Una cabra que se llama Martín Caparrós y foticos de pornografía infantil

30 de noviembre

A la clase de No ficción llega el periodista argentino Martín Caparrós para hablar sobre la crónica (Lacrónica como la llama en su libro homónimo). Luego del descanso hay ronda de preguntas y aprovecho para preguntarle sobre el momento más duro al que lo ha llevado una historia y también el más feliz, una pregunta que como él lo ha dicho, es de lo menos original. Entiendo que no van ni 70 palabras y ya he usado tres veces el verbo ‘preguntar’ pero Caparrós habló de estar en contra de las segundas palabras, esos salvavidas, esas ayudas, esos paracaídas que usamos para no repetir y terminan rayando en el suelo, en la tierra, en este planeta que habitamos.

Su momento más duro lo tiene claro, en Lacrónica dice que fue en Sri Lanka cuando estaba haciendo un reportaje sobre prostitución infantil. En una tarde playera, dentro de una choza con fogón de leña y agujeros en el techo, mientras charlaba con una familia nativa, la madre lo invitó a quedarse un rato más: ‘Entonces ella me dijo que por qué no me quedaba un rato con Gamini en la pieza. —Una o dos horas, o más, lo que usted quiera. A él le gusta usted, y usted después puede regalarnos algo para la Navidad’. Así está en el libro.

Pero luego dice que lo más duro, el mal trago que no se va, fue cuando iba en moto por las carreteras embutidas entre arrozales y playas de postales buscando un descanso de tanto turística pedófilo. Paró en una playa donde unos niños se tiraban agua, saltaban y jugaban desnudos. Sacó su cámara y los fotografió y ellos le empezaron a posar y él se fundió entre todos esos viejos de bigote curvo que se relamen los dientes cuando la edad de los niños todavía se ve en el reloj, una metáfora tan gastada como las preguntas de los periodistas y las segundas palabras. Le pregunto si ha escrito sobre ello y tras titubear dice que sí, que el texto se titula El Asco.

Se queda pensando en la historia más feliz, no le sale, hasta que, sin estar muy seguro de ello, cuenta sobre un intercambio de una cabra por una tabla, en otra cabaña pero de un continente distinto. De seguro la tabla era más que una tabla y por eso le gustó pero ahora me cuesta recordar los detalles y, también sin estar muy seguro de ello, me parece que la historia era sobre los pastores de Malí. Aceptó el trato, según él, sin tener muchas opciones, porque lo único que hizo fue decirle a la dueña de la cabaña que le gustó la tabla y ella se la regaló. A él le dio pena recibirla así como así y ofreció la cabra. ‘¿Se puede llamar Martín?’. Y ella le dijo que sí, sin estar muy segura de ello.

30 de noviembre

El ‘cuarto de los pensamientos’ de la nueva casa tiene un calendario chino. Yo voté para que se llamara ‘el cuarto de los cero problemas’ pero nunca pegó. Sin embargo, ahora que llegó la lavadora creo que ella se llevó el protagonismo. Por los pasillos resuena indistinto ‘tal cosa va en el cuarto de la lavadora’ ¡Qué imponencia! Según el calendario chino estamos en el año del mono y sigue el año del gallo, todos animales que se comen en China, incluyendo el perro y la serpiente, el caballo, el conejo, en fin. Me entero de que mi año de nacimiento fue el de la oveja, nada menos imponente, pensé por un momento, pero luego recordé a Hooligan.

23 de noviembre

Curioso cómo nuestra mente va enmarañando un pensamiento tras otro hasta dejarnos en un punto aislado del razonamiento rutinario y allí nos quedamos. Hablando por Whatsapp con Esteban le recomiendo Desgracia (Coetzee) y me responde que ya se lo leyó. Entonces me cuenta que está leyendo Michel Houellebecq y que debería pillarlo. Entro a Wikipedia a leer sobre él (sobre Houellebecq) y me encuentro con que hizo una biografía de H.P Lovecraft y le doy clic a las obras de Lovecraft, ya sin saber a dónde quiero llegar. Entre sus primeros escritos (textos, letras, apunte, composición) hay una que se llama La cueva secreta (1897). Entonces recuerdo uno de los textos que tengo sin publicar que me vino durante un sueño y desperté a escribirlo con la mente todavía caliente. Lo llamé La cueva oculta.

Reconozco —vuelvo a conocer— esa historia abandonada sobre un chico que se perdió en una cueva al pie de una playa fría, en una tarde que opacaba los colores. Aquello fue una pesadilla. El niño entra a la cueva y allí está su familia pero se da cuenta de que en realidad son unos muñecos casi idénticos a sus seres queridos y las criaturas lloran en silencio por lo cual él sale despavorido. Se llama La cueva oculta porque podría ser cualquier cueva en el mundo. Quedo con la curiosidad del texto de Lovecraft que por su vejez ya está en línea. No alcanza las dos páginas.

La cueva secreta también es sobre un niño, de diez años, y su hermana, de dos, en una cueva. Un muro cae en el sótano de la casa de los niños y al acercarse a él, se transportan hacia un mar lejano donde encuentran un tesoro millonario. Al final su hermana se ahoga. Al final de mi texto, por otra parte, el niño sale corriendo de la cueva mientras lo persigue un muñeco de madera con una máscara hecha de piel humana que se llama Capitán Soldado. Curioso, como la memoria genética escribiendo sobre el mar y las cuevas.

16 de noviembre

El viejo está como una cabra. Quiere cobrarnos una lavadora que no hemos usado más de dos meses y una persiana que ha estado mala desde que llegamos a Cornellá. Primero dijo que eran 80 euros por las dos cosas y ahora dice que son 80 euros por cada una, pero que si lo pagamos entre todos, sale a 40 por cabeza. La lavadora tiene más de seis años y la persiana nunca la hemos tocado. Cuando abre la puerta del piso se escucha la tensión de nuestros músculos que se comprimen por el malestar que produce su presencia, un sentimiento de incomodidad nos abraza el cuerpo. Todos nos miramos. La conversación se va a los gritos en pocos minutos. Él se queda firme en su posición y nosotros en la nuestra.

Lo vamos a demandar. Te vamos a demandar, Juan, por malparido.

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