Me veo en ellos

Llegamos a Pubilla Cases pero nadie se baja ¡Qué raro! Cada noche, en este punto, el vagón ya está casi desierto y agarro puesto para leer durante el resto del trayecto. Hoy me resigno a leer de pie pero intercalo el panorama marítimo a bordo del Santísima Trinidad de Galdós con los rostros de los demás pasajeros. Todos en un mismo barco y nadie se quiere bajar. Como los españoles perdieron en Trafalgar, a mí se me escapó esa pequeña victoria de cada noche donde quedo solo, con tanto espacio que hasta puedo cruzar los pies, al punto de que si me dieran un habano lo prendería allí mismo para celebrar que el vagón es mío.

Después del cierre de puertas asomo los ojos sobre el libro. Un niño de brazos babea por la comisura de los labios y me mira. Yo le devuelvo la mirada o más bien trato de clavársela en el alma pero no cede. Un viejo de cabello ralo empieza otro nivel de un videojuego de The Walking Dead, no lo hace nada mal pero tampoco me ganaría en uno contra uno. Una señora de espalda ancha y pelo engominado dormita y le parpadean los ojos. Paramos en Can Vidalet, Can Boixeres. Daría lo mismo que siguiéramos de largo. Guardo la novela y llegamos a Gavarra. Digo ‘llegamos’ porque el tumulto no se ha desdibujado. El anciano estornuda dos veces y se limpia con la bufanda. Se cierran las puertas y el chirrido del subterráneo produce un lamento metálico combinado con el eco bajo la tierra que parece un enjambre de abejorros perturbados.

En Cornellá Centre nos bajamos. Unos toman el ascensor y otros subimos por las escaleras. Una corriente de viento austral me saluda como de costumbre al final de las escaleras eléctricas, donde yacen hojas resignadas al otoño y colillas de cigarrillo. Salimos de la estación y tomamos la misma calle. Pasamos el bar de Jymmy’s y un restaurante colombiano que vomita música parrandera. Paro en una banca del parque que está junto al ayuntamiento y prendo un cigarro. La mitad del tumulto pasa y la otra mitad se queda en el parque. Contemplo la fuente del centro del parque, varios lo hacemos. Siempre está prendida, día y noche, para los alegres y los tristes, para los pensativos y los libres. Mirando aquel brote de agua me cobija una especie de familiaridad con los demás presentes. Me siento ellos. Me veo en ellos cada noche, jugando The Walking Dead en el celular, dormitando en la silla, clavándole la mirada a la gente, sin ceder. Tomando un respiro para contemplar, como si fuera un templo o un santuario, aquella fuente perpetua.

Un tipo con audífonos me pide fuego balbuceando algo en catalán y se sienta a mi lado. Me veo en él. No me atrevo a preguntarle qué está escuchando por el miedo de que sea mi música. Me veo en él pero no puedo ser él, ni ninguno de ellos. Reanudo la marcha y la procesión sigue conmigo, como un pelotón durante el alba. Media cuadra antes de llegar identifico al grupo que se adelantó cuando hicimos la parada en la fuente. Están en la puerta del edificio. Unos esperan al otro lado de la calle porque no caben en la acera, otros invaden el paso de los carros. El bebé ya está dormido. La señora ancha, medio despierta. Veo a una chica apoyada contra la pared, cruzando los pies, leyendo Trafalgar de Galdós.

Intento abrir pero me equivoco de llave y se me cae. Me agacho y cuando me paro le pregunto a un viejo que está a mi lado para dónde va. Donde Gustavo —me responde con la mirada fija, como si hubiese practicado esa línea por días. ¿Todos van donde Gustavo? —levanto la voz. La multitud lo niega en su mayoría. Se cola de primero un moreno alto de afro frondoso con un cuello ortopédico y me empuja. Me veo en él hace dos semanas cuando no me pude parar de la cama por un mal movimiento al estirarme. Alcanzo a entrar de cuarto al edificio y en la puerta de mi piso me quedo en la cerradura. Sin mirar hacia atrás, los siento a todos montados en mis hombros, con una fila que llega hasta la segunda planta. Abierta la puerta, se rompe la formación y proceden a habitar todo el apartamento, como un rebaño de vacas que conocen por primera vez el pasto. Gustavo detiene su práctica de piano y me saluda levantando la mano.

Alguien te está buscando —le digo encogiendo los brazos. Él levanta la mirada buscando rostros conocidos mientras se rasca la barbilla. Se ríe y se encoge de hombros. Sigue tocando ‘Mad World’ de Gary Jules en el teclado. Sin mediar más palabra entro a mi habitación, me acomodo al lado de mi novia y le doy un beso en el hombro. Me pregunta cómo me fue hoy pero le digo que mejor le cuento mañana. Ella retoma el sueño donde lo lleva. A las tres de la mañana me despierta el llanto del niño. Camino hasta la sala que parece un centro de refugiados y le clavo la mirada otra vez. No cede. Prendo un cigarro y exhalo el humo en su cara para sacarle una tos seca. La madre espanta el gesto con una mano y me pide, enseriada, que si puedo fumar en el balcón. De camino al balcón me paro sobre variada carne dormida. Alguien me pide fuego entre susurros. Shhh —nos callan desde la sala.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s