Madre a la carta

Nunca le di las gracias a mi madre por traerme al mundo pero sí por todo lo demás. No pudo esperar un hijo tan diferente pero en esa diferencia ha existido siempre un lazo indisoluble, tensado, donde ella jala de un extremo y yo del otro, como cuando los dos decimos que la casa es muy desagradecida pero ella se refiere a que se debe barrer todos los días y yo a que no tiene sentido hacerlo.

Esta carta no es sobre mí pero he de aclarar que no he sido un hijo fácil, en el sentido común de la palabra. Cuando vio mi primer tatuaje le salieron lágrimas de rabia y de decepción y me dijo que me iba a volver un drogadicto. Me dejó sin desayuno al otro día. A la semana ya me estaba preguntando si me había echado la crema. Cuando vio el segundo, dijo que era la cosa más horrible que había visto en su vida, pero a los tres días, cuando un cuervo se posó en el balcón, me sonrió y me dijo que era como el que yo tenía.

A través de todo ese forcejeo la fui conociendo más pero entre más descubría, menos me veía en ella y creo que a ella le pasaba lo mismo. La recuerdo riéndose en el aeropuerto cuando estábamos haciendo una denuncia porque se me había perdido la cédula y no iba a poder viajar a Turquía. Es que si no se le pierde la cédula antes de este viaje tan importante, no es usted, me decía. Y yo también conocía las cosas que eran inherentes a ella, como responder con una histeria en aumento ante una situación de peligro. Una mañana salió en la moto a trabajar  y pude ver que un joven la paró tres casas más adelante y le sacó un revólver. Desde la casa escuché su aullido gritándole al ladrón que se quedó congelado. El pobre no sabía qué hacer, hasta que ella le arrebató el arma de una palmada y el tipo salió corriendo. Resultó que era de juguete.

Aunque no le agradezco por darme la vida, sí le doy las gracias por lo que ha hecho de mi vida.  A la cabeza me llegará siempre la última vez que salimos los dos, un fin de semana en la playa, viendo el sol fundirse con el mar. Esa noche la llevé a uno de mis bares favoritos en Santa Marta y la vi feliz, diciendo todo el tiempo que quería volver pero con mi padre. Yo disimulé una lágrima de felicidad, sé que no la vio. He disimulado muchas, cada vez que estamos todos en familia y la veo sonreír, aunque sea un almuerzo en que mi padre y mi hermano discuten a los gritos por bobadas. Y la amo por ser tal como es y no le cambiaría nada, y la amo por amar a Dante, como si fuera yo quien está ahí.

Una vez se alarmó porque me vio leyendo Hijo de Satanás de Bukowski y luego, cuando íbamos en el carro, canté John el esquizofrénico de Calle 13 (no tengo familia, porque maté a mi familia) y me preguntó si todo estaba bien conmigo y abrió el cajón donde encontró un frasco que decía ‘sangre’, que iba a usar para Halloween. Se quedó callada. Esa misma semana me llamó a eso de las diez de la noche y me preguntó dónde estaba, a lo que le respondí con la verdad, que estaba en el cementerio, pero no me escuchó cuando dije que era un festival de luna llena. Entonces me sentó y me preguntó si yo había pensado en suicidarme o si ya no quería la vida. La vida, ¿cómo no voy a quererla madre? Si me la diste vos.

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