Se perfuma como una puta

12 de noviembre

—Se perfuma como una puta.

Dice una señora de unos 50 años y las otras se ríen. Es el único fragmento que alcanzo a escuchar de la conversación. Todos en la mesa entornamos los ojos hacia el grupo de viejas que paga la cuenta. Ellas entienden que llamaron nuestra atención.

Como una puta —repite y nos mira— Así es, yo no tengo tapujos. Cuando lleguen a viejos van a ver.

 

13 de noviembre

Ana desmenuza cada punto del contrato como carne desmechada encima de una arepa asada. Yo le traduzco en inglés a Tudor sobre los puntos que no le quedan claros. En estas cinco páginas se consignan los derechos y deberes —mucho deber y poco derecho— que nos regirán durante un año en el lugar que queremos arrendar. Nada fuera de lo común, excepto el punto cuatro de la minuta que exige una estancia mínima de tres años si se desea continuar luego del primer año vigente.

¿Quién vive tres años en la misma parte hoy en día? —pregunto en voz alta y Tudor asiente.

Me parece que el contrato es normal —agrega.

Minutos antes me contó que en el lugar donde vivía en Rumania el contrato prohibía expresamente no decir groserías entre los propietarios o atacarse verbalmente.  

 

15 de noviembre

Curioso cómo nuestra mente va enmarañando un pensamiento tras otro hasta dejarnos en un punto aislado del razonamiento rutinario y allí nos quedamos. Lo mismo sucede con Youtube, cuando empezamos con un tutorial de Photoshop y terminamos haciendo clic, a las cuatro de la mañana, en una  teoría conspirativa de Hitler viviendo en Argentina y nos preguntamos ‘¿cómo llegué aquí?’.

Hoy intento abrir Photoshop pero todo mi computador se queda inmóvil y funciona a pedazos, como si tuviera tortícolis. Entonces pienso que con los libros no pasa eso, ellos están siempre funcionando y su tiempo de vida es como un reloj de arena que empieza a correr con cada letra leída y que podemos dar la vuelta para ver lo trozos caer otra vez. Luego pienso que lo único que necesita un libro para funcionar es la luz, natural o artificial que le de vida a la tinta. Ésto me lleva a pensar en los 22 días que viví sin luz en mi pueblo natal a causa de que la guerrilla tumbara las torres de energía.

Casi un mes sin luz que nos transportó a otra época, una era pasada. Como el pueblo es costero, la gente empezó a vivir de puertas para afuera para mitigar el calor. Sacaban colchones a la entrada de la casa y un edredón desordenado donde se sentaban familias enteras a jugar cartas o parqués y todo el barrio veía el sol ponerse. Luego llegaban las velas. Es curioso cómo hace falta tumbar una o dos torres de energía para cambiar la vida de un pueblo entero. Curioso, como leer un libro al quemar de una vela o Hitler comiendo choripán y bebiendo mate.

 

16 de noviembre

—¿Cómo te cae Santos?

Yo separo la vista del libro y se la dirigido a Ana. Su figura está apuntando a la mía y veo que ha suspendido su sesión de estudio para hacerme esa pregunta.

¿Te cae bien o mal? —dice ladeando la cabeza.

Yo me encojo de hombros y le digo que no sé, ¿cómo te cae a vos?

No sé —me responde encogiéndose de hombros.

Trato de recordar las cosas buenas de Santos durante su mandato como presidente de Colombia pero me asaltan todas las cagadas que ha hecho, incluso desde antes de ser presidente. Aunque la verdad, en esas acciones que han afectado a gran parte de la población no veo un asunto personal en mi contra. No puedo atacar su personalidad como ser humano como si fuera su persona política. Hasta cierto punto admiro que haya llegado tan lejos navegando entre tanta mierda de sus propias cagadas y que se haya ganado el Nobel de Paz. Esa admiración, sin embargo, no es positiva ni negativa. Quizás sería más preciso decir que me llama la atención, que genera una especie de curiosidad leve, igual que el triunfo de Trump. Tampoco creo que a Santos le valga mucho un insulto o un halago más. Creo que si llegara a leer un insulto mío se rascaría las guevas y ya está, seguiría con su vida. Los presidentes deben tener esa cualidad, esa piel gruesa para los insultos, como lo llama Coetzee.

No digo que no lo abrazaría si en un partido de fútbol él anota el gol definitivo y viene hacia mí. Fuera de la política, no puedo decir que es un mal tipo pero tampoco sé si es posible sacarlo de la política.

¿Te parece buen presidente? —cambia la pregunta.

Creo que nunca he conocido un buen presidente —le respondo sin pensarlo mucho. Aquella respuesta, entiendo después, salió de lo más puro de mi alma, sin filtro, sin vicios ni opiniones ajenas.

Ella vuelve al estudio.

 

16 de noviembre

Un señor de avanzada edad camina de un vagón a otro arrastrando un pie y haciendo paradas para clavar la mirada en alguna persona que le de dinero. <Para comer…gracias> decía en un italiano dolorido. Cuando se me acercaba retomé ese conflicto interno sobre cuál es la mejor forma de responder en esta situación. Recordé apenado las veces que he negado con la cabeza y con una sonrisa he balbuceado ‘gracias’. Pero agradecerle por pedirme dinero es un acto tan falso como cuando doy las gracias a un guarda luego de que me revisa el maletero del carro y me dejan entrar a algún edificio. ‘Gracias por velar por la seguridad de todos nosotros, desconfiando de mí sin excepción’. ‘Gracias por venir a pedirme dinero a mí, que de una forma u otra reflejo la imagen de alguien que podría salir de unas monedas’.

Entonces se me acerca y le digo que no. Le digo que no dos veces, negando con la cabeza y en un tono neutro con una pronunciación impecable, como si me ofrecieran licor en un evento mientras estoy en horario laboral. Como un hipócrita con una caballerosidad inútil para él. Sería peor no decir nada e ignorarlo, despojarlo de su existencia, imitando lo que hace la mayoría. Lleva una barba salvaje, de náufrago y no usa pantalón sino calzoncillos sucios.

Sigue su camino hacia el otro vagón repitiendo la misma frase y entre el bullicio de la gente y los sonidos metálicos del metro se va y con él se desvanecen sus palabras como un eco en un callejón al punto de que ya no sé si todavía lo escucho o mi memoria lo retumba. Para comer, gracias.

 

18 de noviembre

¿Sabes cuánto tiempo llevo sin salir de la casa? —me preguntó Ana camino al supermercado. A la cabeza se me vino que la respuesta consistía en unas cuantas horas, como mucho un día. Nada extraordinario, como ir al supermercado.

Desde el lunes — se contestó a sí misma y yo giré los ojos hacia arriba tratando de recordar qué día era hoy. Era viernes, un viernes de otoño. Cinco días sin salir de casa parece una eternidad pero aquello tenía sentido esa semana porque se la había pasado día y noche sin dormir para terminar un trabajo de la maestría y para entregarlo a tiempo faltó a dos clases.

Desde el lunes de la semana pasada —aclaró. Desde el lunes de la semana pasada solamente he salido un rato: el sábado. Es muy raro, yo no soy así. En mi casa (en Colombia) salía todos los días. Cuando viví en Francia también salía por lo menos un momento a caminar todos los días ¿Sabes qué creo que está pasando? —dijo mirándome con desconfianza— desde ayer no me he podido sacar de la cabeza que es por la casa. No sé muy bien cómo explicarlo pero es esa casa a la que no le gusta que salgamos.

Yo me rasqué la cabeza tratando de armar una hipótesis para darle fuerza a la idea pero no podía. Era cierto que llevaba mucho rato sin salir de casa. Por mi parte, estuve de sábado a martes sin pararme de la cama por una tensión en los músculos del cuello debido a un estiramiento mal hecho que me paralizó. Aquello era una coincidencia sin más.

Y lo que le pasó a Marc ayer —continuó. Le dio ese ataque de ansiedad y llamamos a la ambulancia y no la mandaron. Le tocó quedarse en la casa hasta que se le pasó y se quedó dormido. Hace dos semanas cuando nos íbamos a mudar no pudimos hacerlo por ese problema con los dueños, cuando ya teníamos las maletas en la sala.

Cada argumento le daba un tinte siniestro a la idea de que la casa no nos quería soltar pero todo era una coincidencia. Pensé en el cuento que había escrito un mes atrás donde describí el apartamento como una casa clonada por parte de los vecinos y que de alguna forma evocaba un enlace con otra dimensión. Dudé por unos segundos de dónde había surgido la intención de escribir ese cuento pero no pude recordarlo. Me estremecí por pensar en que la casa misma me había implantado la idea de no irme de allí.

—Tudor y Bianca se van la otra semana, ¿crees que la casa los va a dejar ir? Yo creo que no, pero vamos a ver. Vamos a ver cómo los detiene la casa.

De vuelta del supermercado miré el edificio donde vivía desde la esquina. Se podía distinguir vagamente la ventana de nuestra habitación. Es una casa común y corriente, pensé, pero una voz me dijo que si esa casa tuviera una energía absorbente, querría que yo pensara así.

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2 respuestas a “Se perfuma como una puta

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