Mi casa, su casa

img_5751En el otoño de 2016 decidí viajar a Barcelona para continuar mis estudios haciendo un máster en Creación Literaria. Llegué buscando un piso con mi novia, quien también iba a estudiar uno. Nuestro furor del aterrizaje impactó fuerte, como un navío descarriado, contra el panorama agitado de jóvenes que buscaban un techo, igual que nosotros, antes de comenzar la época universitaria.

Caminábamos como peregrinos de una calle a otra, visitando pisos muy pequeños, diminutos para ser más precisos. Apenas salíamos de ver uno, nos arrasaba una marea de angustia compuesta por otras cuatro o seis personas que iban a ver el mismo lugar.

Con la intención de anclar el barco para reposar de un tiempo de bonanza y buscar con calma, nos instalamos en un piso compartido afuera de la ciudad, para respirar por un par de meses y dedicarnos más al estudio.

El apartamento no estaba mal y las personas que lo habitaban tampoco. La decoración era aleatoria y más que un plan para embellecer una casa, parecía el resultado de querer llenar un espacio con objetos decorativos que no guardaban relación entre sí. Por toda la casa había cuadros de madera con pinturas de la misma flor sobrepuesta en un fondo rojo.

Tenía un televisor, una sala con comedor, una cocina equipada con lo necesario, cuatro habitaciones y tres baños. Además había un balcón donde en una parte se podía extender la ropa y en la otra, alrededor de una mesa de vidrio con sillas de madera, podían conversar cinco personas sin estar estrechas.

Conocimos a Tudor y Bianca, una pareja de rumanos que llegó una semana antes que nosotros y sabían inglés y un poco de español; Gustavo, un peruano que estudiaba música y Marc, quien hablaba muy rápido y era de Menorca, una isla en el oriente de España. Él se la pasaba comiendo fideos asiáticos empaquetados.

Luego de relacionarnos e interactuar con ellos entendimos que aquella casa, más que un hogar, era como una sala de espera, donde todos yacíamos pacientes a que parara un tren que nos llevara vivir a Barcelona. Más adelante, Gustavo confesó, en tono de charla, que el día que llegamos estaban discutiendo entre todos cuál era la mejor forma de decirnos que huyéramos de ese lugar.

Con el vaivén de los días, aprendimos a movernos en la zona. Cornellá de Lobregat era un pueblo pequeño donde se hablaba más catalán que español, igual que en el resto de Cataluña.

Noche cierta, en una reunión en el balcón le iba a mostrar algo en mi celular a Tudor -ya no recuerdo qué- y lo dejé caer sin querer a menos de un metro del suelo. El aparato impactó de lado y un líquido negro lo inundó desde adentro. Era la segunda vez que me ocurría eso en dos meses y decidí que lo mejor era cambiarlo. Al otro día, pedí el mismo celular por internet a la mitad del precio al que lo había comprado la primera vez (tenía ya unos cuatro años).

Vivíamos en la tercera planta, la cual compartíamos con otro apartamento. Cuando llené el formulario con los datos de entrega de mi nuevo celular, olvidé especificar a cuál de los dos apartamentos debía llegar y el sitio web no me dio chance de cambiarlo. Esperé varios días en la casa pero el paquete no llegó. Decidí llamar a la empresa y me respondieron que el día anterior lo habían entregado. Alegué que no era posible, pero insistieron en que alguien había recibido el paquete a mi nombre.

Consulté con mis compañeros de piso pero todos coincidieron en que ninguno había recibido el encargo y menos habían firmado a nombre mío sin decirme. Deduje que se lo habían entregado al apartamento del lado, una situación que tampoco me tranquilizaba porque eso quería decir que los vecinos se habían hecho pasar por mí, sin notificarme de ello y decidieron quedarse con él.

Empeñado en solucionar el padecimiento de estar más días sin celular, y como todavía era temprano, fui al apartamento de al lado a tocar la puerta pero nadie respondió. Toqué cuatro veces, no hubo reacción. ¿Era posible que se hubiesen mudado con mi celular? A todas luces, la cuestión no guardaba mucha coherencia. Si bien el celular no era barato, no suponía un tesoro como para enrollarse en un trasteo clandestino.

Volví a la mañana siguiente. Toqué cuatro veces sin resultado. Un presagio se posó sobre mí como una niebla delgada que ganaba densidad en los rincones donde no estaba mirando. Algo raro pasaba. Ese algo, si bien no podía entenderlo completamente o ponerlo en palabras siquiera, me había sucedido y nadie parecía darle la importancia que yo le daba.

Llamé al propietario de mi apartamento en busca de una solución pero su respuesta sumergió el barco en el que había llegado a la ciudad hacia una oscuridad total.

En ese apartamento no vive nadie —me dijo con tranquilidad.

Al parecer, el sitio llevaba por lo menos un año sin ocupantes.

Le expliqué la situación al dueño.

Vale, lo conversamos con calma cuando vuelva a la ciudad, creo que me tardo unos cuatro o cinco días —me propuso sin darle mayor relevancia al asunto.

Llamé otra vez a la empresa preguntando el nombre de la persona que había recibido el paquete. Era mi nombre. Me mandaron una foto al correo del recibo y estaba mi firma, con el número de pasaporte incluido.

Me llené de miedo. Me sentí espantado en la popa del barco que se empezaba a hundir en la oscuridad, entre la niebla, sin nadie presente para ofrecer ayuda o si acaso para verlo clavarse en el fondo del mar. Intenté dormir esa noche pero no pude. Soñé que buscaba en Wikipedia sobre juegos peligrosos parecidos a la ruleta rusa y el porcentaje de morir realizando cada uno.

Al otro día, camino a la universidad, recordé que había dejado mi cuaderno de notas en el escritorio y lo necesitaba para poder hacer comentarios en una conferencia que se daba ese día. Subí por él y bajé sin más. Cuando me disponía a retomar la ruta, un sentimiento comenzó a carcomerme los huesos del pecho. ¿Era real lo que había visto? Quizás fue una mala pasada de mi memoria pero tuve la sensación de que la puerta del apartamento vecino estaba abierta, ¿lo había soñado? Me propuse volver. No estaba lejos de allí, de hecho, todavía podía ver mi edificio.

Decidí regresar aprovechando el tiempo de sobra que tenía antes de llegar a clase y cuando subí encontré el sitio cerrado pero había un paquete al pie de la entrada. Era mi celular. Todo estaba en regla. El celular estaba como nuevo, estaba la factura y un comprobante de recibido con mi firma y número de pasaporte. No le presté mucha atención al paquete como tal y toqué de nuevo la puerta. No hubo señal.

Me quedé fijado en la puerta, tratando de darle sentido a la cuestión, componiendo y descomponiendo hipótesis para llegar a una conclusión razonable pero no fue posible. Noté en el proceso que la puerta era idéntica a la puerta de mi apartamento. Eso era apenas natural, teniendo en cuenta que quizás todas las puertas del edificio eran iguales. Sin embargo, agudizando la mirada, logré determinar que era una réplica exacta. Nuestra puerta de la entrada tenía una fisura diminuta al lado del pomo y esta también.

Aunque parecía una coincidencia, no pude dejarlo pasar por todos los sucesos que se habían desencadenado hasta ese momento. La cerradura era la misma. Si bien todas las puertas en cada planta coincidían, ese detalle no parecía correcto. Inserté la llave de mi apartamento y cazó a la perfección. Giré la llave y el cilindro se movió sin resistencia. Un ‘clic’ me confirmó que la había abierto.

Al igual que en nuestro apartamento, la entrada constituía un pasillo oscuro que conectaba con la sala y el resto de la casa. Entré sin mediar palabra, temblando por dentro sin saber qué me iba a encontrar. Llegué a la sala que descansaba con la luz natural del día, intacta y amueblada sin rastros de abandono. ¿De verdad llevaba así más de un año? Era posible que los propietarios llegaran de cuando en vez para limpiarla pero parecía mucho esfuerzo para un lugar deshabitado.

Con una segunda mirada, un cosquilleo se apoderó de mis brazos, expandiendo las fosas nasales y aumentando mi respiración. Ese apartamento era idéntico al nuestro. Más que eso, parecía un espejo del lugar donde habíamos estado viviendo. La fachada era la misma pero además los objetos que la componían también. La decoración aleatoria estaba allí, puesta de la misma manera. En la sala, había un piano idéntico al que usaba Gustavo para practicar todos los días.

La mesa tenía el mismo mantel de plástico, los cuadros de las flores con el fondo rojo, todo estaba allí. En el balcón había una mesa de vidrio con sillas de madera y sobre la mesa reposaban, sin abrir, las mismas bolsas de tabaco de Tudor y Bianca con los papeles que había comprado Gustavo y los filtros de Marc. Era una copia idéntica de nuestra casa pero todo parecía nuevo, sin usar. Los muebles, que nosotros decíamos que eran viejos -pero los dueños insistían en que eran franceses- estaban distribuidos de la misma manera.

Estuve paralizado no sé cuánto tiempo en la sala, tocando con la yema de los dedos cada cosa, tratando de despertar de lo que parecía una pesadilla. Caminé hasta el que era mi cuarto. Mi ropa estaba doblada. Toda mi ropa y la de mi novia estaban guardadas en el closet. La ropa estaba doblada con una precisión intachable. Era seguro que ni mi novia ni yo lo habíamos hecho. Un aroma cálido cobijaba las prendas.

Nuestras sábanas, los computadores, los zapatos. Cada una de nuestras cosas estaban aquí. La lavadora que hacía un estruendo parecido al de un cohete a punto de despegar, los cajones malos. Cada detalle se había conservado en esta farsa.

Los cuartos de Marc, de Gustavo y de Tudor y Bianca  también habían sido clonados. Recordé la charla de Gustavo sobre cómo advertirnos para largarnos de allí apenas llegamos. Entraba en cada cuarto con miedo de que fuera idéntico al que ya conocía o, en el peor de los casos, distinto. Regresé a mi habitación para corroborar los libros, no faltaba ninguno. Murakami, Benito Pérez y Fernando González, todos ellos vivían aquí también. Mi mochila falsa tenía los mismos lapiceros que la real pero los cuadernos estaban sin rayar.

Salí a paso rápido de allí, sin mirar atrás, sugestionado por cada rincón, viendo sombras moviéndose donde no las había. Cerré la puerta, tomé las llaves y volví a mi apartamento original. Todo seguía como antes pero sentí pavor por la posibilidad de equivocarme y acabar en la casa clonada.

Abrí la puerta y todo estaba en su sitio. Las sillas regadas por todas partes, variada ropa tendida en el balcón y un bolso tirado en el sofá me devolvieron la tranquilidad en medio del trastorno. No había nadie pero ello era habitual. Ana todavía estaba en la universidad, seguro que Marc y Gustavo también o quizás todos descansaban en sus cuartos. Mi habitación la encontré como la dejé.

Fui a la cocina para sacar una cerveza que me calmara los nervios pero recordé que la habíamos bebido toda la noche anterior. Salí a la tienda a comprar una sin mirar a la puerta vecina. El mundo parecía en su lugar. La gente caminaba por las calles, algunos llevaban sombrillas porque se acercaba la tormenta del día. Compré doce cervezas por dos euros y regresé a la casa porque en España no se puede beber en la calle.

Al subir, la casa todavía estaba vacía. Me agobié un poco porque quería la presencia de alguien conocido para tener la certeza de que no había sido un sueño y, en últimas, para que escuchara lo que yo había visto. Me senté en el balcón y abrí una cerveza. Algunas gotas de lluvia se reflejaban en la luz del alumbrado público.

Pude respirar tranquilo por un rato, como no lo había hecho en todo el día, y sentí una serenidad momentánea. Solo pensaba en beber la cerveza que tenía en la mano y en sentir el frío que me helaba las palmas. Todo aquello era real y sin embargo, existía en el mismo universo donde una persona había decidido, quizás como una mala broma, hacer una réplica exacta de mi casa.

Abrí la segunda cerveza y el pshhhh producido por la efervescencia me calmó un poco. De repente, un sentimiento de familiaridad se había apeado en el ambiente sin darme cuenta. Me sentía tranquilo y le había quitado importancia al resto del mundo. Descubrí que sentía lo mismo, si tuviera que ponerlo en palabras, que cuando visité aquella casa clonada.

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2 respuestas a “Mi casa, su casa

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