La batalla de los tomates negros

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Cabraj6

Tres moscas se apoyaban en el vidrio que constituía las paredes del segundo piso de la mansión de Índice. Dos estaban juntas y la otra más lejos. Santa Elena agarró con sus dedos gruesos la que estaba sola y la puso con delicadeza en las fauces de una venus atrapamoscas que tardó un segundo en reaccionar antes de acribillar al insecto por la mitad. Si Taro Medio hubiese estado despierto la escena lo habría perturbado pero para Santa Elena esa era la ley de la vida. Si la mosca fuera del tamaño de un edificio no se la pensaría dos veces para chuparnos la piel de los huesos, pensaba.

Ella detallaba a Taro Medio postrado en su mesa, lo miraba de un lado y luego caminaba para mirarlo del otro. En ese momento unas pisadas en las escaleras que conectaban con el primer piso interrumpieron su evaluación. Era Taro Menor que se apresuraba al invernadero.

¡Santa Elena! —gritó el menor apenas la vio. Caminaba sin cuidado en medio del bosque de plantas venenosas como si estuviera en una juguetería. La abrazó y le dio un beso en la mejilla. Santa Elena le acarició el cabello y le dio un beso en la boca. Taro Menor se limpió la saliva y le recordó que no le gustaba eso.

Con un vistazo al cuerpo moribundo sobre la mesa, reconoció a Taro Medio.

¿Qué le pasó? —preguntó preocupado pero Santa Elena hizo un gesto con las manos para decirle que no era nada grave y se puso la mano en el pecho como señal de que ella lo podía curar.

El menor iba a tocar a su par inconsciente pero Santa Elena le bloqueó la mano. ¿Hace cuánto no se veían? Eso ninguno de los dos podía recordarlo. Con Taro Medio en el segundo piso y los otros en el primero, estaban reunidos casi todos, menos Taro Sexto que estaba muerto y Taro a Secas, que llevaba años desaparecido.

Pues, sea lo que sea, por lo menos está en tus manos —dijo Taro Menor— cúralo rápido, le quiero enseñar mi regalo.

En la esquina de la planta superior había un pequeño jardín dedicado a una sola especie. Los tallos se sostenían firmes con un velo de diminutos pelos blancos que vestían la planta. En el centro, colgaban seis tomates verdes con vigorosidad y había otro más que se balanceaba reseco como si con una jeringa le hubieran chupado toda la vida hasta dejar su cascarón disecado.

Taro Menor lo apreciaba con asombro y revisaba cada centímetro de la fruta.

Ya empezó —dijo en voz baja sin mirar a Santa Elena— ¿sabes lo que es? —le preguntó, pero ella estaba concentrada en curar a Taro Medio— es un experimento. Aunque la planta tiene ahora seis tomates al final solamente quedará uno, el más fuerte de todos. Lo nombré ‘Rojo Sol’.

Santa Elena le inyectó un antídoto a Taro Medio en la nuca mientras seguía desinfectando la zona con algodón. Taro Menor siguió hablando.

Rojo Sol no será un tomate cualquiera —continuó— cuando lo coma, me dará la vitalidad suficiente para tumbar un camión, un camión de bomberos Santa Elena. Índice me lo prometió.

En ese momento una piedra impactó desde afuera el vidrio del invernadero pero no causó efecto alguno en la pared. Taro Menor se asomó a través del material reforzado y lo vio, era Taro a Secas en medio del antejardín alto de la mansión. Santa Elena también lo notó y perdió la tranquilidad, pegándose al vidrio, mostrando los dientes.

No pasa nada Santa Elena —dijo el menor— es mi otro hermano.

Sin embargo, la chimpancé no se calmó y golpeó el vidrio mirando fijamente a Taro a Secas quien se llevó el dedo índice al ojo mientras tenía la vista en su clon menor. Taro Menor lo analizó sin descifrar lo que ese gesto significaba.

Los pocos rayos de luz que quedaban se extinguieron por una nube negra del tamaño de Indochina que impuso la noche de repente. Algunas gotas de aguanieve se deslizaban rápido en el techo del invernadero. Un viento fuerte empañó las paredes traslúcidas  del lugar y Taro a Secas desapareció.

Zanahoria subió al segundo piso con un casco ensangrentado por fuera y perseguido por un hilo de líquido rojizo. De sus manos, goteaba sangre a falta de los dos dedos índices que le habían arrancado. Santa Elena se quitó del vidrio y le agarró las dos manos, examinando la mutilación hecha a uno de los hombres de confianza del dueño de la mansión.

Esto no importa —dijo Zanahoria retrayendo sus manos con dificultad— tienes que curarlo a él —insistió— él nos puede ayudar más que nadie.

Taro Menor miraba a Santa Elena y luego a Zanahoria, intercalando la vista como si de un partido de tenis se tratara. Su respiración se cortó y se rascó la frente. Sacó un cigarro del bolsillo y lo prendió mirando a su clon postrado. Exhaló una bocanada interrumpida por el temblor de su cuerpo.

¿Qué pasa Santa Elena? —preguntó aumentando el ritmo en que consumía el pitillo— ¿Qué pasa con Taro a Secas?

Santa Elena lo ignoró y se incorporó en la curación de Taro Medio doblando la velocidad del tratamiento.

El menor bajó al primer piso donde encontró a Rebeca llorando desesperada, temblando igual que él. Taro Mayor lo miró con seriedad, contrayendo los labios por lo que le iba a decir, anticipando la decepción del más pequeño de todos.

Taro a Secas está aquí, Tarito —se adelantó Taro Índice— y vino a matarnos a todos. Vino a formar una guerra.

Taro Menor iba a fumar otra vez pero se detuvo. La noticia le frenó la tembladera y solamente podía parpadear, siendo consciente de cada vez que cerraba los ojos y los volvía a abrir. Recordó por un instante la vez en que todos los Taros se reunieron a la orilla de un lago frío en una de las cabañas de Taro Índice. El Sexto le había regalado un drone y él lo volaba por encima del agua. Los demás intentaban armar una fogata, menos Taro Medio que estaba sentado a la orilla.

¿Qué piensas? —le preguntó Taro Menor a Taro Medio esa vez.

Taro no está pensando en nada —le había respondido su clon medio.

Sé cómo es eso —continuó Taro Menor— yo a veces también pienso en nada pero por alguna razón algo me dice que es nostalgia —dijo prendiendo un cigarro— ¿sabes lo que es la nostalgia? —le preguntó pero Taro Medio le pidió que se lo explicara. Es como cuando extrañas algo pero no estás muy seguro de qué es, como si fueras de otro planeta y quisieras volver a él.

A Taro le han dicho que parece de otro planeta —dijo Taro Medio.

La lluvia se apoderó de la mansión de Taro Índice. Indochina se preparaba para la segunda nevada del día y como había dicho el dueño de la casa, afuera estaba la guerra.

Tres golpes suaves pero secos tocaron a la puerta, produciendo un eco que retumbó en las esquinas dentro de la mansión. Índice tragó un bulto de saliva, ¿aquello era la guerra? Eso casi que podía saberlo.  Desde adentro prendió la luz que daba a la entrada y se asomó por la mirilla de la puerta pero solamente se divisaba el jardín alto del frente, ondéandose con el viento que preludiaba la segunda nevada. Se agachó para revisar la otra mirilla que daba a los pies de quien tocara la puerta y vio en primerísimo primer plano la cabeza de un cuervo.

El ave tenía los ojos negros como el vacío que apenas se asimilaba al espacio exterior y en sus pupilas tintineaban destellos fugaces que iban y desaparecían como una noche estrellada cubierta por las nubes de paso.

Toc toc —sonó de nuevo— esta vez con más fuerza. Todos tenían la vista fija en la puerta sin entender lo que estaba pasando. Taro Índice les contó a los presentes sobre el cuervo sin quitar la mirada del visor. Toc toc toc —retumbó el pájaro— al compás que aumentaban los nervios de los presentes dentro de la mansión.

Un estruendo azotó una de las ventanas que estaba cerrada.

Rebeca apretó con fuerza la mano de Taro Mayor. Taro Menor prendió el cigarro mientras se acercaba para determinar a qué se había debido el impacto. En la ventana había otro cuervo aplastado contra el vidrio. Luego del golpe, el animal recuperó la postura, todavía atontado por la acometida y tocó el cristal con el pico, como tratando de perforar para entrar. Taro Índice se puso en pie y corrió hacia la cocina.

Toc, toc, toc, toc, toc. Los sonidos no se detenían y en menos de lo que un cuervo se estrella con una ventana, otra ave se sumó a los golpes en la puerta. Con los dos picotazos como taladros sobre la madera, no había espacios de silencio entre un golpeteo y otro. Cada impacto hacía temblar los huesos de los inquilinos de Ìndice quienes habían terminado involucrados en una guerra que a medias entendían. Taro Índice buscó en varias estanterías de la cocina hasta que encontró una caja grande sellada por todas partes y la puso sobre la barra. Con el cuchillo en mano dio una última ojeada hacia la ventana.

No me creas tan hijo de puta —gritó sin mover la vista.

Aquello que parecía la lluvia y se asemejaba a la noche, no era otra cosa que una bandada, si es que se le podría llamar así a tal cantidad de cuervos, invadiendo el espacio aéreo del jardín de Índice, con la velocidad de un proyectil plumífero formando un ventarrón kamikaze colisionando con el primer piso y el vidrio del invernadero de la segunda planta. Arriba, Santa Elena se pegaba a las paredes asustada como si del cielo le estuvieran cayendo en la cabeza y abajo Índice abría la caja para sacar varias máscaras antigás.

La madera no dejaba de crujir y los golpes no se detenían. Desde lejos, era difícil determinar si había algo debajo de ese tornado negro o, para los más optimistas, si lo que allí se asentaba era una casa. El suelo temblaba al punto de no distinguir a ciencia cierta si la mansión seguía pegada al piso.

Toc, toc, toc, toc, toc, toc. Los internos no tenían tiempo de pensar. El único que parecía entender la situación era Taro Índice que tomó las máscaras antigás y se las repartió a cada uno.

¡Ya ya ya! —les gritaba cuando se las entregaba.

Taro Menor miraba la ventana y luego a los ojos de cada cuervo. Sentía pena por ellos. ¿Qué estaba pasando por sus pequeños cerebros? ¿Qué orden les habían implantado para sacrificarse de esa forma? ¿Acaso todo esto era obra de Taro a Secas? No podía saberlo. Se puso su máscara y miró a Índice entre el visor empañado hacia los bordes. Ya todos las tenían puestas y esperaban instrucciones.

Todo esto es ridículo —pensó Taro Mayor pero la situación había cruzado desde hace tiempo la línea de las cosas que no eran ridículas. Se apretó su máscara y le ayudó a Rebeca con la suya. A través del visor, brillaban las lágrimas de la rubia y se acumulaban dentro del protector.

Santa Elena bajó con su máscara puesta y le mostró el pulgar a Índice.

Quitémonos esta plaga de encima —dijo Taro Ìndice frunciendo el ceño y sacó su celular del bolsillo trasero. Abrió una aplicación que tenía el ícono de una bacteria morada y navegó en el menú pero la plataforma se demoraba en cargar.

¡Ah! ¡Este hijo de puta operador! —gritó Ìndice mirando hacia el techo— ¡Y estos hijos de tres kilómetros llenos de puta gallinazos! —agregó lanzando el celular contra la pared que impactó a una mesa y se metió debajo de un closet. Al instante se agachó para buscarlo pero no le alcanzaba la mano.

Una de las ventanas no soportó más los golpes y se creó un pequeño agujero donde un cuervo pudo asomar la cabeza, entre trozos afilados que le acribillaban el cuello. En montonera, los demás lo impulsaron hasta que pudo entrar y detrás de él empezó la estampida a ocupar la mansión. Santa Elena los repelía con puños que los mataba al contacto mientras que Taro Mayor corría con Rebeca para esconderse en uno de los cuartos del primer piso. Taro Menor se quedó parado sin hacer nada y cada ave lo esquivó tocándolo únicamente con el resquicio de las plumas.

Mientras buscaba refugio, aunque sabía que no era momento de pensar en otra cosa o pensar en absoluto y dejar de actuar por instinto, Taro Mayor recordó las páginas de un libro que leyó hace un mes sobre la batalla de Trafalgar. Recordó el papel y las imágenes del texto pero no podía ver lo que decía allí. Sí tenía en la memoria la batalla pero no podía determinar si los ganadores habían sido los franceses o lo españoles o los ingleses. El toc toc de los cuervos que seguían taladrando desde otras partes de la mansión desdibujaban cada idea clara que tejía en su cabeza y todo se desenmarañaba como gotas de tinta sobre un acuario impecable.

Cuando encontró un cuarto que no estaba cerrado, se metió sin mirar atrás y se apoyó contra la puerta pero los cuervos no lo siguieron hasta allí. Rebeca se sentó sobre una cama, desconsolada y lloraba sosteniendo su cámara con ambas manos. Un cuervo logró meterse a la habitación con ellos y se posó sobre una silla de madera para hacer estiramientos de cuello. Rebeca y Taro Mayor lo miraron fijamente pero el cuervo no parecía notar su presencia. Parecía que su determinación por entrar acababa allí, una vez dentro del lugar.

En la sala, los picos desgarraban la piel del cuello de Taro Ìndice que trataba de espantarlos, sin éxito, mientras que Santa Elena los aniquilaba de un puñetazo. Cuando logró hacerse con su celular, la aplicación con el símbolo de bacteria estaba funcionando. Índice tocó con el dedo que llevaba su nombre una calavera que aparecía en la pantalla y Taro Menor sintió cómo todo el aire en el ambiente se puso denso, quizás inexistente.  

El agujero por donde había empezado la invasión ya no estaba pues la bandada se encargó de quebrar toda la ventana. Taro Menor escuchó las plantas del jardín alto de la mansión zumbando en coro y aleteando sus tallos en alerta. ¿Qué era real? ¿Qué era posible? Ciertamente lo que al principio pareció una visita a uno de sus clones por motivo de la muerte de Taro Sexto, era en realidad el primer momento de batalla.

Afuera, el jardín se contrajo hacia la tierra como un hormiguero al revés y luego cada individuo vegetal soltó de su respectiva flor lo que se asemejaba a un gas amarillo prominente y rápido que se esparció hacia todas las direcciones, como la cabina de un avión comercial que aterriza y recupera la presión con la atmósfera. El gas se metió por la ventana y en menos de diez segundos ya había tocado cada rincón de la casa. Taro Menor no se movió un centímetro de su lugar y vio claramente a las aves que se ahogaban al contacto con el veneno, con graznidos cada vez más débiles y cada vez menos. Cuando se disipó un poco la concentración del gas, ya no se veían criaturas volando.

Índice se quedó acostado sobre el suelo de su mansión. Parecía un hombre derrotado pero en realidad había desarmado el primer ataque de la guerra, saliendo victorioso. En su mano, le faltaba la mitad de un dedo para probarlo porque algunos cuervos alcanzaron a arrancarlo durante la acometida. Su cara estaba intacta gracias a la máscara pero le faltaban trozos importantes de piel en el cuello, la barriga y los brazos. Aún así los había matado a todos. Santa Elena perdió un ojo en su lucha contra el ejército negro pero se mantuvo fiel al lado de su amo. Taro Menor trataba de no llorar ante el campo de guerra lleno de muertos sobre el que estaba parado en cuerpo pero no en alma.

Me gustaría que volviéramos a ese lago —le dijo a Índice quien lo miró sin prestarle atención. El menor levantó del piso un cuervo que todavía mantenía un último respiro de vida pero llevaba la muerte inminente en la mirada. Vio una cara noble y unos ojos sinceros. Aquel pequeño soldado no podía ser el enemigo. Taro a Secas no podía ser el culpable de toda la tragedia.

Taro Índice recobró la postura y empezó a patear las aves que todavía se retorcían en la sala de su mansión. Agarró el cuervo que Taro Menor sostenía y lo destripó con una sola mano apretándole con fuerza. Un silbido delicado orquestó los últimos momentos del ave.  

Ellos son el enemigo —le dijo Índice enojado a Taro Menor quien en ese momento recordó las palabras que una vez le dijo Taro Medio cuando se habían encontrado en un puesto de comida de Indochina para comer takoyaki.

Taro no es muy inteligente —dijo en ese entonces Taro Medio— pero una vez el señor Fidencio le dijo que no se preocupara por no ser capaz de articular muy bien las oraciones o de hablar bien con las otras personas porque cuando las cosas son evidentes, no hay que decirlas. El señor Fidencio siempre dice la verdad y Taro le cree.

¿Ellos son el enemigo? —pensaba Taro Menor. Ellos, que nunca le habían hecho daño a él, y a los suyos, eran el enemigo. Aquello no tenía mucho sentido y no era necesario ser muy inteligente para saberlo. El menor decidió caminar hacia la puerta, sin pisar los cuerpos que yacían en el piso y comenzó a abrirla lentamente, quitando cada seguro e ignorando los gritos de su igual Índice. Fue allí cuando sintió las manos de Santa Elena que lo agarraron por el brazo y lo tiraron hacia atrás, haciéndolo caer sobre algunos cadáveres.

¿Qué te pasa? —le gritó Taro Índice— ¿le vas a abrir la puerta a la guerra así nomás?

Taro Menor dio otra mirada a su alrededor. Índice y Santa Elena estaban enojados y habían matado a todos los cuervos que habían entrado por la fuerza. La mansión estaba llena de sangre y plumas negras. Taro Índice estaba temblando por sus heridas o quizás por la ira que sentía al ser un prisionero dentro de su propia mansión.

Voy a salir —dijo Taro Menor en un tono tan grave que Santa Elena cambió la expresión de su rostro enojado por uno triste. Voy a salir y ustedes no me van a impedir hablar con Taro. Te quiero mucho Índice. Te quiero mucho Santa Elena. Pero es algo que tengo que hacer.

Taro Índice miró a Santa Elena y le dio una orden directa asintiendo para que lo dejara salir.

El menor terminó de quitar los seguros, abrió la puerta y salió para ver el jardín que había desaparecido. De las flores que antes adornaban la entrada solo quedaba el tallo. La nieve volvía a caer y una corriente de viento frío aprovechó la apertura de la mansión para helar el lugar. Santa Elena cerró de un portazo y Taro Menor se quedó afuera. Caminó unos cuantos metros pero no se sentía dentro de su propio cuerpo. El suelo no parecía el suelo que había pisado antes. Todo su mundo había cambiado. Llevaba más de diez minutos sin prender un cigarro.

Sacó uno del pantalón y le dio fuego mientras seguía caminando hacia el carro en el que había llegado con Taro Mayor y Rebeca. A su lado, estaba parado Taro Medio con una máscara antigás puesta y Taro a Secas desprotegido pero intacto.

Taro a Secas y Taro Sexto siempre habían sido lo más parecidos. Se dejaron el mismo corte de cabello desorganizado y sin barba. Ambos tenían la misma contextura y aunque hace mucho tiempo Taro Menor no se encontraba con su clon primero, no se le hizo extraño su rostro. Sí pudo notar en sus ojos una determinación diferente a la última vez que se vieron. ¿Cuándo había sido? Eso no podía recordarlo pero en su mente la última vez fue en aquel lago frío donde estaban todos juntos.

Taro Medio le sonrió cuando se acercó y Taro a Secas le extendió la mano.

Hermanito —le dijo Taro a Secas con una sonrisa. Vine por ti y los demás.

Taro Menor se quedó viéndole de arriba a abajo. No podía entender lo que estaba pasando. No sabía quién le decía la verdad y quién no. Miró fijamente a Taro Medio. Su expresión cambió de sonriente a un semblante serio. Nunca lo había visto tan concentrado en algo, aunque ese algo no podía descifrarlo. Sin embargo, Taro Menor sabía que si todo el mundo le decía una mentira, su hermano Medio siempre le diría la verdad y no era un privilegio que tenía por ser un clon suyo sino porque esa era la naturaleza de Taro Medio y eso era algo que no se podía cambiar, igual que la nieve no dejaría de caer esa noche.    

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