Granja Hooligan

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¿Quieres que te cuente una historia? —me dijo Marc acomodando una silla a mi lado. Me pareció poco común que alguien se acercara con esa pregunta en lugar de empezar a contar de una vez, como en esas películas del viejo oeste donde llega un tipo y se te sienta al lado de la barra para desvelar algún pasado oscuro. Supuse que era una historia importante para él y que la determinación de contarla estaba conectada con esa importancia, por lo tanto la conocía de memoria.

Sacó un papel de liar y empezó a meter pedazos de tabaco para armar un cigarro. Estábamos en el balcón de la casa. La vista no era privilegiada y el cielo de Barcelona lo adornaban luces intermitentes de los aviones que iban y venían, igual que las historias van y vienen como animales en una granja y terminamos adoptando variedad de criaturas lindas, feas, deformes, satánicas y todas viven con nosotros.

<En mi familia somos cuatro: mi hermana, mi padre y mi madre. Mi padre es electricista. Empezó a trabajar con mi abuelo desde los 14 años y cuando el negocio cosechó el dinero suficiente, nos mudamos a una casa más grande. Era en una zona rural de Mahón, cerca a Llumesanas, un pueblo de unos 50 habitantes. Encontramos un terreno vacío que estaba a buen precio en una zona boscosa que conectaba con un colegio y empezamos una nueva vida en el campo.

Desde este balcón es muy difícil explicar el olor del campo sin ir a sustantivos como el césped o el aire de la mañana, pero te puedo decir que olía a campo todo el tiempo. No a excremento o a plantas recién florecidas. No a polen ni a verduras apretujadas en un costal. Olía a todo eso. Olía a campo.

Cuando llegamos, mi hermana y yo exploramos el lugar y descubrimos varios cráneos en los límites del terreno, en la parte más frondosa. Unos estaban intactos, eran de vaca. Nos pareció fascinante y más de una vez llegamos a jugar con ellos. Los niños no se fijan mucho en el significado original de las cosas con las que juegan, ¿sabes? Nosotros le dábamos nuestro propio significado.

Luego mi padre decidió comprar una docena de gallinas y cuatro cabras enanas, de esas que son del tamaño de un perro. Quería vivir de lo que daba el campo, ya sabes, los huevos de las gallinas y esas cosas. Producir una parte de nuestro propio alimento. A mi hermana y a mí siempre nos han gustado los animales, entonces saltamos de felicidad cuando llegaron. También teníamos a Lucky, un pastor alemán.

Como las cabras enanas no dan leche, las teníamos para que podaran la tierra pero empezaron a saltar el muro para comerse las lechugas del vecino. Decidimos atarlas en parejas por las patas para que no saltaran pero eso no las detuvo, entonces intercambiamos las cuatro cabras por cuatro ovejas, al mejor estilo de ese comercio medieval que todavía se da en el campo. Por ser más pesadas, las ovejas no alcanzaban a saltar el muro.

Aunque Lucky era el perro de la familia, mi primera mascota fue una de las ovejas, la más pequeña. No le había puesto nombre pero siempre estaba conmigo. Ella era mi perro. Recuerdo que una vez fui a buscarla en el lugar donde mi padre había atado a Lucky. La encontré destripada, abierta, con las costillas a la luz. Lucky se la había cargado. Ese día conocí el olor de algo muerto. Ese olor.

Durante la cena mi padre dijo que no podíamos tener más tiempo a Lucky. Ese perro es peligroso aunque yo lo quiero mucho —dijo. Yo le creo, de verdad lo quería. Pero él tenía una hipótesis: ‘cuando un perro prueba sangre, le gusta repetir’. Como vivíamos al lado de un colegio, con niños pasando todo el día, prefería evitar un accidente. La semana después, Lucky murió, según él porque se comió un veneno para ratas que habíamos puesto en el establo. No le creí. Hace unos años le volví a preguntar y me respondió lo mismo. Ahora sí le creo, no tendría por qué mentirme a esta edad.

Otro día, de camino a casa, surgió la idea de comprar unos pavos. Ya no recuerdo la razón, pero cualquier cosa que trajera más animales a la granja nos parecía una buena contribución a la familia. Compramos cuatro pavos jóvenes y los metimos en el corral de las gallinas. No se llevaron bien desde el principio. Para solucionarlo dividimos el corral en dos partes con una malla que separaba las dos especies.

A la mañana siguiente, mi madre preguntó quién quería dar de comer a los pavos y yo levanté la mano para ganarme el placer. Cuando abrí su parte del corral, los cuatro pavos estaban muertos. Más que muertos. Fueron masacrados por las gallinas, quienes excavaron un túnel en el centro del corral para infiltrarse durante la noche y regresar como si nada hubiese pasado. Estaba lleno de sangre, con cachos de pavos colgados de la red y tripas en todas las direcciones.

No sentí el olor de la muerte, supongo que fue porque no se habían empezado a descomponer. Mi padre se encargó de los cadáveres pero no supe qué hizo con ellos, sé que no los comimos, no quedaba mucho pavo. Las gallinas empezaron a matarse entre ellas y una inundación acabó con las últimas. A mi madre nunca le gustaron porque entraban a la casa a cagar.

Con los años las ovejas se multiplicaron, aunque no puedo decir que me encariñé con ningún cordero luego del primer asesinato de Lucky. Dispusimos de un lugar especial para ellas, amplio para que pudieran correr. Yo siempre estaba en mi cuarto jugando videojuegos. Por la ventana tenía vista de una pared menorquina —construcción en la cuál se arma un muro poniendo una roca sobre la otra— donde estaban las ovejas y del tractor de mi padre.

El ‘toc toc’ de una tarde me llamó la atención. Una de las ovejas se pasaba todo el día embistiendo el tractor. El cráneo de las ovejas es muy duro, tan resistente como el de las cabras, entonces los placajes venían cargados de mucha fuerza. Cuando no jugaba, me quedaba viéndola dándose hostias contra el tractor. Salía para el colegio y allí estaba. Los cabezazos se volvieron más constantes.

Cuando volvía de estudiar, a pocos kilómetros de mi casa, sentí ese olor otra vez. Algo había muerto. Y digo ‘algo’ porque los cadáveres ya no se pueden considerar animales, ¿sabes? Sabía que algo no estaba bien. Entonces me dejé guiar por ese olor y la encontré, con el cráneo abierto a la mitad, al lado del tractor. El ‘toc toc’ había desaparecido. Todas estas muertes ocurrieron en menos de un año. No sé si la vida en las otras granjas es igual pero ahora que lo pienso no lo puedo explicar.

El año siguiente, ocupamos el establo con un caballo para mi hermana. A ella le gustaba practicar volteo, aquel arte donde un caballo atado a una cuerda da vueltas alrededor de una persona en una circunferencia parecida al movimiento de un compás, mientras otra hace acrobacias encima del animal. Era el típico caballo menorquín. Alto y negro, con una mancha blanca en las patas. Lo llamamos Sombra.

Otro de los corderitos desarrolló un apego no natural por Sombra. Sabes que las ovejas siempre están juntas en su rebaño pero éste se separó del resto para estar con el caballo. No era una historia como esas bonitas que aparecen en Facebook de vez en cuando. El cordero se intentaba follar a Sombra en cada oportunidad. Además tenía muy mala hostia.

No sé cómo explicarlo pero había algo en su mirada que iba más allá del instinto, ese algo no puedo ponerlo en palabras. Éste también se la pasaba embistiendo, pero en lugar del tractor, buscaba atacar a las personas, azotando las cercas. Un amigo de mi hermana fue de visita y le puso un sobrenombre, lo llamó Hooligan.

Luego, las ovejas empezaron a morir una por una. Día por medio encontrábamos los cuerpos sin vida. Todas tenían las mismas heridas con golpes contundentes en la cabeza, como si las hubiesen matado a puñetazos. Una de las muertes que más me chocó fue la de un cordero recién nacido. Su madre dio a luz junto a un alambre de púas y quedó atrapado, pero tenía los mismos signos de las otras muertes, como si lo hubiesen rematado. Estábamos seguros de que era Sombra, quien de alguna forma había sido influenciado por Hooligan. No sé muy bien cómo llegamos a esa conclusión pero después todas murieron, menos Hooligan. Entonces estuvimos seguros.

Mi hermana se mudó de la casa y vendimos el caballo. Hooligan se quedó solo. Compramos un par de perros. Vulpex, una mezcla entre pastor belga y pastor alemán y Pongo, un golden retriever. Pongo era un bonachón, nunca se metía en problemas con nadie pero Vulpex y Hooligan se la llevaron mal desde el primer día. Tanto así, que la oveja rompió la cerca con un cabezazo para ir tras Vulpex y embestirla. Yo lo vi todo desde mi habitación y corrí a rescatar a mi perro. Lo encontré asustado, contra la pared. Agarré un palo y ataqué a la oveja pero ella me devolvió el golpe y terminé comiendo tierra. Mi padre la encerró apenas nos vio.

Te digo, esa puta oveja estaba como una puta cabra>

Marc se echó el pelo hacia atrás con una sonrisa y prendió un cigarro que se había apagado. Le dio un sorbo y exhaló hacia el balcón ¿Qué pasó con Hooligan? —fue lo primero que le pregunté.

Todavía vive —me dijo— sigue en la granja. Ahora tiene la cara llena de cicatrices, como un criminal de la calle. Es la única oveja que tenemos. Ya tengo veinte años pero todavía me da miedo, ¿sabes? Tiene una mirada que te cagas. Nos enteramos de que el terreno solía ser un matadero antes de nosotros llegar. Leí en Internet que los animales sienten esas cosas ¿sabes? Que pueden sentir el olor de la muerte y eso los desespera. Ese olor tan familiar.

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