Si Dios es Dios

¿Si Dios es Dios por qué permite las cosas que permite? La pregunta le retumba en la cabeza como el tic tac de un reloj que da cuerda en un cuarto vacío. Con el barrio apagado se puede tocar el silencio con las manos y ello se le antoja más que la bulla de la alborada. Da una mirada larga al cielo que permanece inmaculado. No puede decir que es una noche bonita pero hace media hora comenzó diciembre y no se ha escuchado el primer disparo. El vecino se aventura a cruzar la calle a toda velocidad y palpa el pavimento como si fuera goma. Lo sigue con la mirada y respira con tranquilidad. Un cosquilleo nervioso en el estómago lo hace sonreír, ¿es aquello lo que llaman sentirse orgulloso?

La ciudad se calla la pólvora de cada diciembre y —de paso— le calla la boca a él que no daba un peso porque respetaran el luto de Chapecoence ¡Hoy duerme en la civilización! Aplaude una vez, no hay nadie para verlo, aplaude de nuevo. Se apoya contra la campana y tiene ganas de tocarla pero lo reconsidera para no despertar a los vecinos. Medellín tiene ese velo ligero que una gente ve y otros no. Como la Historia de dos ciudades, de Dickens, donde describe un lugar con dos caras. Nunca hemos estado mejor, nunca hemos estado peor, piensa. Cuando suena pólvora en diciembre es difícil saber si viene de un arma o son fuegos artificiales y a veces son las dos cosas ¿En cuántas ciudades pasa eso? Hay partes tan peligrosas que se está seguro de que es bala y otras tan pacíficas que se da por entendido que es una celebración pero ese punto medio es Medellín.

Hoy no hay espíritu de alborada en el cielo, ni lucecitas explotando aquí y allá como si estuvieran en guerra. La alborada, como le dijeron una vez, empezó como una tradición de mafiosos que celebraban al coronar un paquete de droga en el exterior aunque otros dicen que fue por la desmovilización de un grupo paramilitar. Cualquiera sea la versión hoy el cielo está libre de humo, no hay tradición de mafiosos, no celebra ningún rey, excepto él que mira la noche ininterrumpida pero ¿cuál sería la mejor forma de aprovechar aquella noche? Puede dormirla toda o pasarla en vela, sin duda ambas celebraciones tienen clase. Le da unas palmaditas a la campana y el acero le aturde la mano. Se le sale un golpe seco pero la campana se queda quieta y el resto del mundo absorbe el golpe. La quiere sonar aunque nadie entienda el porqué. Recuerda cuando la sonó el día anterior, nunca había tenido un mejor motivo para hacerlas doblar.

La iglesia que antes eran dos casas la iban a tumbar porque le faltaba una licencia de construcción, como si la ley de los hombres pudiese imponerse sobre la ley de Dios. Esta noche se para frente a la campana igual que dos peones se encuentran al inicio de una partida de ajedrez, a punto de darse la mano. Mira por la ventana hacia la calle pero un árbol le tapa el frente. Ve los cables de la luz que atraviesan las ramas y se difuminan en negro con manchas blancas de la luna intermitente. Evoca el clic del día anterior cuando los tipos de la empresa de luz los desconectaron y llegó la grúa cargando la bola de demolición. Esa imagen le llega tan fresca que casi escucha la máquina otra vez. Le parece ver a los periodistas apuntando con su celular cuando la grúa se desperezaba con el mínimo movimiento, mientras los secretarios del gabinete del Alcalde trataban de persuadir el cordón humano y la gente cantaba sin dejar pasar la máquina. Él estuvo ahí, junto a esa campana, como le ordenó su padre, ese que todos llaman padre menos él.

Entonces le parece ver la grúa formándose con las formas de la noche. La grúa está ahí totalmente inmovilizada ¿no se la llevaron? No puede recordarlo con claridad. Un claro de luna ilumina el rostro de un tipo dentro de la máquina con la mirada fija en la iglesia. Por absurdo que parezca, la grúa llegó a gatas y se parqueó ahí. Es la misma máquina, la misma bola ¿cómo es que nadie la vio? La grúa mueve la bola en la oscuridad como un bateador practicando con el estadio solo y zampa el primer golpe contra el frente de la iglesia. El temblor hace crujir el suelo, un olor a polvo se levanta y se caen las vírgenes de los estantes, el vecino cruza la calle otra vez, se prende la alarma de un carro, llega otro golpe. La campana hace rugir el templo como una bestia caída. Otro golpe. Se encuentra perdido en medio de aquel acto barbárico sin tregua a la discusión, el azote de la máquina no da un respiro para gritar, escucha en cada estruendo los golpes de pecho del cordón humano del día anterior.

Dios nos ha abandonado, piensa tirado en el piso, aunque ya no está seguro si está en la segunda planta o en la primera. El polvo se mezcla con el incienso y la madera y crean un olor agradable, como de ferretería de pueblo. Se caen los relojes y las biblias se abren en el suelo. El libro rojo de los exorcismos está de par en par como una invitación de marcado rápido para llamar al bajísimo. Los golpes le sacuden, se siente un gato dentro de una bolsa que tiran al río. Piensa en el padre y en por qué Dios permite las cosas que permite, el mundo lo ve negro, blanco, a pedazos. Lo que antes eran dos casas y pasó a ser una iglesia, ahora son escombros.

Vislumbra un destello en el oriente que se levanta como una bengala en medio de la selva profunda y explota muda. El sonido le llega veinte segundos después. Tiene el brazo izquierdo entumecido e irradia un calor viscoso. Ese que todos llaman padre tiene el cráneo partido en dos pedazos por una viga de madera que le cayó mientras dormía. Los huesos de un viejo, al contrario de la fe, se vuelven más frágiles con los años. Todo lo poseíamos pero no teníamos nada. Un dolor intenso recorre cada músculo como una corriente de viento y le estremece todo el cuerpo. Lo paraliza allí mismo, como una escultura y lo hace caer en sus rodillas. Pierde el habla, pierde el aire y la tierra donde está parado. No se puede mover por veinte minutos. Recuerda las palabras del padre la noche anterior, cuando evitaron la demolición por tercera vez.

Dios es Dios porque el hombre es el hombre —dijo el padre.

Ayer todos lo ovacionaron asintiendo en un mar de amenes, hoy se fue al cielo en su sueño. Él recupera el sentido, se levanta del suelo y con unas palmaditas en el hombro se quita un rastro de polvo. Arrastra su brazo como una araña se escurre entre pisotones con una pata aplastada. Se para frente a la campana que cayó ladeada donde antes estaba el atril y se mete dentro de ella para perderse en las sombras. Le da un golpe con la mano buena, le da otro. La luna esclarece y evidencia unos nubarrones negros en espiral. Un baño de luz azulada cae sobre la campana y lo ilumina. Se lame el brazo perdido, se rasca las orejas y mira al cielo. No puede decir que es una noche bonita, no puede decir nada.

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