La marcha de los sonámbulos despiertos

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Foto tomada por juanglobo

El tercer campanazo me confirmó que no iba a seguir durmiendo. Camino a ciegas en la oscuridad sin poder ver mis pasos. Me encuentro con el responsable del alboroto: es un anciano que se metió en mi casa. Tiene la mirada perdida hacia el piso —aunque no mira un punto fijo— y una dentadura negruzca que se combina con las sombras de la medianoche.

Deja de sonar su campana. Es la muerte. Una voz interna, más profunda que el hablar de mi conciencia, me lo dice en un segundo plano o quizás un tercero. Por su aspecto, parece que quien se fuera a morir es él. En una mano lleva una campana de un blanco empolvado que le cuesta trabajo levantar y en la otra una lámpara de queroseno encendida. No me mira pero está al tanto de mi presencia.

Con los ojos clavados en sus pies, quizás por la vergüenza de estar irrumpiendo en mi casa a estas horas, este viejo sabe que estoy aquí. Me despertó y parece no importarle. La voz de otro plano me dice que no es la muerte. Esta situación me deja mudo y mis otros sentidos apenas funcionan. Siento mi cuerpo moverse por sí solo. Sin articular palabra el hombre da media vuelta y sale de mi casa y como un sonámbulo despierto me dejo llevar.

Algo en su caminar sin prisa y sin pretensiones me tranquiliza. Voy tras él como un perro peregrino que espera unas migas de pan. En el aire hay una niebla casi imperceptible que no es natural. Aunque ¿qué de todo lo que está pasando es natural? De seguro si un viejo entra a tu casa en medio de la noche, sonando una campana y con una lámpara lo último que se debe hacer es seguirlo. Pero aquí estamos, él va guiando el camino y yo lo sigo descalzo. El suelo no me talla. Ya estoy acostumbrado a caminar en la tierra.

Lleva puesta una túnica negra con una cruz blanca atada en un lazo largo al cuello y el crucifijo le llega hasta el ombligo. En la espalda tiene bordada una calavera blanca con cuatro huesos formando una equis, como el símbolo de las banderas piratas. Tiene una cadena enrollada por todo el cuerpo pero no parece apretarle. Pasamos frente a las casas con luces apagadas y el hombre reanuda el campaneo.  

Algunas personas se asoman por la ventana tratando de entender lo que sucede, abriendo los ojos en asombro. Puedo notar en sus retinas un tinte de pavor. Ya es bastante extraño que un viejo en semejantes fachas haga paseos nocturnos sonando una campana pero creo que otra persona caminando detrás lo hace todo más críptico.

Agudizo el oído y lo escucho rezar un padrenuestro que aumenta en volumen con cada paso y saca de sus casas a más gente, unos con zapatos y otros descalzas —como yo— para que se unan a la marcha ¿Sus cuerpos también se mueven solos? No puedo saberlo. Algunos son conocidos pero a otros no los había visto nunca en los cuarenta años que llevo viviendo aquí. El silencio interrumpido solo por la campana y en armonía con el rezo del viejo crea una fuerza en el aire que no me permite hablar.

Con cada persona que se suma al recorrido una disonancia de miedo, incertidumbre y tranquilidad se me revuelve en la cabeza con suavidad, en unísono, como dándole vuelta a los espaguetis para que circulen, pero que no se peguen, todos hacia el mismo lado por separado. Descubro felicidad y nostalgia.

Asemejo la figura del viejo con la de un famoso cazador de ratas que con su música ahogó todos los roedores de la ciudad y posteriormente hipnotizó a los niños para llevarlos hasta el mismo infierno. Lo asemejo pero no lo condeno, mi desconfianza es débil. También es débil el infierno en mi cabeza y es débil el suelo cuando lo piso con mis pies desnudos.

Un padrenuestro por las benditas almas del purgatorio por amor a Dios —le escuchó decir con voz ronca pero clara. Algunos cuantos repiten con él y dejan una estela de lágrimas a su paso. Entre los presentes —por llamarlos de alguna manera—  reconozco a un vecino querido.  Un cucho de pelo sin color que era dueño de una tienda a dos cuadras de mi casa, nunca supe bien su nombre porque siempre lo llamaba con el saludo pero escuché que se había muerto de cáncer en la sangre. Sin embargo aquí lo tengo caminando conmigo. En este barrio no se puede creer ni lo que rezan.

A mi lado también deambula una sombra que toma color. Es el hijo de la vecina, un hijo de puta (aunque la vecina no era puta, que yo supiera) que era ladrón, vicioso y problemático. Me hervía la sangre cuando pasaba con mi hija al lado suyo y él se le quedaba mirando.

Ahora, sin embargo, parece que todas esas historias no pertenecieran a mi vida sino a la de otro. Parece que aquel malandrín no era vecino mío sino de otro, siento como si este barrio y este pueblo no fueran mi tierra, aunque es la tierra que ahora piso, sino la de otro y ya no estoy seguro si realmente me desperté hoy a la medianoche o si, acaso, estaba despierto.

Llegamos a una calle que conozco muy bien y pauso el caminar mientras que los demás me esquivan sin mayor esfuerzo. Me llama la ventana con marcos de madera dorada, apachurrada en una pared, despintada con tintes verdes y amarillos. Detrás del vidrio veo un par de ojos brillosos con una carita pálida que mira directamente al anciano. <<Un padrenuestro por las benditas almas del purgatorio por amor a Dios>>.

No podemos parar la marcha y recorremos todo el pueblo. A nadie parece sorprender que haya un desfile detrás del viejo que suena la campana, todos lo miran a él y nosotros nos movemos despacio y sin voluntad, como un montón de barcos apeñuscados en un puerto al que lo visita los vientos del alba. Pasamos una calle y todas me parecen conocidas pero las siento lejanas, como si no fuera mi pueblo, en el que he vivido toda la vida.

En todo el recorrido el viejo no ha mirado hacia atrás. Le pregunto a una niña que camina a mi lado qué hace aquí entre todos estos viejos. Su cuerpo tiembla por el frío. No me responde. Junto a ella hay otra niña que camina a la par con una tranquilidad inamovible por los vientos gélidos. Ella está descalza. Ambas se parecen. Lo más seguro es que sean hermanas.

Le hago la misma pregunta y me mira con una sonrisa melancólica y en sus ojos destellan las luces diminutas que se forman por el alumbrado público.

Eres nuevo —me dice como si yo no conociera nada del mundo y ella lo supiera todo. Todos aquí caminamos de vez en cuando con nuestras familias, ¿dónde está la tuya? —me pregunta con una inocencia aguda.

Yo la miro con los labios retraídos y por reflejo se me frunce el ceño. Mi familia, ¿dónde está mi familia? Ahora que lo pienso salí de mi casa y no me fijé en nada ni en nadie. El viejo me hipnotizó y no pude ni ponerme los zapatos. Deben estar preocupados. Interrumpe el campaneo y se detiene la marcha sobre una casa en particular. Todos los presentes —así decido llamarlos— voltean a mirarme. Unos me sonríen y otros lloran. Otros observan indiferentes.

Aquella casa en particular es la mía ,¿todos van a entrar conmigo? La cosa puede ponerse todavía más rara, por decirlo así, porque para ser sincero todo ha sucedido de una forma como muy natural <<Un padrenuestro por las benditas almas del purgatorio por amor a Dios>>. Las almas del purgatorio, ¿quién dice que son benditas? Benditas las que están en el paraíso. Benditos los que estamos en la tierra y más los que estamos vivos.

La puerta por la que tantas veces entré cansado y salí renovado. Bendita ella por estar siempre ahí. Las ventanas en que me asomaba con mi hija para ver la lluvia. Gracias por estar ahí. Esa casa se volvió una extensión de mi familia y se convirtió en mi única familia cuando ellos se fueron, cuando yo me fui. Los recuerdos de toda mi vida me van llenando de color como si alguien espolvoreara pimienta, ají molido y orégano sobre una comida en el fogón.

Experimento un dolor de cabeza producto de todas las memorias que me golpean sin avisar pero al rato se aclaran, de la misma forma que una melodía galopa fuerte y quiebra el ritmo para que entren nuevas notas, que agudizan la sonata, con un solo prolongado. Mis pies descalzos están limpios. Me entero de que no todos me están mirando, solo los que están descalzos. Ellos parecen notar mi presencia, los demás no.

Un padrenuestro por las benditas almas del purgatorio por amor a Dios —repite el anciano. Él también está descalzo pero sus pies yacen sucios. Un cuervo se posa sobre un poste de energía que sombrea al viejo y a los que no me están mirando. Los mira curioso retorciendo el cuello a punto de quebrarlo y con el pico se rasca el pecho tres veces como rezándole a la Santísima Trinidad. Emprende el vuelo hacia la oscuridad y retomamos la procesión.

El cuerpo se me mueve solo. Cosa fina la medianoche. Yo —sin ningún remedio— sigo caminando.

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En algunos pueblos de Colombia, la figura del ‘animero’ sale a las calles para caminar con las almas en pena. Se dice que durante el recorrido el tipo no puede mirar hacia atrás -y no lo hace- porque los espíritus lo atormentarían para toda la vida, privándolo en  el acto. 

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