El allá

Llegó a las seis de la mañana para tomar turno y le tocó de segundo en la fila. En las manos cargaba un botellón de agua y dos bolsas llenas de comida con desayuno y almuerzo para dos personas, la mitad era para su padre y la otra parte para un desconocido. Un desconocido que se había convertido en un guardián de quien lo había traído al mundo. En la entrada le robaron unos dulces durante de la requisa. Policías o criminales, ¿qué importaba quién?

Aquella tarde bochornosa sería la primera vez que visitaba a su padre. Hace dos meses que no se veían y él le había dejado claro que no quería recibir visitas. Antes del viaje, una colega del trabajo le había preguntado a dónde iba y él con la convicción de que las mejores mentiras están hechas en un 95 por ciento de verdad le dijo que para Cartagena ¡Qué envidia! dijo ella abriendo los ojos y ahí quedó la cosa. Se guardó ese cinco por ciento que no le convenía contar.

Para entrar no se tardó más de media hora. Un abuelo y un nieto iban a visitar esa generación que los conectaba. Tenían el primer turno y le contaron que con las mujeres era otro cuento. Ellas llegaban a las dos de la mañana para entrar a las diez y se peleaban y se cagaban en la fila para no perder el puesto.

Su padre lo estaba esperando en la entrada. Su padre. Nunca lo había llamado de otro modo, nada de papá ni de papi. Tenía unas sandalias, una pantaloneta corta y una camiseta para hacer deporte. Aquel no era su padre, no por fuera. Luego lo saludó con una sonrisa y allí volvió a ver al hombre que hace dos meses lo había dejado. Una sonrisa en ese hueco caliente lo devolvió a la sonrisa que tenía su padre en la sala de su casa cuando le estaban leyendo los cargos. Antes de que se lo llevaran le apretó el rostro con las dos manos, como si fueran una familia de mafiosos, y le dijo que ahora él era el hombre de la casa, todo ello con una sonrisa.

Recibió las bolsas y lo dirigió, casi de la mano, entre esa vecindad de nadie que condensaba el sofoco de afuera en una masa de calor gelatinosa que pegaba la ropa. En lugar de celdas, tenía habitaciones diminutas y en lugar de rejas, puertas con seguro. El cuarto de su padre era del mismo tamaño que la pieza del servicio de la casa donde vivían, quizás más angosta.

Cuando entraron, le dijo que esperara en la puerta y barrió en dos tiempos el suelo. Era la primera vez que lo veía barrer pero no se podía decir que lo hacía mal. Blandía la escoba con una humildad enternecedora. Tenía un televisor del tamaño de una mochila universitaria que sintonizaba los Olímpicos. Tres ventiladores daban cuerda al tiempo.

¿Y la mamá? Bien ¿Y su hermana? Bien ¿Y Pagan Min? Bien, supongo, él no expresa mucho, yo nunca estuve de acuerdo con comprarlo, los peces no expresan amor, no expresan nada. Una ventanita conectaba con un patio que recibía el sol directo y tenía ropa extendida.

— ¿Y qué hay ahí? —le pregunta ladeando la cabeza.

—Es un patio muy grande. A la gente le gusta mucho ir allá pero la verdad es que yo nunca he ido. No lo conozco, ni me llama la atención —le respondió.

A menos de veinte metros de este cuartico no se atreve a ir. Allá, como si fuera a cruzar el Sahara en sandalias. Recordó cuando le contaron sobre los tres días libres que le regalaban, cada diez años, a quienes tenían condenas muy largas y en su mayoría no volvían, supuestamente, porque perdían la percepción del espacio y olvidaban cruzar la calle. Allá, al otro lado de la calle.

Después llegó el desconocido por su comida y se presentó como todo un caballero. Éste sí es gente —le dijo el tipo a su padre con una mano sobre el hijo— no es como vos. Éste —respondió su padre mirando al hijo— es uno de los mayores asesinos que ha tenido este país. El desconocido soltó una carcajada obstruida por flema. Apenas cabían en la habitación. Su padre, como recordaba desde pequeño, tenía una capacidad para insultar a todo el mundo y hacerlos reír por ello. Esa cualidad la había tenido siempre, lo volvió a conocer, lo miró a los ojos. La próxima visita me la hacés vos a mí, allá, lejos de aquí.

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