El poc de la crispeta

En la fila del cine un tipo camina triunfante con su balde de palomitas de maíz hacia la sala. Triunfante en este caso quiere decir que a mí me parece triunfante porque yo estoy al final de la cola pero para el hombre puede ser de lo más insignificante. Da un paso en falso, se le va el balde de las manos y cae al piso, regando casi todas. Mira a ambos lados y se arrodilla para inspeccionar las que están limpias y meterlas de vuelta. Mi hermano y yo concordamos en que es un acto de admirar: arrollidarse ante el extrañamiento del público y tener la determinación de recoger las pocas canchitas que puede, sin ninguna vergüenza y con la mente tranquila de haber hecho lo que quería hacer.

                                                                               ···

Tienes la boleta en el bolsillo, revisas para comprobar la sala otra vez. Vas con tiempo para ver los tráilers, se te van cayendo algunas cotufas en el camino pero aquello te llena de una soberbia que ilumina el cuerpo desde adentro. Te tropiezas. Por fin esta noche te llenaste de coraje para ir a cine solo y la cagaste ¡No había nada con qué tropezarse y aún así lo conseguiste! El balde viaja en cámara lenta frente a los ojos de todos y las pipocas salen disparadas en todas las direcciones. Las dejas caer. Déjalas que caigan, diría Shakespeare desde la cola. A partir de aquí tienes dos opciones: agarras el balde y compruebas la cantidad que queda, que no será más del veinte por ciento y haces un gesto de aprobación apenas perceptible para que los demás entiendan que lo mismo te da y que eres un hombre despreocupado. La otra opción es ponerte de rodillas a recogerlas como un maldito. Te agachas a recoger con el ímpetu de un campesino en un buen día de cosecha.

                                                                             ···

El vuelo del balde va dejando una estela de cabritas que parecen aletear para llegar más lejos. Mientras los poporopos danzan por los aires la gente de la cola atienden el espectáculo con los puños apretados y hay quien suelta una lágrima de felicidad, de esas que no salen cerca de la nariz sino del otro lado del ojo. El suelo no las detiene, continúan el galope sin mirar atrás, corren en multitud navegando el piso que brilla, esquivando zapatos nerviosos hasta que llegan al parqueadero. La voz metálica de la salida les da las gracias por su visita. Con la luna mitigando la penumbra de la noche corren por el campo y vuelven al maizal antes del alba, como si nada.

                                                                            ···

¿Las quiere dulces o saladas? —le pregunta la rubia con los ojos en la caja registradora.

—Ninguna de las dos —le responde él buscando romper ese guión monocromático que los empleados del cine están condenados a repetir como unos androides de la peor generación. La rubia levanta la cabeza, como si acabara de despertar de un letargo eterno.

—Picantes, las quiero picantes —responde por fin sacando la billetera.

—¿Picantes? No tenemos picantes señor —dice la rubia con un velo de tedio que cubre cada letra.

—Yo sé que sí tienen. Quiero unas picantes por favor —insiste.

—Señor, si le damos picantes, le tendríamos que dar crispetas picantes a todos los demás y el picante lo guardamos para el personal, le puedo dar dulces y saladas —dice la rubia— y le adicionamos una chocolatina de 200 gramos.

—Gracias por la oferta. Para ser completamente honesto, no tendría problema si no fuera porque hoy es hoy y hoy quiero picantes. No sé muy bien cómo explicárselo pero el día de hoy no quiero comer canguiles que no sean picantes.

La cola detrás del sujeto se sacude como una serpiente agitada.

—Ok, ok. Picantes entonces. Pero le advierto de una vez que no las va a poder comer todas. Se le van a caer, ¿entiende lo que le digo? Se van a caer todas y usted va a hacer el ridículo ¿es eso lo que quiere? Si me pregunta por qué sé que se le van a caer es porque yo las estoy maldiciendo en este mismo momento ¿entiende? Usted sabe que en el Vaticano venden un montón de cosas dizque benditas por el mismo Papa. Bueno, lo que yo estoy haciendo en este momento es todo lo contrario, se las estoy entregando cada una al mismísimo Lucifer. No sé qué piense usted de Lucifer y para ser honesta no me importa mucho. Solo le digo que hablo en serio. Tan en serio como que vivir es morir y morir es vivir. Son diez mil pesos, ¿Visa o Mastercard?

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