Gracias por no dejarme en esa montaña

planeta-cocora
Sebas, Diego y Ana, antes de la tormenta.

Empezamos a subir luego de las cuatro de la tarde, después de un almuerzo tardío de trucha al ajillo con una salsa de mantequilla y leche que burbujeaba por estar caliente. De acompañante, patacón con ensalada de piña y arroz. Esa sería la última comida del día. Sebas pidió trucha con champiñones y Diego, Ana y yo pedimos con camarones.

Mientras subíamos yo llevaba mi mochila donde tenía guardadas dos botellas de agua llenas. Diego y Sebas se turnaban un bolso de tela amplio atestado de dulces para consumir arriba, un kilo de mangostinos y varios paquetes de cigarrillos. Todos, menos yo, habían aportado una caleta escondida para deleitarnos una vez llegáramos a la cima del valle.

Sebas compró una bolsa de mini brownies de arequipe, Ana llevó varios paquetes de cigarrillos de uva y Diego, que fue quien más aportó, puso los mangostinos, cuatros cajas grandes de Nerds y doce paquetes de Quipitos.

Con cada paso, dejábamos atrás restaurantes, hostales y zonas de camping para adentrarnos en el paisaje montañoso y posteriormente llegar al valle. Diego, Ana y yo ya conocíamos el lugar al que íbamos pero para Sebas era la primera vez.

¿Cómo te lo imaginás? —le pregunté en el camino a Sebas.

De ninguna forma —me dijo tranquilo— no me quiero hacer ninguna idea.

En la subida, Ana me daba la mano pero nos soltábamos sin querer. Yo la buscaba a ella pero nos dimos cuenta de que subir así era inútil. Las palmas de cera guiaban el camino alcanzando más de 20 metros de altura, llenas de anillos negros que reflejaban su edad. Tuvimos que sortear varias cercas con alambres de púas y caminos estrechos diseñados para pasar uno a la vez. Algunas personas ya empezaban a bajar afirmando que la bajada no era nada comparada con la subida.

El paisaje se fue aclarando y cada vez había menos ser humano y más naturaleza. Con el sol estridente quemándonos la nuca, nos asentamos en un punto donde caía una línea gruesa de sombra creada por una de las palmas de cera. Pusimos un mantel de picnic, descargamos las cosas, nos quitamos los zapatos y nos sentamos a descansar.

Quizás todo empezó desde ese momento y no pudimos notarlo. Tampoco podíamos saberlo y es que nadie se imagina en qué punto las cosas se van a salir de control. Estábamos dentro del valle. Detrás de nosotros había otra montaña más alta y en frente teníamos el panorama del paisaje cerrado por una cadena montañosa y un cerro más pequeño que habíamos escalado.

De las tres montañas a la vista nos quedamos en la mediana.

Lo primero que sacamos de la bolsa de tela fueron los mangostinos. Aquella fruta dulce y carnosa por dentro no es fácil de conseguir en nuestra ciudad entonces aprovechamos el festín tropical a la par que lanzábamos las cáscaras y las semillas hacia el vacío con la libertad de devolverle a la tierra lo que es de ella.

¡Wuata! —gritaba Diego mientras lanzaba las cáscaras con fuerza intentando golpear los topes de las palmas de cera— Así es como se tiene que botar —insistía con sus sonidos de samurai pero fallaba en el intento y todo se lo llevaba el viento que iba aumentando conforme se acababa el día.

¿Algunas vez han probado esas experiencias gastronómicas sensoriales? Aquellas que tratan de estimular todos los sentidos combinando alimentos con un toque de ciencia. Eso era de algún modo lo que estábamos experimentando allí.

El olor del paisaje desfilaba frente a nuestras narices como un pasto húmedo y unas notas frías que nos oxigenaban la mente con cada suspiro. El viento lo escuchábamos nítido y en juego con algunas vacas que mugían a lo lejos. Cuando caminábamos, descalzos, los musgos sutiles acariciaban las plantas de los pies como terciopelo. Cada tanto nos llenábamos la boca de Nerds, bolitas de colores, ácidas, llenas de azúcar o de Quipitos, leche en polvo azucarada con pequeñas explosiones al contacto con la lengua.

Nuestra vista era inmejorable. Las palmeras danzaban rayando el cielo azul y todo alrededor era verde. Entonces se escuchó un trueno no muy lejos y pienso que fue desde allí que todo empezó a cambiar muy rápido.

Va a llover —dijeron Ana y Diego y más truenos reforzaban su discurso.

Sebas y yo insistimos en que no iba a ser así, aunque en el cielo las nubes se revolvían en espirales y tomaban colores sombríos.

Aunque llueva, no nos vamos a ir de aquí —dije caminando sin rumbo alrededor del picnic. Sebas asintió con una sonrisa y Diego y Ana se miraron. Además, si empieza a llover ya mismo no podríamos hacer nada. No hay dónde ir—agregué.

Ignoramos la primera señal de lluvia y le dimos la espalda a la tormenta que se formaba en el horizonte.

¿Saben qué estaba pensando? —preguntó retóricamente Sebas— Sería chimba ver un dinosaurio pasando por esas montañas —dijo señalando con la vista la cordillera que nos rodeaba.

Sería chimba  —dije yo— pero sería más chimba ver un alien —insistí.

La discusión se sostuvo por un rato porque Diego y Sebas preferían ver un dinosaurio y yo un alien. Ana no hacía comentarios a favor pero decía que le gustaría ver a cualquiera de los dos.

El frío comenzó a helarnos las manos. Diego y Ana tenían un buzo puesto cada uno pero Sebas y yo estábamos menos preparados. Yo vestía una camiseta de mangas largas con unas bermudas militares y él una camiseta sin mangas.

Cuando se acabaron los mangostinos fuimos por los Nerds y los Quipitos de manera simultánea.

Quipito…¿de dónde viene ese nombre? —preguntó Sebas pero todos nos reímos de la forma en que lo había pronunciado, que parecía un japonés mayor hablando español.

La tormenta que se avecinaba nos rodeó y esquivó la zona en la que estábamos. Los vientos de lluvia siguieron su camino por la cadena montañosa y se aclaró el firmamento. Habíamos defendido nuestro espacio de las señales de agua y al mismo tiempo estábamos solos en el valle.

Vimos las nubes de lluvia escurriéndose en la ciudad más cercana, como un telón gris desatado de rayos y relámpagos que danzaban dentro de un tornado gordo. Era un show de luces único, escaso, con morados y azules claros que castigaba a los que no se resguardaran de él y el doble de disfrutable desde una montaña seca.

Hablo por todos cuando digo que nos sentimos extasiados, con la boca abierta, hipnotizados ante la naturaleza que nos estaba dando un espectáculo de grandeza y las palmeras gigantes que nos hacían sentir pequeños. Sebas se paraba y gritaba cualquier cosa proclamando su libertad y el eco del valle guardaba sus palabras. Diego, Ana y yo empezamos a hablar del futuro de ese lugar, del que se rumora que puede acabarse en unos años por la explotación de las palmas.

El frío nunca se fue. Yo empecé a caminar para calentarme con el movimiento y mi mente así lo percibió. Orinábamos donde queríamos, nos sentábamos donde queríamos. Éramos dueños enteros de la vida y aunque en ese momento no había necesidad de decir aquello, lo cuento ahora para tratar de vislumbrar lo que pasó allí.  

No sé qué se va a requerir para bajarnos de aquí —dije rompiendo el silencio que se apoderaba del ambiente a ratos. Todos nos miramos pero nadie respondió.

Sin caer en la cuenta, llegó la noche, disimulada por la luz lunar que no dejaba percibir el primer momento de oscuridad. Quizás esa sería la mejor forma de nombrar la continuación del relato sobre esa vez en el valle.  

Las palabras escaseaban frente a la falta de esfuerzo por sostener una conversación. Dejábamos, como si esa fuera la regla de aquél lugar, que el valle hablara y nosotros escuchábamos. Sebas se tornó más callado que el resto.

Sin prestar la más mínima atención al reloj, llevábamos cuatro horas desde nuestra llegada.

Si nos vamos antes de las nueve, podemos armar la carpa con la luz del campamento —sugirió Ana pero nadie respondió. En ese punto nos dimos cuenta de que nadie quería bajar, ni siquiera ella.

Creo que pasaron unos 20 minutos hasta que alguien más habló. Acostado en el pasto señalé la palma de cera que teníamos al frente.

Si esa palmera elige caerse ya mismo, sobre nosotros, decidí que no me voy a mover un centímetro —dije mirándola fijamente. Diego frunció el ceño. ¿Te moverías un poquitico? —preguntó con una risa. Bueno, lo suficiente para que no me matara.

Yo siento que podría morir en este momento y no me importaría —dijo Sebas después de un rato sin hablar— ¿Vos te podrías morir ya, pana? —me preguntó con seriedad.

Bajo ningún motivo quisiera morirme ya —le respondí pero creo que poco le importó.

En ese momento todas nuestras cabezas apuntaron hacia el cielo. La luna resplandecía con la blancura de un foco y jugaba con las nubes claras que se confundían con la niebla, todo ello creando una melodía en sincronía perfecta con las palmeras que no dejaban de danzar.

No lo podíamos creer. ¿Y si nos hubiéramos ido? Nos preguntamos varias veces sobre aquella discusión acerca de la lluvia. No estaríamos viendo nada de esto, decían nuestros ojos bien abiertos.

Con la noche, los silencios se prolongaron.

Sis, ¿qué es eso? —le preguntó Ana a Diego mientras señalaba una constelación. Todos estábamos acostados menos él que yacía de pie, mirando fijamente hacia ese punto. Su preocupación aumentó pero las risas de Ana calmaron el ambiente.

No sé por qué te pregunté a vos —aclaró ella al tiempo que Diego también se rió. ¿Yo qué putas voy a saber? —le contestó abriendo las manos.

¡Qué hombre tan preocupado! —dijimos Sebas y yo.

Sis, ese de allá arriba es Marte —dijo por fin y todos lo comparamos con una apreciación digna de Galileo.

Al fondo, los mugidos de las vacas resonaban trajinados. Podrían estar muriendo o naciendo. No podíamos definir el tono pero tampoco hubiese creador mayor diferencia.

¡Siento que podría quedarme callado para siempre! —dijo Sebas con una sonrisa, cómodo con el paisaje, como si su mente no tolerara otro espacio menos perfecto. Siento que no debería decir nada —agregó y me miró— Creo que lo haré.

Entonces se calló.

Aunque todos estábamos en silencio, el de Sebas parecía forzado. Como si su cuerpo quisiera hablar pero la mente le tapara la boca para no irrumpir en aquél momento perfecto. Ana expresó su problema de ir al baño pero nuestras miradas le confirmaron que tendría que usar una palmera. Como dije, orinábamos donde queríamos.

Esa vez no pude entenderlo pero ahora lo veo claramente. En ese punto, ya no la estábamos pasando bien. El panorama nos había hipnotizado y poco a poco nos congelábamos de frío. Las conversaciones no duraban más de tres palabras. Aún así, no percibíamos mejor lugar en el mundo.

¿Armar las carpas con un poco de luz? No. ¿Bajar a buscar un baño? Innecesario. Todo aquello que no fuera estar en esa montaña perdía importancia en el acto.

Sentado, sin pronunciar una palabra en un buen rato, Sebas se tapaba la cara presionando las piernas contra su pecho, como si hubiese caído en la cuenta de algo terrible. Ana se acercó para hacerlo hablar.

Yo no me puedo quedar pensando así toda la vida —dijo Sebas pero ninguno entendió a qué se refería. No me puedo quedar así, ¿o sí? —insistió mirándonos a nosotros.

¿Cómo? —le preguntó Ana preocupada.

Como estoy pensando ahora. Esto se me tiene que pasar —dijo pero todos seguíamos perdidos.

¿Hablamos? —le propuso ella en un tono tranquilo y Sebas no respondió pero se puso de pie y se alejaron un poco.

Diego y yo no hicimos mayor caso y yo le propuse lo mismo en charla. Igual que ellos nos alejamos. Mirando el horizonte me puso la mano en el hombro.

Siempre nos vamos a tener el uno al otro —me dijo y aunque nunca me lo decía y se mantenía haciendo chistes, entendí que las palabras iban en serio.

O…¿no?  —contesté con los ojos abiertos y puse las manos como un gato erizado levantando la espalda y él empezó a aletear como si fuera una guerra entre una mangosta y un águila. Cuando volteamos, Ana le estaba gritando a Sebas para que recobrara el conocimiento.

Sebas cayó desmayado sobre Ana y ella lo levantó para darle palmadas en la cara.

¡Sebas! ¡Sebas! —le gritaba ella pero él no respondía. Yo no entendía muy bien lo que estaba pasando. Solamente los miraba a ellos, impotentes todos, tratando de asimilar el contexto. Una parte de mí creyó que se había muerto y otra parte, aunque me da vergüenza pública aceptarlo, pensó que era uno de los mejores momentos de mi vida. Y todavía lo creo.

¿Qué estaba pasando? ¿Acaso Sebas se había muerto porque el paisaje era tan perfecto que no lo pudo soportar? Aquello sonaba a todas luces como una exageración narrada en el papel pero la realidad estaba allí frente a nosotros. Recordé de repente que había dicho que se podría quedar callado para siempre y luego que me preguntó si yo me podría morir allí mismo. Sin embargo, no podía tener una explicación a su pérdida de conocimiento.

Ana empezó a llorar y Diego la sostuvo. Sebas despertó.

Estoy perfectamente bien —dijo apenas abrió los ojos. Pero se volvió a callar.

Todo está muy bien —dije yo y así lo creía.

Todo está bien —dijo Diego con voz nerviosa y se llevó a Ana en llanto hacia otra parte para intentar calmarla.

Yo me quedé con Sebas, sentado a su lado y admirando la noche, la luna, las palmeras, testigos de cuatro seres humanos que se volvían locos a cada segundo ante tal sensación de libertad absoluta.

Sebas se volvió a desmayar a mi lado y quedó con la cabeza mirando al suelo. Yo le di unas palmadas en el hombro y volvió en sí.

¿Todo está bien pana? —le pregunté con una sonrisa. Por un momento llegué a pensar que aquella persona no era yo sino algún demonio que se había posesionado de mi conciencia para eliminar todo tacto y evidencia de empatía por los demás. Luego entendí que siempre fui yo y que, aunque nos de vergüenza pública a todos, podemos llegar a ser tan egoístas como para poner un momento perfecto, un lugar inmejorable, por encima del bienestar de nuestros mejores amigos.

No entiendo —me dijo. ¿Me despido de ustedes entonces? —se preguntó a sí mismo, dándome a entender que había tomado la decisión de quedarse allí.

No nos vamos a ir —le contesté para calmarlo pero esas letras no podían cargar mayor sinceridad.

Sebas no me respondió pero me agarró del cuello, por detrás de la cabeza y me apretó fuerte. Yo asentí mirándolo fijamente sin borrar la sonrisa.

Chimba de lugar —le dije tranquilo y él me soltó.

No sé qué hacer —me dijo preocupado.

¿Por qué sentís que tenés que hacer algo? —le dije extrañado pero me miró como si lo hubiese insultado o más bien revelado una verdad universal y volvió a su pacto de silencio.

Ana y Diego regresaron fingiendo una expresión de calma. Querían aparentar que todo estaba bien y trataron de convencernos de bajar a ambos.

Ya está haciendo mucho frío —dijo Diego.

¿Qué era eso del frío comparado con la majestuosidad de estas palmeras? ¿con el pasto húmedo cobijandonos las plantas de los pies y la luna frondosa de luz, plena, ante las constelaciones que brillaban fuerte?

Ningún motivo tenía el peso suficiente para hacernos bajar. Sebas se había desmayado unas tres veces pero ni eso había creado una posibilidad de perder este paisaje únicamente para sentirnos más seguros.

Recuerdo que me reía por dentro porque los cuatro decíamos, en cascada, que todo estaba bien, cada cinco minutos, pero nadie daba el primer paso para el descenso. Ana y Diego se alejaron para recoger el mantel de picnic y las demás cosas que habíamos dejado y yo me quedé atrás explicándole a Sebas que ellos tenían miedo por su comportamiento y falta de comunicación pero que si solucionaba eso, nos podríamos quedar más tiempo.

Me miró fijamente.

Pana, si me decís que bajemos, bajamos ya mismo —me dijo con una seriedad que no se la había escuchado nunca.

De seguro, si le hubiera preguntado lo mismo a Ana o a Diego ellos habrían aceptado sin pensarlo más pero yo, sin demostrarlo mucho, era el que menos se quería ir de allí.

Pana, todo está bien. La verdad, yo no me quiero ir y yo sé que vos tampoco —le dije y él asintió.

Ana y Diego empezaron a insistir para que nos pusiéramos los zapatos y emprender la ida pero yo estaba sentando, contemplándolos y pensando qué podría decir o hacer para convencerlos de quedarse. En la cara de Ana se reflejaba la luz de la luna y su piel humedecida por las lágrimas de hace un momento. Nada de eso me importaba lo suficiente para ponerme los zapatos.

Sin darme cuenta, convencieron a Sebas de enzapatarse y lo tomaron en hombros para empezar a bajar. Yo seguía sentado, mirándolos sin pronunciar palabra y detallando, primero uno y luego el otro, los dos zapatos que me tenía que poner.

Fue allí cuando sentí que el valle me empezó a hablar. Se había metido dentro de mi cabeza para hacerme creer que era otra de las voces que me dicen qué hacer y no hacer.

¿De verdad te vas a ir? —me decía el valle. Que se vayan ellos y vos te quedás aquí —insistió. Igual te sabés el camino de vuelta —agregaba, pero otra parte dentro de mí sabía que no tenía idea de cómo volver. Sebas tampoco se quiere ir, se pueden quedar los dos —repetía ese lugar.

Tomando fuerzas no sé de dónde, agarré un zapato y metí mi pie helado dentro de él.

¿Qué estás haciendo? —me preguntó aquella voz en mi interior como un regaño en un tono alto. ¡Quitate ya mismo ese zapato! —escuché claro en mi mente aunque sentía que aquél ya no era yo.

Me paré y empecé el descenso. Agarré a Sebas del hombro y nos fuimos los dos atrás mientras que Diego guiaba el camino y Ana alumbraba con el celular. Bajamos la montaña del medio y cuando íbamos en la mitad de la más pequeña Sebas y yo nos detuvimos sin forzar la parada. Nos miramos como si nuestra mente fuera solo una, o más bien fuera solo el valle. Entendí que si voltéabamos en ese momento no habría vuelta adelante porque al instante regresaríamos con el ímpetu de recuperar el paraíso prohibido. No dijimos nada y seguimos bajando.

Gente —dijo Sebas sin interrumpir el paso, cuando llegábamos poco a poco a la civilización—gracias por no dejarme en esa montaña.

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