Shambles

En mi cumpleaños 25, Uriel me llevó a conocer Shambles. Fue uno de esos días que no se olvida, ocurrió un jueves (¿o fue un martes?). El ascensor era muy amplio, como de supermercado, y además de nosotros había un viejito que sonreía cada vez que lo mirábamos. Me preguntó si era mi primera vez y asintió cuando le dije que sí. Desconfié de su sonrisa y del cordón de sus gafas. Me vi al espejo y me sentí otra persona. El peso vacío del ascensor se intensificó cuando pasamos el piso 70 y un sentimiento de terror me cubrió todo el cuerpo al pensar en que podría terminar como aquel viejo.

Llegamos al piso 89 y subimos dos plantas en escalera pero el viejo se quedó atrás. Uriel se movía con una naturalidad que me hizo admirarlo pero era una admiración que solo servía en ese edificio y solo para llegar a Shambles, nada valioso en el mundo real, como cuando alguien admira a otro por la tranquilidad con la que consigue drogas. La entrada era una puerta doble de madera que dejaba escapar silbidos de jazz desde adentro. Apreté los dientes. Quería regresar de inmediato y deshacerme de toda esa incertidumbre pero una voz me obligó a entrar, como si me fuera a arrepentir de no hacerlo.

Uno a la vez —me dijo Uriel apuntando a la puerta con el mentón.

Un cuarto pequeño separaba a Shambles del resto del edificio. Había un tipo que escribía sin levantar la mirada del computador. En la mesa yacía un limón cortado a la mitad, de un verdor oscuro.

—Animal favorito —dijo el hombre pero bien pudo estar hablándole a la pared. Yo levanté las cejas esperando más instrucciones pero él sólo repitió aquello y lo tomé como una orden.

—Comadreja —le respondí en un tono poco natural. Más que nunca me sentí otra persona pero la situación me permitió pensar en la elegancia de una comadreja y por un momento pude sentir tranquilidad otra vez.

—Comadreja negra —me dijo y señaló la puerta. La crucé.

Nos sentamos en la barra, en las únicas sillas que encontramos vacías. Lo primero que noté fue la ciudad. En lugar de paredes había vidrios que parecían no estar allí.  El lugar no se veía lleno a pesar de toda la gente y el aire se respiraba frío. Vi ancianos y ancianas besándose con jóvenes, hombres con hombres, mujeres con mujeres. Cuando miraba a la gente no me sentía viendo a nadie. El brillo de sus ojos contenía a toda la humanidad, a todos, pero a nadie en particular, como cuando hablan de que Dios siempre nos está cuidando.

—¿Qué animal te tocó? —le pregunté a Uriel pero me calló de golpe.

—No le puedes decir a nadie lo que te tocó, sea animal, película o lo que sea. Esa palabra es tu tiquete de salida de aquí. Tu salida con tu propio cuerpo —me dijo. Luego llamó a la mesera y pidió dos whiskeys.

Quise reclamarle por no haberme avisado antes pero tampoco le tenía tanta confianza entonces abandoné el tema y seguí observando cada rincón. Al final de la barra había una rubia sola, menuda y pequeña pero de tetas grandes, con ojos verdes. Unos ojos inocentes. Sin embargo esa inocencia en un lugar como Shambles desdibujó todo como lo había imaginado, lleno de viejos, de hombres depravados. En el techo una alfombra descansaba en colores oscuros y unos detectores de humo sobresalían como imperfecciones. Al otro lado del salón estaba el baño. La ansiedad penetró en mi garganta y traté de imaginarme el baño pero me contuve para dejar un espacio a la sorpresa. El baño de Shambles era la piedra angular que había desencadenado todo.  Uriel me contó que alguien lo había descubierto y al ver lo que hacía con los cuerpos de las personas decidió crear un club swinger pero una empresa le compró el lugar y lo convirtió en lo que es ahora.

Volví a mirar a la rubia y me quedé paralizado al enterarme de que me devolvía la mirada. Sonreí y ella sonrió. Le di un trago al Jack y ella me imitó con su copa de vino tinto. Quise tomarla de la mano y decirle que nos fuéramos de allí, que no había nada en ese baño para nosotros, que podíamos regresar al mundo real y disfrutarlo sin hablar nunca de Shambles. Uriel se fue directo al baño, como hipnotizado y me sentí indefenso. Me dije que si él lo hacía, yo también podría. Miré otra vez la ciudad, me pareció estar observando ningún lugar, como si nadie pudiera identificar aquel panorama. La rubia se metió al baño y quise seguirla pero me quedé un rato más para que el Jack me permitiera un sorbo de valor.

Camino al baño no sentía mis pasos, no los podía llamar míos y la fuerza que movía mi cuerpo era más involuntaria que consciente. El cuerpo de Uriel me pasó de largo, sin mirar, pero en sus ojos adiviné un alma muy diferente a la del propio Uriel. Me quedé parado allí mismo, sin poder entrar. Cuando volteé hacia el lugar donde había estado sentado vi a una señora mayor, delgada y toda vestida de negro, con el pelo corto y una sonrisilla perfecta. Fui hacia ella y me volví a sentar.

—¿Cómo me veo? —me preguntó sin vergüenza alguna. Traté de dar un suspiro pero el aire me falló.

—Sos Uriel —le dije y apenas pronuncié esas palabras un corrientazo me araño la espalda y escaló hasta el cuello. Ella sonrió y con la barbilla me señaló el cuerpo de Uriel sentado y hablando con una gente que yo no conocía.

—Me queda bien ese pantalón —dijo Uriel en el cuerpo de la señora.

Un bajón de presión violento, como si me fuera a despertar de una pesadilla, hizo que me sudaran las manos. Era un sudor frío que se diluía sobre la madera negra de la barra. Sin mediar palabra acometí sin mirar atrás y entré al baño. Me lavé la cara y detallé mi reflejo en el espejo. Mi cuerpo salió del baño y yo me quedé adentro, tocándome las mejillas tiernas como salmón y con la yema de los dedos lo primero que hice fue palparme los pezones a través de la blusa, me vi de perfil y se me aceleró el pulso. Sonreí. Mi sonrisa era cautivadora. Me enamoré de esa imagen que me devolvía el espejo. Me rocé las pecas y los labios. Metí la mano por debajo del pantalón y descubrí unas bragas delgadas pero dulces. Quería masturbarme allí mismo, aunque no supiera cómo hacerlo desde el cuerpo de una mujer. El solo hecho del aprendizaje me animó y me encerré en uno de los inodoros. Empecé a tocarme despacio y me detuve a observar. Me quité la blusa y un top negro que llevaba debajo. Mis pezones eran hermosos, todo en mí era hermoso, y fui desarrollando un sentido de pertenencia hacia esta silueta como mía. Quise escapar pero recordé que no tenía la contraseña de este cuerpo.

Cuando salí del baño, Uriel ya había pedido otro par de Jacks. Me miró de arriba a abajo y sonrió.

—Estás buenísima —me dijo pasándome el vaso. Yo le sonreí pero me sentí coqueto.

—No tengo palabras —le dije y escuché por primera vez mi voz. Salió un poco gruesa pero con detalles de delicadeza fina.

Busqué mi cuerpo con la mirada, estaba a dos mesas de distancia, charlando con gente que en mi vida había visto. Sentí que me iba elevando despacio de la superficie del mundo, como si lo estuviera perdiendo para siempre y ya no formara parte de él. Quise aferrarme de algo pero todavía me daba un poco de vergüenza moverme en ese cuerpo aunque esa vergüenza me reconfortaba, como cuando de pequeño los profesores le hablaban bien a mis padres de mí.

—¿Y si me quiero ir? —pregunté aclarando la voz.

—Pues ya te lo expliqué —me dijo Uriel exaltado. Yo me quedé en silencio— lo mejor es que no hablemos más del tema, ya no me preguntes más.

Quise callar y dejar la cuestión ahí pero metido en ese nuevo cuerpo tenía una confianza nueva y me avergonzó pensar que podría ser por bella.

—No me has explicado —le dije con voz firme.

Se quedó muda. Con la lentitud de un elefante viejo se paró de la silla y empezó a buscar por todo el bar con la mirada sin mencionar palabra.

—Ya te expliqué —repitió— ya te expliqué. Guardé silencio mientras lo miraba a los ojos que estaban trastornados. Él entendió que no me había explicado nada, por lo menos no a mi yo de ahora.

Se masticó todas las uñas y apretó el Jack al tiempo que agarró un suspiro que se desbordó en una lágrima negra. Me contó que lo habían engañado. Al parecer alguien llegó con mi cuerpo y lo convenció de que era yo, haciéndole creer que no había tenido el valor para entrar al baño. Él esperó una hora y se dio por vencido.Yo guardé la compostura tratando de dar un sentido a lo que estaba pasando pero sus problemas me parecieron diminutos, inexistentes, como si fueran los problemas de nadie. Entre una explicación y la otra, me soltó su contraseña, o más bien se la reveló a la persona que tenía mi cuerpo. Mono amarillo.

Nos paramos en un tiempo y corrimos hacia mi cuerpo pero la persona que lo había engañado ya no estaba dentro, había alguien más. Sobre la marcha entendí que si volvía a entrar al baño cambiaría otra vez pero no necesariamente regresaría a mi cuerpo. Me tragué esa información de inmediato ante el llanto desatado de Uriel en el cuerpo de la anciana. Su cara llorando se arrugaba como el tallo de un tornillo y sus manos buscaban sostenerse de algo pero terminaban divagando en el aire como combatiendo fantasmas. Sentí pena por él pero su desgracia no conseguía tocarme. Estuve más pendiente de tener mi propia cara tan cerca desde una perspectiva extranjera y la detallé y quise besarla para que mis verdaderos labios probaran la princesa que yo era en ese momento. Una confianza desconocida me impulsó a hacerlo y nos besamos por un largo rato, ignorando a esa anciana encorvada.

Ese fue el último día que vi el cuerpo de Uriel. Su alma pasó a visitar Shambles todos los días, hasta hoy. Lo veo allí, sentada, tratando de robarse otro cuerpo porque hace varios años que perdió la esperanza de recuperar el suyo. Me dice que siente la vida estrecharse y sus huesos desvanecerse y yo lo miro otra vez y pido Jacks para los dos, pero me confiesa que el médico no lo deja beber. Yo pido de todas formas. Saludo a la rubia y ella me sonríe. No me atrevo a invitarla a salir. Aunque conozco su cuerpo desnudo y lo he tocado con sus propias manos pienso que fuera de Shambles no sería lo mismo, como si el mundo no estuviera a la altura de lo que pasa allí. Ella me sonríe. Luego miro a Uriel. Lo miro pero me parece ver a alguien más, me parece ver a nadie.

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