La loca que no confiaba en mí

Cuando desperté ella me miraba dormir. Recuerdo que la primera vez que la vi me impactó su figura, complementada por una cara inocente de ojos verdes con la piel bronceada en tonos dorados y unos shorts. Parecía una surfista perdida en la ciudad que por destino llegó a mi apartamento para pedir ayuda.

La realidad no estaba tan lejos. No surfeaba pero venía de la costa y recién se había mudado a la pensión. Tocó a mí puerta porque necesitaba un computador pues el suyo no funcionaba. Entonces yo le dije que sí, que se lo prestaba, y aproveché para sacarle información. Como ella no respondía mucho me puse a ver televisión y me quedé dormido.

Esa fue la primera noche que la conocí.

A la tercera noche, regresó. Estaba descalza y tenía puesta una blusa negra de tirantes pegada al cuerpo que le resaltaba los pechos dorados, acompañada de otros shorts desteñidos y un par de piernas largas. No me dijo nada pero yo entendí que era el mismo favor de la vez anterior. Nunca nos saludamos de beso en la mejilla ni de abrazo pero, a pesar del corto tiempo de conocerla, me iba sintiendo más cómodo con su presencia y creo que a ella le pasaba lo mismo.

Como yo vivía en un aparta-estudio dentro de una pensión, las fronteras entre la sala, el cuarto y el baño eran indivisibles, de modo que para iniciar una conversación, bastaba con levantar un poco el tono de la voz. Aquella noche ella actuaba diferente. Le prestaba menos atención a su escrito en Word y volteaba seguido la silla para hablarme. Entre esas, como si fuera una confesión apresurada, dijo “soy un poco cismática”, y terminó la frase con una sonrisa mostrando la dentadura. Yo no entendí muy bien a qué se refería pero fruncí el ceño en señal de ‘¿y eso qué carajos importa?’.

Cuando llamaban la puerta y no era ella la abría decepcionado. A la semana tocaron como a las cuatro de la tarde, entonces, por ser tan temprano casi no me paro de la cama. Era la surfista, descalza como siempre, con una sonrisa para cada cosa que iba a decir.

¿Tú estudias comunicación, no? ¿Me ayudas a corregir la ortografía? —me dijo. Yo me pasé la mano por la cara, como si estuviera recién levantado y poco me importaran sus peticiones. Por supuesto —le respondí y acerqué otra silla a la mesa del computador.

Ese fue el día que en realidad la conocí.

El idilio se revolvió con bruma cuando me puse a leer lo que estaba corrigiendo. Era una carta de amenaza contra el rector de la universidad en caso de que no hiciera algo respecto a los evidentes abusos que ella estaba sufriendo, orquestados por dos profesores. Caí en la cuenta la tercera vez que reescribí acoso con ‘s’.

Mientras separaba párrafos y volteaba oraciones para que sonaran mejor, me sentía organizando una fiesta de cumpleaños para una niña en medio de un pantano, balanceándome en un bote de madera, lanzando serpentinas al lodo, sabiendo que igual no se vería bien.

Ella me miraba concentrada, como si yo estuviera disecando un animal y no buscándole gazapos a una amenaza nefasta contra la mayor autoridad del plantel educativo.

¿Vamos a comer algo? —me preguntó. Volví a la realidad y me olvidé de acusaciones de violación y de demandas y le dije que sí.

El restaurante más cercano era el de una clínica. Allí la comida sabía mejor en la mañana que en la tarde pero igual pedimos chorizo con arepa y dos conchas de limón para mezclar el sabor y nos sentamos en un balcón que daba al parqueadero. Le quería preguntar sobre las amenazas pero se me adelantó en tomar la palabra y cortó toda posibilidad.

¿Yo te gusto? —me preguntó con picardía, con la sensualidad que podía emanar de unos labios color salmón que recién habían triturado un chorizo por pedacitos.

Umm…¿cómo? —dije, como si no hubiese escuchado. Terrible error. Una frase para ganar tiempo que me ha atormentado toda mi vida cuando llega una oportunidad única. Ella giró los ojos hacia un lado y yo traté de no dejarlos ir siguiéndolos con la cabeza. “Sí. Sí escuché. La verdad es que sí…”.

Se cruzó de brazos y me miró levantando una ceja, como si me preguntara yo qué tenía para ofrecerle. La situación se está volviendo seria —pensé. Ya habíamos compartido varias noches juntos, ella me había visto dormir, yo conocía sus cartas amenazando al rector y ahora le había confesado que me gustaba.

Abrió un poco los ojos pero no se sorprendió. Me agarró la mano y me dio un beso en la mejilla y luego otro en la boca. El pecho me retumbaba y la mente la tenía desorganizada.

La cabeza se me volvió una paleta que se derretía en el piso y un pisotón espantó a todas las hormigas que salieron corriendo con rumbo arbitrario. Unas cuántas se murieron.

Yo alcancé a saborear la sal de la playa y aspiré los vientos del atardecer en el mar. Le puse la mano en el costado, un poco más arriba de la cintura, algo que había querido hacer desde que la vi y continué besándola. De tirón, se corrió hacia atrás como si recordase algo y el beso terminó. Perdón, es que no me puedo emocionar mucho —me dijo. Yo le eché cabeza a esa frase toda la noche.

Al día siguiente, un compañero de la universidad llegó para hacer un trabajo y estábamos frente al computador discutiendo  sobre qué íbamos a presentar. Ella entró, sin tocar. Me saludó de un beso en la mejilla y luego otro en la boca. Él se presentó pero la surfista no lo determinó y no me dirigió la palabra a mí tampoco.

Dio media vuelta para irse pero hizo una parada antes de llegar a la entrada para levantar un pie y remangarse la bota del jean. Se vieron las tangas negras que le adornaban la cintura. Mi compañero me miró con un gesto de aprobación y me puso la mano en la espalda para darme tres palmadas. No hice comentarios porque me parecía muy apresurado decir cualquier cosa. Además lo único que conocía de ella eran sus cartas amenazantes al rector y eso no lo quería soltar como pan en la mañana.

No habías contado, picarón —me dijo él. Yo traté de explicarle que recién la había conocido pero no creyó cuando argumentó que una recién conocida no me saludaría así en frente de otras personas. Cuando él se fue, apenas se cerró la puerta, ella abrió la de su cuarto y volvió al mío. Los besos de ahora estaban más apasionados y nuevamente me detuvo.

Perdón, no me puedo emocionar mucho —me dijo otra vez.

¿Por qué? —le pregunté ya entrados en confianza.

Porque tengo problemas del corazón -contestó.

De todas las veces que no he sabido cómo actuar frente a una mujer, esa tiene que estar en el top tres. ¿Problemas del corazón? —me repetía varias veces mientras ella esperaba que le dijera algo. ¿Qué pasa si te emocionás? —le pregunté con seriedad.

Ella se encogió de hombros.

No sé, me puedo morir —dijo.

¿Estás segura? ¿nunca lo has intentado? —pregunté otra vez abandonando todo pudor.

No, nunca —respondió.

¿Te gustaría intentarlo?—insistí en tono de charla pero se molestó. Se paró de la cama y salió sin despedirse.

Nunca entendí si era virgen o había tenido sexo con el mayor cuidado posible o, en el peor de los casos, sin emoción. Esa noche me tomó más tiempo dormirme, contemplando el techo de mi habitación, terciando en pensamientos brumosos sobre mi situación actual. Soñé que estaba en un barco de madera pequeño, recorriendo un pantano tranquilo sin saber qué había debajo del agua, sin conocer para dónde iba.

En la mañana, regresó. En su rostro irradiaba la felicidad que recibía la luz del sol y destellaba en sus ojos. Me saludó de beso otra vez y me hablaba con el cariño de un par de novios nuevos. Yo le pedí disculpas por el comentario pero me ignoró cada vez que mencioné el tema. Abrimos otra vez el documento y lo pude leer con mayor profundidad.

La situación era que un par de profesores de cálculo la estaban acosando y aprovechaban cada oportunidad para decirle las cochinadas que le querían hacer. En la carta, le decía al rector que él era consciente de la situación por los correos anteriores que ella le había mandado pero que se hacía el de la vista gorda, quizás, porque los profesores le pagaban por su silencio. El comunicado terminaba cuando la surfista le decía que él no sabía quién era ella ni su familia y que si no quería saber de su padre, un supuesto exgobernador de la costa, mejor hiciera algo al respecto.

El rector era para mí, ahora más que antes, un ídolo y modelo a seguir por muchas razones. No era una percepción aislada pues hasta el momento de escribir estas letras, no he conocido a nadie más que se atreva a tratarlo con desdén. Pero, ¿quién era yo para ponerme de su lado? Su enemiga era una rubia que parecía surfista y me daba besos todo el día, algo que el rector nunca podría suplir en ningún sentido.

Yo estaba en un barco navegando aguas turbias. El barco era de ella y yo, sin darme cuenta, me subí. No tengo registro de cuántos correos alcanzó a mandarle pero me consta que fueron más de cuatro. En las tres semanas siguientes continuamos saliendo pero ella se fue volviendo, como lo dijo en sus palabras, más cismática.

Cuando yo llegaba de la universidad, ella escuchaba la puerta abrirse para salir de su cuarto y meterse al mío. Una situación que cualquiera consideraría una muestrilla de amor enfermizo pero inofensivo. Recuerdo que un día entró, sin tocar como siempre, y me encontró hablando con una amiga que había ido a visitarme. Dio media vuelta y se fue azotando la puerta sin saludar. Luego me enteré de que se la había encontrado a mi amiga en la universidad y le dijo que no volviera a la pensión porque yo le había dicho que no quería volver a verla.

Decidí ignorar el tema y no mencionarlo. Comencé a pasar más tiempo fuera de la pensión. Nunca intercambiamos celulares entonces cuando yo estaba por fuera, no tenía noticias suyas. Cada vez que entraba, era tan sigiloso como una hoja bailando en el viento pero ella siempre escuchaba la brisa y me recibía. Ya no nos besábamos tanto como antes porque su buen humor se había acabado. Ahora se irritaba con facilidad y me hablaba como si yo fuera el culpable de que la estuvieran acosando en la universidad.

Al mes de conocerla, se sofocaba con facilidad y me preguntaba si yo era o no su amigo. Yo no le respondía por la indignación que me generaba la pregunta y sentía cómo el barco de madera iba ganando velocidad con la marea mientras culebreaba entre lianas y bancos de lodo.

Entendí que ya no quería estar con ella.

Mi cuerpo se había vuelto de paja en mi propia casa, evitando ruidos que la pudieran despertar y huyendo como un criminal de mi habitación para no tener que verla.

Al final, cuando revisaba con sobriedad las ventajas y desventajas de estar con ella, encontré una de las dos bolsas vacías y decidí terminar lo que sea que teníamos. Hice un estruendo al cerrar la puerta y poniendo Breaking Benjamin a reventar, esperando a que ella llegara. La chapa tenía el seguro puesto y por la música no escuché que estaba tocando pero ella abrió de todas formas usando su licencia de conducción.

Vos les abriste, ¿cierto? —me dijo con lágrimas en sus ojos. Yo no entendí nada y bajé el volumen a un nivel moderado. Me puse las manos detrás de la cabeza y crucé los dedos dentro del pelo.

Vos estás con ellos. Creí que éramos amigos —continuó.

¿Amigos? Después de un mes de estar saliendo para ella éramos solamente amigos, como si el cismático que se estaba inventando todo fuera yo. Hasta ese momento todavía no entendía la cuestión, así que callé esperando que prosiguiera pero, de alguna forma, sentía que mi silencio me hacía culpable.

Les abriste la puerta y les prestaste el computador. Les dijiste que era yo. ¿Cuánto te pagaron? —dijo.

Si la vez que le propuse que tuviéramos sexo a pesar de su condición cardíaca encajaba en el top tres de las peores formas de actuar frente a una mujer, partirme de la risa en ese momento tuvo que ser el dos. Intenté parar varias veces pero por alguna razón sus lágrimas impulsaban mi gozo.

¿Le abrí a quién? —dije por fin.

No te hagás —dijo— a ellos. Los de la universidad.

¿A quién de la universidad? ¿ a los hombres de negro? —dije subiendo el tono con una expresión de incredulidad que se iba volviendo molestia por acusarme de tener algo bajo la manga.

Ella asintió y yo viajé al pasado hacia ese momento cuando, con una sonrisa, me dijo que era un poco cismática. Sentí cómo el lodo del pantano iba inundando el barco hasta empezar a hundirlo y tenía la orilla muy lejos para empezar a nadar.

Salió furiosa dando pisotones de gigante hacia su habitación, la seguí. Era la primera vez que entraba a su aposento. En la mesa, reposaba un computador encendido con la pantalla reflejando una foto suya sentada en la playa al lado de una fogata. Hasta ese día pensé que su computador estaba malo y lo tenía archivado en alguna caja sin abrir, porque eso me había dicho.

Entendí que desde el primer día me había engañado. También me di cuenta por qué las pocas veces que toqué a su puerta se demoraba para abrirme y nunca me dejó entrar. Ella se tiró a llorar en la cama y me dirigió la mirada. Yo hice una expresión de disgusto, como si estuviera viendo a un insecto parir y me devolví a mi parte de la pensión. Entonces escuché sus pisadas veloces que me perseguían desde la sala y paré en la cocina. Nos miramos en silencio, entendiendo que todo había terminado.

Ese fue el momento en que agarró un cuchillo de la cocina y lo apuntó hacia mí, insultándome, diciendo que ya no confiaba en mí.

¡¿Ya no confías en mí?! —estallé. ¿Vos no confías en mí? Vos sos la que me está amenazando con un cuchillo al frente de mi hijo de puta cuarto. Guarda eso por favor y calmate. Podés estar tranquila que yo tampoco confío en vos. Y si no querés confiar en mí, no tenés que volver a verme, no hablemos más.

Después de tantos años recuerdo las palabras exactas que dije ese día. El impulso de adrenalina y el instinto de supervivencia me cavó en el cerebro esa situación, como un guiño de mi memoria para saber qué hacer la próxima vez que mi vida corra peligro.

No la volví a ver después de mucho tiempo. Luego me enteré, por la dueña de la pensión, de que la echaron de la universidad. No pregunté el porqué. A los días, también la echaron de la unidad residencial porque levantó a piedra a los porteros. Al parecer uno de ellos le pidió ayuda al otro para una tarea de su hijo y ella lo malinterpretó creyendo que estaban hablando mal de su familia.    

Me encontré con su madre cuando vino a recoger las cajas de su habitación. Llevaba en manos el computador.

Andrés, ¿cierto? —me saludó. Yo asentí.

Perdón —me dijo. Perdón por todo.

Pocas experiencias son más desgarradoras que ver a una madre lamentándose por los errores de sus hijos. Yo acepté las disculpas sin chistar y me despedí con un apretón sutil. Fue bueno mientras duró, quise decirle, pero me interrumpió contándome lo trabajoso que era volver a buscar una universidad y casa nueva para la surfista. Me sentía liberado, como cuando amanece en las películas de terror y uno sabe que ya nada puede salir mal…antes de la última escena donde pasa algo.

La volví a ver dos años después, caminando al frente de la misma clínica donde le dije que me gustaba en nuestra primera cita. Ella iba de la mano de un tipo un poco mayor que yo y lo soltó para saludarme.

Intercambiamos preguntas sin valor hasta que le sonó el celular y comenzó a hablar con su madre. Me acerqué al tipo y le pregunté cuánto llevaban saliendo. Me dijo que apenas iban para dos semanas y asintió serio. No me dio buena espina el hombre pero le di unas palmaditas en el hombro.

Es una mujer muy especial —le dije. Él pareció ignorarme aunque claramente me escuchó. Ella se despidió sin colgar el teléfono y ambos se fueron, navegando en un mar de lodo creciente que se agitaba hacia el horizonte y yo me despedía, esperando no volver a verlos nunca.

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