La casa de las pelusas

 

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Miré debajo de la cama y estaba llena de pelusa, como si alguien hubiera despellejado un conejo durante la noche y me dejara las sobras en la mañana. Una pelusa profunda y enmarañada compuesta de pelos como si fueran tentáculos que se pegaban a cualquier superficie. Todos en la casa tenían el mismo padecimiento. Ramón dijo que era por el invierno y se sacó una del ombligo. Luego la encontré en las toallas, en las medias, en los secadores y en las ollas. Barríamos en el día y ellas volvían por la noche, como un muñeco regresa en las películas de terror. Al principio las llamábamos ‘pelusillas’, igual que a cada parte de la casa le dimos un nombre, incluyendo la casa misma, que por la cantidad de condimentos que compramos, la bautizamos ‘La casa de las especias’.

Buscamos en internet de qué estaban hechas y qué querían de nosotros y encontramos que se formaban por la piel muerta, las uñas y los pelos. Cuando caímos en la cuenta, la casa, en especial ‘el cuarto de los pensamientos’, empezó a recopilar pedazos de pelusa como si fuera una alfombra de terciopelo antigua. Con cada descubrimiento se posaba lentamente un velo de paranoia en el ambiente, al punto de que Ramón decía que las podía escuchar formándose y murmurar. Laura dejó de rendir en la universidad porque se la pasaba haciendo peluches con los pedazos que encontraba bajo su cama y luego empezó a reciclarlas porque dijo que quería hacer un colchón. Hizo dos colchones, tres cojines y una gallina. Después abrió una cuenta de Instagram para subir fotos de las pelusas que se encontraba y la gente comentaba a qué se le parecía.

Un día me llamó para que viera uno de los comentarios de Instagram, hecho por un usuario anónimo que le preguntó si sabía cuál era el verdadero origen de las pelusas. Ella le siguió el juego y le preguntó cuál era, a lo que el usuario le mandó una dirección de correo pidiéndole que le escribiera y así lo hizo. El correo tenía el nombre Susuwatari y una combinación de números que debía ser su año de nacimiento. Con una búsqueda rápida encontramos que así se llaman las pelusitas negras de ojos saltones que cobran vida en ‘El viaje de Chihiro’, la película de Miyasaki, donde tienen como objetivo convertir todo lo que existe en polvo, lanzándolo al horno gigante, todo ello con un bailecito y en sincronía.

Susuwatari respondió a los tres días. Le dijo que si de verdad estaba interesada se tenía que encontrar con él y le mandó la dirección de un café cerca a la Sagrada Familia para verse al otro día. Laura tenía miedo de ir y desde el primer momento se resignó a no hacerlo porque pensaba que el tipo le podía hacer algo. Su miedo era natural, pero también todo este asunto de las pelusas parecía natural y estaba cargado de una familiaridad imponente, al punto de que ya ni hablábamos mal de ellas dentro de la casa por miedo a que nos escucharan. Entonces le propuse acompañarla y ella aceptó.

Una vez en el café encontramos fácil a Susuwatari porque tenía una camiseta de una de las pelusas animadas que llevan ese nombre. Lo saludamos como si fuera un viejo conocido pero él apenas musitó palabra.

—Los Susuwataris no son pelusas en el sentido estricto de la palabra porque no tienen pelos —dijo con el primer sorbo de café— están hechos de hollín. Las que tenéis en vuestra casa son más comunes.

Nos miramos como si todo formara parte de una serie de bromas en Youtube pero en su cara y en sus palabras había una seriedad y una fascinación tan latente que de ser un chiste no nos importaba quedar en ridículo por la elaboración tan impecable.

—¿Y cómo nos deshacemos de ellas? —le pregunté con la misma seriedad.

—Para eso tendríais que ir directamente a la raíz del asunto, la raíz literal, digo, ir al árbol que las está produciendo y hablar con la gente pequeña para pedirles que dejen su casa en paz a cambio de un sacrificio menor.

Laura y yo nos reímos pero en nuestra risa se vislumbró un terror real. Era cierto que todo podía ser una broma pero también podría no serlo y que aquel desconocido con camiseta de pelusa estuviera desequilibrado, diciéndonos en clave que lo teníamos que seguir y que no nos iba a dejar ir hasta que le diéramos uno de nuestros órganos medio sanos para venderlo en el mercado negro chino. Perdimos el habla por unos minutos. Mirábamos a la puerta y al dueño del café. Laura tomó la palabra.

—¿Sacrificio? No queremos ir a ninguna casa a que nos hagan ningún sacrificio —gritó exaltada— ¿Cómo que sacrificio? —sentenció parándose de la mesa. Yo la imité pero Susuwatari siguió hablando como si nuestros cuerpos todavía estuvieran sentados.

—Venga, va, no os rayéis. Primero os voy a pedir que os calméis. Tampoco es un sacrificio mayor. Es un sacrificio menor, me-nor. Ya sabéis, esos sacrificios que ni te quitan ni te dan.

Yo le pedí que dejara de usar la palabra ‘sacrificio’ y me miró como si lo hubiera insultado. Le dije que ya no estábamos interesados pero le di las gracias por la información y pagamos su café. Nos entregó una tarjeta que tenía otra dirección, ésta era de un edificio en el Barrio Gótico.

—¿Por qué no vais y lo veis? —dijo con tranquilidad.

En ese momento, todavía no me explico por qué, sentí unas ganas violentas de ir a ese lugar, de conocer esa gente pequeña de la que estaba hablando y el árbol de las pelusas. Me imaginé danzando con las bolitas de hollín de Miyasaki, convirtiendo todo en polvo, aunque sabía que nada de eso podía ser real. Primero pensé que mis alucinaciones podrían deberse a alguna droga que Susuwatari puso en el café sin darnos cuenta. Laura pensó lo mismo porque ella también sintió el impulso desgarrador. El tipo se fue y quedamos en la calle, como un par de peregrinos sin ganas de llegar a la casa, esa casa, de esas pelusas.

Llamamos a Ramón pero el teléfono sonaba muerto. Recordé que ese día por la mañana había desconectado la línea, sin querer, mientras limpiaba la ración diaria de pelusas que se habían pegado al cable. Detallé el entorno y me sentí otra persona, en ninguna ciudad. Había perdido la noción del espacio. Me miré al espejo, a un espejo, pero no me reconocí, tampoco reconocía a Laura que estaba como en trance. Empezamos a caminar en modo automático hacia el Barrio Gótico, cruzando las calles con prudencia pero sin un respiro de vida en la mirada, como si la sangre hubiese parado la circulación y el cerebro apenas funcionara para andar. Atravesamos la ciudad a paso lento, como dos elefantes viejos y llegamos a un callejón con hilos de agua que salían de un camión. Pisé un charco pero mi pie era el pie de otro.

Tocamos el timbre tres veces seguidas y nos abrió un negro que debía pasar los dos metros de largo, con unas rastas que casi llegaban al charco. Esas rastas. Dijo algo que no le entendimos y nos dejó entrar. Subimos tres plantas en escalera hasta un piso que tenía la puerta abierta. El suelo de madera chirriaba con mis zapatos mojados. La casa tenía un corredor angosto donde apenas podía pasar una persona al tiempo. Unos cuartos estaban llenos de marihuana sembrada en bolsas que yacían con vista al sol de verano y en otro había un árbol del tamaño de un pino de navidad que estaba al lado de una ventana. Las ramas las tenía cubiertas de pelusas, como si fuera la pelusa misma la que se sostenía en el aire. El negro entró detrás de nosotros y cerró la puerta.

En el suelo había una alfombra roja y verde hecha de pelusa como si la hubiesen pulido con unas tijeras de jardinería. Nos quitamos los zapatos muy naturalmente y nos sentamos al lado del árbol. Fue la primera vez que vi a la gente pequeña. Era gordo con camiseta a rayas y de varios colores, con manos como si fueran buñuelos y un afro dorado. Estaba colgando de una de las ramas del árbol. Tenía los labios pintados y unas botas de lluvia amarillas. Pensé que yo estaría muy incómodo vestido de esa forma pero cuando lo veía a él, sentía que no podría ser de otro modo. Laura recorría todo el cuarto con la mirada y lo asemejó a nuestra propia casa, como si toda esa habitación fuera una simplificación de nuestro piso entero, con una parte de la cocina, otra parte de la sala y otra del ‘cuarto de los pensamientos’.

El gente pequeña empezó a reír con pausas aleatorias. Me acerqué y le pedí con ternura que dejara nuestra casa en paz y pregunté cuál era el sacrificio menor. No hizo cara de entenderme pero escuché una voz en lo profundo de mi conciencia. Esa voz no llegaba a mi oído sino que conectaba como un tubo directo con mi cerebro. Escuchaba murmullos pero no los podía descifrar. Pude ver en una de las ramitas una vibración agresiva que sacudió todo el árbol y nació una pelusita bebé que se fue girando por el viento como una bailarina y encima de ella iba montado un gente pequeña. Luego salió por la ventana con dirección a nuestra casa para meterse bajo la puerta principal, subir por el ascensor e infiltrarse por mi ventana para posarse debajo de la cama, donde era recibida por una pelusa mayor que la acogía con el cariño de una madre.

Vi el viaje de otro como si fuera yo y lo vi llegar a mi casa como si fuera la casa de otro. Vi los pies de Laura cuando llegaron a la casa otra vez, con el mismo paso de elefante que la llevó al edificio del árbol. Me sentí otro. En lugar de manos tenía tentáculos, mi piel estaba gastada por el tiempo, dormida en una pesadilla y mi mente viajaba en la tiniebla de esa pesadilla como una nube en un cuarto oscuro. Escuché un rastrillo blandiendo a lo lejos y unos rastros de luz que irrumpían en la tiniebla como relámpagos en el campo. Me vi como si fuera otro, vi mi rostro y no lo reconocí. Mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, mi cuerpo recuperó el espacio, se apoderó de él, hasta que una fuerza mayor me arrancó con violencia de mi nido. El rastrillo me trozó en varias partes y lo abracé para volverme parte de él. Intenté hablar pero las palabras me salían como murmullos. Me sentía como un ser evolucionado pero por alguna razón, todavía no me explico por qué, me sentía en casa.

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