Le daría el Nobel a ese hombre

 

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La parte más bella que me he encontrado en la literatura está al final de Kafka en la orilla (Murakami). Hoshino, un camionero que dejó su trabajo para acompañar a Nakata, le da las gracias por cambiarle la forma en que ve las cosas. Sin ir más lejos, una música que antes no me decía nada, ahora, ¿cómo te lo explicaría?, pues ahora me llega hasta el fondo del corazón. Y, además, todas estas cosas, pues, no sé cómo decirlo, pienso que me gustaría hablarlas con alguien (…) y por eso te he seguido todo este tiempo hasta aquí.

Murakami tiene el don de crear conversaciones bañadas con ese velo de sencillez entre personajes sin pretensiones que resultan en palabras tan puras como si fuera el alma hablando. Sin embargo, rescato ese fragmento en especial por el significado que tiene para la historia que allí se cuenta. Oshino era un tipo que no se preocupaba por tres cosas hasta que se encontró con Nakata, quien le llenó la vida de magia y lo motivó a pensar para contribuir de forma significativa al mundo. Esto le permitió ver la vida de otra forma pero también vivirla. Comienza a hablar con los gatos, a encontrarse con personajes históricos y a tener sexo con jovencitas fuera de su alcance y al final su universo cambia radicalmente y por ello, casi sin saber como decirlo, quiso dar las gracias con las pocas palabras que pudo articular en orden.

Cuando terminé de leer mi primer libro me sentí igual que Hoshino. Después de estar rodeado de una música que antes no me decía nada ahora encuentro historias debajo de cada piedra y las quiero compartir pero al tiempo me voy transformando en algo más y todo me va pareciendo muy natural, como si fuera un imán que va recogiendo pequeñas partes del suelo.

Claro que puedo nombrar varios escritores que me llegan al corazón pero no hasta el fondo del corazón y si me preguntan por qué pues no podría ponerlo en palabras precisas. Tiene algo que ver con una sensación de comodidad en el universo propio de Murakami. La inmersión en sus historias te llevan de la mano con una familiaridad y una nobleza canina pero también con un misterio, como una niebla que va ganando en densidad y al final del texto los personajes caminan sobre las nubes, en un mundo distinto que antes no conocíamos.

No tengo razones para asegurar que Murakami es el mejor escritor del mundo, tampoco lo creo. Entre más obras suyas leo, voy prediciendo sus técnicas y cuando empiezo un libro siento que ya conozco el final. Murakami crea un código que los lectores más familiares pueden entender pero que escandaliza a quienes no lo conocen. Por ejemplo, el sexo y las violaciones son un elemento recurrente en sus textos y a muchos personajes los violan pero en realidad no, otros cometen asesinatos pero son asesinatos en sueños entonces no pertenecen a este mundo, sin embargo, en sus historias tanto da una cosa como la otra.

A lo que voy es que, después de muchas letras, lo conozco. No me refiero a que siento que lo conozco de toda la vida, como los aficionados que le piden matrimonio a sus estrellas porno favoritas en cada comentario de Instagram. Pero lo conozco tan bien que su magia me resulta, por ponerla en palabras bien agradecidas, muy recurrente. La recurrencia no es mala en sí, de hecho, no tiene nada de malo que un escritor sea coherente con sus obras. Lo conozco y puedo decir que sus protagonistas parecen siempre el mismo, como Vin Diesel o Adam Sandler en cada una de sus películas. Aunque a diferencia de Sandler y Vin Diesel, los personajes principales de Murakami son solitarios, reflexivos, se pasan los días nadando, leyendo y tienen una fijación por la limpieza y el orden. Dentro de esas cualidades se enmarcan Tsukuru (Los años de peregrinación del chico sin color), Tengo (1Q84), Kafka Tamura (Kafka en la orilla), Tōru Okada (Crónica del pájaro que da vuelta al mundo), Toru Watanabe (Tokio blues) y puedo listar otros cinco. Sin importar su condición, las mujeres de sus historias se enamoran de esos protagonistas, mujeres que también parecen la misma persona reencarnada, con una visión del mundo extrovertida y críptica, un mundo en el que ellas no encajan: May Kasahara, Fukaeri, Midori Kobayashi y Sumire. Estas similitudes plasmadas en la narración, permiten identificar a su autor sin tener que leer más de un párrafo o dos.

No obstante, hay belleza y sencillez en esa repetición. Un elemento omnipresente en las historias del escritor japonés es una conexión entre el mundo real y el mundo que él quiere crear y ambos se encuentran gracias a los lugares o las cosas que están siempre presentes pero que no les prestamos suficiente atención. Aomame subió al mundo de 1Q84 usando unas escaleras oxidadas. Toru entró al hotel de las sombras para rescatar a su esposa metiéndose voluntariamente dentro de un pozo por varias horas. Myû se dividió en dos y su cabello encaneció por completo al pasar la noche atrapada en una noria.

En el universo propio de Murakami los teléfonos sirven para comunicarnos con el más allá, ese allá, donde también se toma Earl Gray y se lava la ropa cada semana; los gatos hablan, y van por la vida como muy desinteresados; llueven animales, a veces caballas o a veces sanguijuelas. La magia se desborda en las ciudades de Japón, en sus prefecturas, en sus bares, en sus love hotels y el escritor se lo cuenta a Occidente, escogiendo una narrativa occidental pero con ese trasfondo místico de la cultura asiática.

Conozco novelas épicas, tanto que parecen un abuelo contando historias de héroes a un niño y al final, en la última frase provoca leerla con un golpe de pecho por la valentía expresada en los caballeros que allí se nombran y se renombran. Las admiro y los admiro. Disfruto estar sobre los navíos impenetrables en la guerra de Trafalgar en palabras de Galdós y escuchar a Borges hablar de Dios en cada esquina pero no me siento identificado, no me es familiar. Leyendo a  Murakami quiero tomar Earl Gray, visitar bares en el día y, recientemente con Coetzee, me entran ganas de comer salchichas a la parrilla con papas asadas y salsa de tomate en un frasco sin etiqueta (Verano). Esos detalles me hacen sentir cerca de ellos, un sentimiento que como escritor quiero transmitir.

Murakami fue mi autor de cabecera, ahora no tengo ninguno. Como ese fragmento donde Hoshino le da las gracias a Nakata, yo le agradezco porque me ha enseñado que se puede viajar a otros mundos sin salir de la sala de mi casa, viajes literales, no literarios, porque la magia llega cuando, en lugar de escribir desde nuestro escritorio, nos sentamos al lado de esa matera que nunca tocamos o subimos al ático y todo cambia. Y por eso decidí emprender el camino para ser escritor, por eso y por cosas que todavía no acabo de entender, lo he seguido todo este tiempo hasta aquí.

 

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