con una planta que rozaba la mesa.

En su tono sentí que no me estaba diciendo todo, que había algo que lo detenía, como si no viera solo sombras sino algo más. Decidí contarle lo que estaba pasando en mi familia.

—A mi familia le están haciendo brujería. Mi tío contrató a una señora que también ve cosas. Ella fue la que me advirtió que esta semana me iba a morir —toqué el anillo en mi mano derecha y noté que él también tenía uno con una piedra color turquesa.

—Esa gente es muy aprovechada —dijo acariciando su anillo con el índice. Por lo general uno puede ver cosas pero no puede conocer el destino de la gente, eso no es así ¿Y qué les ha hecho esa señora?

—Pues todo empezó cuando mi abuela iba a cambiar una mata de maceta y la vio con gusanos por todas partes, un montón de gusanos, y al desenterrarla encontramos cruces. Entonces la contactamos y ella hizo recorridos por la casa y por todas las fincas de mi abuelo. En una de ellas se sumergió en un lago, con traje de buzo y todo, y sacó un ataúd con fotos de nosotros. En otra talamos un árbol, un árbol viejísimo que a mi abuelo le gustaba mucho, y apareció otro ataúd con fotos. Yo le digo a mi abuelo que le estamos dando mucho poder pero él sí cree mucho en eso. Le estamos pagando un millón para la renta de un apartamento amueblado, con servicios y mercado incluído y le damos otro millón solo para velas. Ella tiene la casa llena de velas, de todos los colores, dice que los colores vivos son muy buenos para combatir eso.

—Ella supuestamente ya sabe quién nos está haciendo brujería —me adelanté para darle un poco de fuerza a lo que le había dicho, con la naturalidad de alguien que cuenta lo que hizo en vacaciones. Tampoco me podía sacar de la cabeza que hace quince minutos estábamos en clase de Lógica y que fue en clase de Lógica que me dijo que tenía dos espíritus conmigo.

—¿Y quién es?

—Un señor que también tiene un negocio de camiones —dije un poco apenada por todas las cosas que le estaba contando— pero el de mi abuelo es el mejor del pueblo y el suyo no ha prosperado por eso. En este momento ella está viviendo con mi abuelo. Al parecer el otro señor también tiene un brujo y nos dijeron que los brujos tienen más poder que las brujas.

Él soltó una risita que se le escapó por la comisura de los labios pero se tapó la boca. Luego se disculpó.

—Yo tampoco lo hubiera creído hace unos meses pero después de todo lo que ha pasado… —le dije mirando un gato que se arrimó a la mesa y subió de un impulso para desfilar con cautela por los bordes. Sus ojos parecían los de una serpiente al acecho y en ellos vislumbré una tiniebla que me horrorizó, aunque traté de disimularlo calmando la respiración.

—De guerras de brujos no sé— dijo girando su anillo otra vez solo tengo el ojo entrenado para ver espíritus, pero no me estoy riendo por eso.

—¿Entonces?

—Es que la gente me ve como un bicho raro y preciso llegas tú a contarme todo eso —se sinceró.

Mi incomodidad por el gato crecía con cada mirada. Él encendió un cigarro y le sopló el humo en la cara al animal, que echó la cara hacia atrás sin moverse de su lugar y sacudió la cabeza. Luego bajó de un salto y se perdió entre los árboles. Mientras le daba otra calada, me miraba a los ojos como si me fuera a confesar algo. Levantó la mano y me acercó el anillo. El sol lo iluminó y un destello parpadeo en su mano.

—Esta es una piedra de Jade, sirve para calmar las energías. Es una forma de combatir lo espiritual con lo terrenal —hizo una pausa para soltar lo que quedaba de humo— los colores como el naranja o el turquesa son fuertes. Si me preguntas fuertes contra qué pues sinceramente no sé. Como te digo que tampoco sé qué es esa nube. No sé. Solo te digo que deberías llevar piedras, anillos con piedras, y no confiar en esa bruja, ni en ninguna de ser posible.

Me sentí vacía, como si no conociera nada del mundo. Me llegó un aullido de lo lejos pero nadie pareció escucharlo. El gato me miraba trepado en una de las ramas del árbol. Sentí un bajón de presión violento y quedé atontada por un momento, sin poder moverme. Él se paró e hizo unos estiramientos con la vista fija en el gato, quien le devolvió el gesto. Ambos se quedaron en silencio, sin parpadear, tratando de quebrarse el uno al otro. Desde el árbol se asomaron unos dientes blancos, con las puntas como espinas.

—No te digo —dijo sin voltearse— que tengo el ojo entrenado.

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