El jaque del caballo

486465_10151148210144245_1580756141_n

Lo despierta la vibración del celular que hace temblar el colchón y le cosquillea en la oreja. Siempre ha preferido tener el celular en silencio total, mudo pero también inmóvil, porque siente que aquello le da un poder sobre el aparato pero Ana le dice que tiene que dejar de hacer eso porque un día le puede llegar una emergencia y él no lo sabrá. De ser una emergencia, una o dos horas no podrían cambiar nada, quisiera argumentarle, pero ha aprendido a guardarse esos resquicios de honestidad que a la luz del sol parecen características de un patán.

Contesta el teléfono al tiempo que se va desperezando como si su cuerpo no fuera su cuerpo sino que alguien desde alguna parte hubiese metido su conciencia dentro de un robot y se estuviera acostumbrando a las articulaciones. Después de colgar, apenas puede recordar la conversación. Tiene claro lo más importante: debe comprar un plátano maduro para la cena. Esa tarea significa las dos victorias del día. No tienen que partirse la cabeza pensando en qué van a cocinar hoy y, ya resuelto, es su comida favorita. Ahora, tiene a un océano de distancia el que le preparaba su madre en los días de lluvia. Se lo servía con queso fresco y, una vez en el plato, el manjar resplandecía con un dorado brillante y una textura carnosa que se deshacía entre los dedos.

En el minimercado de abajo hay plátanos pero no están maduros maduros. Están apenas maduros y no es lo mismo. No sabe si es que nadie en Europa conoce la diferencia o no les importa. Lo palpa con las yemas y la fruta cede, está llena de pecas y de manchas negras pero sabe que no está maduro. Tampoco es tarea fácil eso de conseguir un plátano maduro como los venden en cada esquina de Medellín. Por el aspecto que tienen podrían engañar a cualquiera. Sabe que podría comprarlos y que Ana creería que son maduros pero apenas lo abriera se daría cuenta. Él podría decir que le parecieron maduros y harían cualquier otro plato. Podría subir ya mismo a jugar ajedrez en línea y asunto zanjado. Pero hoy quiere dar un poco más de sí. Quiere sacarle una sonrisa a ella y sacarle ventaja al tema de que el ajedrez se le está volviendo un problema o, mejor dicho, se le está volviendo la única cosa en su vida.

La noche anterior, antes de dormir, le contó a Ana que le parecía fascinante el jaque del caballo y el movimiento de la ficha como tal porque ponía al rey en peligro sin darle otra opción más que huir. Y esa forma de moverse, insistía, tenía una mística que ninguna otra ficha en el tablero tiene porque salta sobre ellos y tuerce la línea recta, como si cambiara de dimensión. ¡Se mueve en L! ¿A quién se le ocurre eso? Pero en los ojos somnolientos de Ana no avisó ningún destello de interés. Siendo honesto, la entendía. También a él ni tan en el fondo le parecía aburrido hablar de ello. Se sinceró con ella y le confesó que tenía un problema con el ajedrez. Le dijo que siempre estaba pensando en posibles movimientos o en juegos pasados y nada de ello le parecía entretenido o por lo menos no realmente entretenido, como si el ajedrez estuviera apenas maduro.

Decidió caminar hasta el mercado al lado de la biblioteca, a dos cuadras de su casa, porque la semana pasada le pareció ver plátanos maduros de verdad. Los encontró sin esfuerzo y pidió dos pero mientras buscaba las monedas en el bolsillo se activó la alarma de la biblioteca y la gente empezó a salir asustada. Una ráfaga de fuego se asomaba en la sala de estudio del segundo piso y todo el edificio parecía un microondas sobrecalentado. Se quedó estático, como su celular, mientras que se creaba un hueco en su pecho que le dejaba un mal sabor por todos los libros que hubiese querido tener. Ese hueco, que no era del todo oscuro, también contenía un sentimiento de adrenalina y veía en esa tragedia un símbolo de la muerte lenta en la venta de libros que disminuye cada año. Se sintió mareado, dio unos pasos hacia atrás y se fue, dejando la bolsa y escapando con ese sabor raro en la boca por el cambio que se había producido en su mundo. El celular le volvió a vibrar dentro del bolsillo pero lo ignoró, quería vivir al máximo ese momento y hacer un luto adecuado por todos los escritores que estaban muertos y que ahora sus libros morían con ellos.

Sin saber muy bien por qué, recordó la partida de la semana pasada, con un brasilero al que le ganó, quien lo había insultado dos turnos antes del jaque mate. Siempre creyó que de todas las competencias, el ajedrez sería la única en que no recibiría un insulto pero también sabe que hay gente para todo. Él, sin embargo, siempre está maldiciendo cuando juega, aunque no pasa de un grito a la pantalla. Maldice a sus adversarios cuando les gana o cuando pierde pero sobre todo se maldice a él cuando comete un error. Estúpido, te lo merecés por idiota. Te ganó un venezolano, te ganó un estadounidense, te ganó un colombiano.

Una brisa lo saca de su recuerdo y lo trae al presente, aunque se siente en un presente diferente, como si su cuerpo no fuera suyo. El incendio de la biblioteca le parece lejano y al parecer caminó en piloto automático hasta la cocina de su casa. Allí descansa la bolsa con los plátanos maduros en una luz esforzada. Ese bombillo tiene una luminiscencia especial que va ganando fuerza con el tiempo o algo así dijo el dueño del apartamento cuando él le preguntó si estaba malo.

Ana sale del baño con el cepillo de dientes en la boca y le pregunta si encontró el celular. Lo escucha vibrar de nuevo y se lo saca del bolsillo, ve que le está entrando una llamada de la misma Ana. Se siente como dentro de un sueño, envuelto en una atmósfera onírica sin ser dueño de su cuerpo. La cocina de su casa le parece surrealista, como si estuviera en una película de Tim Burton o de David Lynch. Se siente despertar pero no en su cama, ahora está en el mercado, con Ana de la mano. Ella le marca a su celular y cuando se revisa el bolsillo no lo palpa. De vuelta a la casa se detiene en una esquina para reparar en un caballo que está esperando a que el semáforo cambie. Se siente dentro de un sueño y se siente despertar, esta vez en la cama de su casa donde la vibración del celular hace temblar el colchón.

Considera seriamente si el asunto del ajedrez lo está volviendo loco. Piensa en posibles jugadas que salen mal y tiene ganas de jugar para quitarse la desesperación de la mente. Juega unas cuantas partidas pero las pierde todas, incluso con los más novatos y su reputación baja. Apaga el computador, roba un poco de yerba de su compañero de piso, toma un encendedor que está encima de la lavadora y sale al parque para relajarse. Todo ello, en especial las derrotas definitivas en el ajedrez, le parecen un mal sueño del que no puede despertar. Se para en línea recta hasta el mercado, hace un pequeño doblez antes de llegar y termina en la biblioteca. Sube a la sala de estudio y ojea algunas novelas y todas las relaciona con el ajedrez. Encuentra un rincón que está vacío, se sienta y prende la yerba robada. El dolor de cabeza lo tumba pero tampoco opone resistencia para pararse, se va quedando dormido y su mano va cediendo, como la piel de un plátano maduro al mínimo tanteo. En el techo se va formando un destello dorado con un olor agradable y una luminiscencia especial. Logra respirar un poco y se acuesta en una posición más cómoda. Se concentra en el destello que le llega con una luz cálida, incandescente y familiar. Va cerrando los ojos mientras le parece escuchar un balbuceo en el fondo. Quiere apagar la yerba pero no la encuentra por ninguna parte. Se queda acostado, se siente en jaque pero siendo honesto tampoco le importa mucho. Quiere saltar, como los caballos de madera, pero antes que nada quiere despertar. Se siente dentro de un sueño aunque, ni tan en el fondo, sabe que no está soñando. Se pregunta, quizás por el efecto de la droga, si los caballos sueñan o si volverá a comer plátano maduro maduro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s