Deberías saber que afuera está la guerra

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Con la cabeza contra la ventana del carro, Taro Medio intentaba moverse pero su cuerpo estaba paralizado. No sentía dolor pero sí cómo músculo a músculo su interior se iba contrayendo. Una bruma se esparcía por los pliegues de su mente y debía redoblar la respiración para no quedarse sin oxígeno ¿Eran aquellas las calles de Indochina? Eso Taro Medio no lo sabía. Sin avisar, llegó el tercer desmayo del día. Antes de perder totalmente el conocimiento, el tirador logró escuchar una voz en la parte delantera del carro que se distorsionó y luego otra que habló más fuerte.

Se volvió a desmayar -dijo Gerdo bajando la ventana del vehículo en movimiento. Agarró la taza de té que encontraron cuando recogieron a Taro Medio. El recipiente contenía una mosca y Gerdo la sopló para encontrar una reacción en el insecto pero éste no respondió.

No tiene alas -continuó uno de los guardaespaldas de Taro Índice- y parece que está muerta. ¿Qué hacía el tipo este con una mosca sin alas en una taza? -preguntó en voz alta pero Zanahoria no respondió y continuó con la vista al frente y las manos al volante. Este último se percató, sin embargo, que Gerdo se disponía a botar el animal por la ventana entonces quitó una mano del volante para agarrar la taza y arrebatársela.

A diferencia de todos los hombres y mujeres que trabajaban para Taro Índice, Gerdo era el único que no tenía un apodo y que, a pesar de su descontento, conservó su nombre real. “Como cerdo pero con ‘g’” decía Taro Índice siempre que lo presentaba aunque la molestia correspondía más a una cuestión de recordación. Como trabajador de Taro Índice, Gerdo tenía que relacionarse con muchas personas y aunque se presentaba con buena entonación, la gente siempre olvidaba su nombre y se lo preguntaban dos y hasta tres veces.

La mansión de Taro Índice se encontraba en el área rural de Indochina, en una zona con pocos vecinos y cuadras largas. Antes de salir del casco urbano, Taro Medio recobró el conocimiento. Se despertó con el rostro aplastado contra el vidrio. A través de la ventana empañada por el frío, las luces de la calle alumbraban estridentes y opacas al tiempo como manchas de pintura en un lienzo mojado y pasaban una tras otra de diferentes colores. Taro Medio intentó enfocar algo fuera del auto pero los bordes de las cosas se combinaban entre ellos.

Vio un elefante blanco acometiendo en medio de la calle con la imponencia de un gigante enojado y alcanzó a rozar el carro pero ni Gerdo ni Zanahoria parecieron notarlo. El elefante bajó la velocidad para igualar el ritmo del carro donde iba Taro Medio con aquellos dos extraños. En lugar de ojos, la bestia tenía dos huecos sin fondo adornados por las arrugas de unos mil años de vida. Taro no sabía cuánto tiempo había pasado pero ya no estaban en la ciudad sino en el campo y el animal les seguía el paso. De repente el elefante desapareció hacia la llanura de nieve y se volvió uno con el horizonte.

Taro Medio volvió a despertar. El carro se detuvo y frente a él emergió una mansión con raíces y arbustos en los costados como si fuera el nacimiento de una casa del árbol colosal. Gerdo le dijo algo a Taro Medio pero él no lo entendió.

-Taro en este momento no entiende dónde está o qué está pasando -dijo Taro Medio pero se dio cuenta de que sus palabras existían solo en su mente y viajaban como estrellas fugaces que brillaban y desaparecían. Fuera de su cerebro, Taro Medio estaba balbuceando consonantes sin hacer pausa y tenía la mirada perdida en el suelo. Antes de desmayarse nuevamente, pudo divisar dentro del carro su taza de té. ¿Estaba la mosca adentro? Eso el Tirador de Indochina no podía saberlo.

Los dos hombres lo bajaron en hombros del auto y lo arrastraron camino a la entrada de la mansión que estaba embellecida por un jardín alto. Un sendero recto dividía la carretera con la puerta principal. Sin poder moverse, Taro Medio cerró los ojos para tratar de articular una idea que tuviera sentido pero solo podía pensar en el olor del rocío que emanaba el jardín blanco por la nieve y no identificaba las plantas postradas por el frío.

Balanceando todo su cuerpo hacia atrás, Taro Medio pudo levantar la cabeza y alcanzó a divisar el segundo piso de la mansión que tenía vidrios en lugar de paredes y reflejaba las nubes grises posteriores a la tormenta de nieve que había azotado Indochina durante la tarde. Cada año la nieve visitaba el invernadero en el segundo piso que pertenecía a Taro Índice y cada año él reemplazaba los rayos del sol por una luz artificial para mantener a sus plantas venenosas ajenas al cielo oculto en el firmamento.

Las plantas notaban cuando lo que las estaba alumbrando no era el sol pero Taro Índice tenía una manera de controlar cada uno de los aspectos para el crecimiento ininterrumpido de su cultivo, desde detalles milimétricos como la cantidad exacta de unidades de luz que debía aplicar en cada sector del invernadero, hasta los nutrientes químicos que usaba en mayor medida (o menor en el caso de los hongos) en aquel jardín que no tenía un grano de tierra.

Como no necesitaba del suelo natural, el cultivo estaba en el segundo piso y el resto de la mansión en el primero pero Taro Índice pasaba la mayoría de su tiempo en la planta superior.

Por un lapso, el tirador logró recordar la sensación de calor que producía la lámpara de petróleo del bar donde estaba tomando Earl Gray la noche anterior. El lapso terminó tan rápido como vino y antes de darse cuenta, Taro Medio ya no estaba siendo sostenido por los dos hombres que lo trajeron sino por uno, quien luego descubriría que era Zanahoria, mientras que el otro intentaba abrir la puerta.

Las llaves se escurrieron de las manos de Gerdo y cayeron a sus pies pero Taro Índice se adelantó y abrió la puerta. El Taro que los demás llamaban ‘Índice’, como si de un dedo de la mano se tratara, barrió los alrededores con una mirada veloz de lado a lado y cambió el semblante serio con el que los recibió por una sonrisa de boca abierta.

-Zana  -dijo refiriéndose a su hombre de confianza que sostenía a su igual de cuerpo- ¿sabés a quién tenés ahí en el hombro?

Zanahoria siempre fue el más callado de todos los tipos que trabajaban para Taro Índice y rara vez respondía excepto cuando se trataba de su jefe.

-Sin duda es su hermano, señor. Son idénticos -respondió.

Taro Índice carraspeó por el comentario sobre su parecido y los invitó a entrar mientras se hizo a un lado de la puerta para que pasaran. Gerdo y Zanahoria eran los dos hombres más cercanos a Taro Índice y aunque el común denominador en su relación era que Taro Índice los molestara en tono de charla, siempre les trataba con respeto frente a los demás. A pesar de ésto, nunca les había abierto la puerta y menos dado paso mientras ingresaban a su mansión.

-Súbanlo -dijo Taro Índice mirando fijamente a Taro Medio quien había perdido el conocimiento nuevamente. Acuéstenlo en la mesa de arriba y llamen a Santa Elena. Con cuidado, que aunque no saben quién es, llevan en hombros a una verdadera celebridad.

Subiendo los escalones de madera, la mansión estaba dotada de un piso térmico diferente al resto de Indochina. En su interior, el ambiente húmedo y frío a la vez, recordaba una selva tropical durante la noche.

La afición de Taro Índice era cuidar de su cultivo artificial conformado por plantas naturales y su pasión respondía a descubrir nuevas especies vegetales para agregar a su colección. A lo largo del tiempo, había conseguido todo tipo de plantas venenosas que estaban sembradas en el invernadero y algunas parecían haber echado raíz en los postes de madera que sostenían el lugar.

Mientras los hombres de Taro caminaban en medio de la vegetación para llevar al ‘hermano’ de su jefe hasta la mesa, un sendero de una misma planta, con hojas acorazonadas y de color verde pálido escoltaban el camino. Los frutos del tamaño de un puño colgaban inmóviles como capullos de oruga y estaban recubiertos por una capa de púas delgadas con un tono más claro que el resto del tallo.

Gerdo, sin cuidado, rozó con el pié uno de los capullos que explotó como si de una granada se tratara y clavó las púas, como esquirlas, en el cuello del hombre que a pesar de su sorpresa no dejó caer a Taro Medio. Zanahoria hizo un gesto para proteger a al tirador pero las púas no lo tocaron. La molestia no se hizo esperar un segundo y ‘cerdo pero con g’ se llevó una mano a la parte afectada para quitarse las semillas del fruto que se habían clavado en su piel.  Zanahoria lo miró como si aquello lo tuviera merecido por no llevar protección al recorrer ese pequeño campo minado que había orquestado su jefe y le hizo una seña con la boca para seguir su camino.

Con mayor velocidad pero con el cuidado que se pone un pastel sobre la mesa, descargaron al supuesto hermano de Taro Índice. Gerdo comenzó a rascarse el cuello que se hinchó y agarró un color rosa. Taro Índice, que terminaba de subir la escalera identificó desde el otro lado lo que había pasado con solo mirar el suelo y los restos del fruto de su planta que había detonado al contacto.

Índice abrió los ojos y agudizó la vista hacia sus hombres. ¿Te cayó? -preguntó divertido al tiempo que Gerdo inició una carrera por todo el invernadero, hasta las escaleras, y se excusó sin detenerse para bajar a la primera planta.

Ecballium -le dijo Taro Índice Zanahoria mientras recorría el jardín con la vista y se acercaba a la mesa. ¿Sabés cómo lo llaman, Zana?

No señor -contestó Zanahoria sin parpadear.

Pepinillo del diablo  -respondió Taro Índice al tiempo que soltó una risa que se esparció por todo el lugar. Es un purgante que no te imaginas -continuó- y le he hecho unas pequeñas modificaciones para aumentar la potencia de las semillas cuando tocan la piel y la distancia que recorren cuando salen disparadas. A Gerdo no lo volvemos a ver en dos patas hoy.

Con su clon postrado en la mesa, Taro Índice procedió a revisar la herida que tenía en el brazo. Encontró, escarbando entre la sangre fría, un dardo bien clavado con una línea seca de veneno morado. Lo sacó de una jalada y se lo llevó a la nariz. Aspiró todo lo que pudo el aroma del proyectil.

Curare -dijo Taro Índice sin dudar.

Zanahoria ya había escuchado hablar de ese veneno en boca de su jefe pero no hizo comentario alguno. Sabía, con seguridad, que se trataba de un paralizante que atrofiaba los sentidos hasta sofocarlos porque a Taro Índice le gustaba charlar largo y tendido sobre los venenos que se producían en su plantación.

El jefe se llevó la mano a la cabeza para rascarse sin el más mínimo cuidado de la sustancia que tenía pegada en los dedos. El curare no hizo efecto alguno en él. De todas las personas que subían los escalones de madera, Taro Índice era el único que no llevaba protección pues había estado expuesto a tantos peligros como pirañas hay en el Amazonas.

Cansada de advertirle sobre la irresponsabilidad en sus acciones, Santa Elena se resignaba a sanarlo y a sacarle de la muerte como si aquello fuera un procedimiento rutinario de su trabajo y el cuerpo de Índice ganó inmunidad a casi todos los elementos que cultivaba en su mansión.

A través de las paredes de vidrio que no se empañaban por el frío en constante balance con la humedad, el jefe determinó el auto de Taro Mayor que se estacionó al lado del carro de Zanahoria.

-Que suba Santa Elena -le ordenó a Zanahoria- para que cure a este hombre. Este veneno ella lo puede sacar con los ojos cerrados. Llegó el resto de la visita y prefiero que no lo vean así -finalizó con una expresión seria.

Zanahoria salió del invernadero vigilando sus pisadas, manteniendo la distancia con los pepinillos del diablo y bajó los escalones de madera.  

A Taro Menor y a Taro Mayor los reconoció al instante y por último, Taro Índice distinguió a la rubia que venía con ellos. Aunque todos los Taros tenían la misma edad, Taro Menor se veía mucho más joven que Taro Mayor, quien aparentaba más desgaste que los demás. En los ojos de Taro Menor brillaba cada rincón del lugar y la sonrisa de pisar la tierra fértil del frente parecía más un ritual de llegada que una expresión espontánea.

Con la misma facilidad que la llama de una vela pasa a la otra, la expresión de júbilo del menor se pasó a la cara de Índice y se saludaron de abrazo con dos palmadas en la espalda. A Taro Mayor lo saludó de un apretón y a Rebeca le besó la mano con la punta de los labios culminando con su nombre. “Taro” -le dijo, pero ella lo miraba desubicada.

El parecido es increíble -dijo Rebeca mirando a Taro Menor quien lo negó con la cabeza. ¿Qué significa ésto? -cuestionó un poco alterada. Nunca había visto sixtillizos idénticos.

Taro Mayor, que tanto había evitado cualquier tema de conversación con Rebeca le dirigió por fin la palabra para aclarar la situación que desorientaba su conocimiento del mundo.

Cuando entremos a la mansión te contamos todo -dijo con una sonrisa que muy de vez en cuando se veía en su rostro.

¿Los tenés? -preguntó Taro Menor a Taro Índice mientras caminaban hacia la puerta.

Ahí están, esperándote -contestó.

Aunque la tormenta de nieve se había detenido, las nubes tenían vida propia y revolvían el cielo en espirales como torbellinos por los vientos del interior. Taro Índice dio una última mirada a los alrededores antes de entrar y se mordió los labios para liberar estrés. Zanahoria dejó a todos pasar adentro y se quedó esperando las instrucciones de su jefe.

Zana, hay alguien aquí -dijo mirándolo a los ojos, buscando las palabras para no sonar nervioso- y creo que es él. Taro Índice entró a la mansión y cerró la puerta detrás suyo mientras Zanahoria se puso un casco polarizado y emprendió camino hacia los alrededores.

Zanahoria era un tipo grande, por encima de la media de un hombre de Indochina. El cabello lo llevaba largo. Rozaba los dos metros de altura y su corpulencia lo perfilaba como un buen peleador. El segundo al mando de los hombres de Taro Índice era apenas superado en habilidades letales para el combate por Gerdo, que era tonto para caminar y hablar pero hábil con los cuchillos.

A diferencia de la planta superior, la parte de abajo del hogar de Taro descansaba en un color oscuro y la luz poco llegaba a través de las ventanas. El lugar por dentro parecía una tienda de antigüedades más que una mansión. Varias tuberías viajaban de un muro a otro y transportaban agua clara. Los cuartos recibían un aire frío que se concentraba en el ambiente.  

Las sillas, al igual que el resto de la casa estaban hechas de madera gruesa y a pesar de la gran cantidad de objetos repartidos, había un espacio generoso dentro del lugar. En el centro de la sala principal había algo que parecía un capullo dibujado en el techo. Los alrededores estaban decorados con cortinas blancas y translúcidas. Taro Índice invitó a sus visitantes a sentarse en una mesa ancha y plana que había en el centro y que recibía la luz directa desde un agujero que conectaba con el segundo piso.

¿Puedo verlo ya? -preguntó Taro Menor impaciente con los puños sobre la mesa.

Primero vamos a hablar -le contestó Taro Índice en tono calmado mientras se sentaba cruzando las piernas.  Falta una persona que está arriba pero bajará dentro de poco, aunque supongo que no le importará si empezamos sin él.

Taro Menor negó con la cabeza y decidió subir los escalones de madera sin pedir permiso.

¿Está bien que suba sin protección? -dijo Taro Mayor levantando una ceja.

No -respondió Taro Índice con una risa- no está bien. Pero bueno, tampoco es que se vaya a morir. Además allá está Santa Elena entonces no creo que le pase nada.

Rebeca se preguntaba qué había arriba pero su curiosidad se apaciguaba por la tristeza debido a la ausencia de Taro Sexto. Se tocó el mentón con el dedo pulgar y el dedo índice tratando de disimular pero le entraron ganas de llorar.  

Taro Índice la miró a los ojos y en tono de confidencialidad, como si le estuviera revelando un secreto, le contó, “un jardincito que tengo, ahorita podemos subir”.

A Taro Índice le gustan las plantas venenosas -reveló el mayor.

¿Taro Índice? -preguntó en voz alta el mencionado. ¿Ese quién es? -dijo retrayendo su cuerpo hacia atrás.

Taro Mayor cruzó las manos en un solo puño y las puso sobre la mesa.

Vos -dijo el mayor señalando al otro Taro con el dedo índice y moviéndolo de arriba hacia abajo. Yo soy el mayor y el menor subió al segundo piso. Taro Medio está perdido y de Taro a secas no sabemos nada. Taro Sexto está muerto y por eso estamos aquí, para saber por qué murió. Le contamos variada cosa en el camino hasta aquí. Le explicamos que somos sixtillizos idénticos.

Veo que dejaste de huir de las multitudes -contestó Taro Índice con una expresión seria. ¿Ya no te importa que las personas vean lo que somos? -preguntó divertido pero eligiendo cuidadosamente las palabras mientras trataba de entender el panorama para captar a fondo todo lo que Rebeca sabía sobre ellos.

Claro que me importa -dijo el mayor rascándose la cabeza. Pero esta mujer no es gente, ni hace parte de una multitud. Es como nosotros -finalizó.

Es como nosotros -repitió Taro Mayor en su cabeza luego de pronunciar esas palabras pues nunca creyó decir algo así de alguien que no se llamara Taro.

Taro Índice dirigió la vista al pulgar de Taro Mayor que había sido injertado desde el pié a la mano por un favor pasado.

¿Como nosotros? -preguntó Taro Índice. ¿Qué la hace como nosotros?

Taro Mayor sonrió de nuevo y se sacudió un poco de nieve que le quedaba en el cabello.

Rara vez te he visto sonreír y ahora que se murió nuestro hermano sexto lo has hecho dos veces. ¿De qué me estoy perdiendo? -volvió a preguntar Taro Índice.

Taro Mayor soltó una risa como nunca lo había presenciado nadie y se cubría la boca con la mano a la vista de los demás.

Es que no te imagino de tío, eso es todo -declaró por fin.

Rebeca se sonrojó al instante y sacó su cámara para ver las fotos que había tomado en las últimas semanas. La combinación de sentimientos de tristeza y timidez revolvían la cabeza de la rubia que pasaba las fotos en la cámara sin detenerse en ninguna. Al final paró en una foto de un charco que reflejaba la ciudad, un clima soleado que ahora anhelaban los habitantes de Indochina luego de tantos días fríos.

¿De tío? -gritó Taro Índice dentro de la mansión. ¿De tío estás diciendo? ¿tío de quién? No me digás que embarazaste a ésta mujer -respondió enojado, doblando las cejas y apretando los puños.

Taro Mayor se tornó serio por la reacción de Índice y clavó la mirada para acentuar sus palabras.

Tío -repitió. Yo también voy a ser tío. Taro Menor también va a ser tío, Taro Medio va a ser tío y Taro a secas igual. Todos vamos a ser tíos. Esta mujer, Rebeca, está embarazada del hijo de nuestro hermano sexto. ¿Qué más querés que te diga?

Taro Índice sacó una navaja y la clavó iracundo en la mesa. El filo estaba tan al punto que se deslizó por la madera como si fuera un pudín. Se paró y arrancó a pisotones por toda la sala mientras Rebeca seguía pasando las fotos en la cámara. Las pisadas se sincronizaron con varios golpes a la puerta que interrumpieron la acometida de furia de Taro Índice.

Como no había nadie más en la casa y Santa Elena estaba en el segundo piso, el jefe abrió la puerta sin mirar primero. Era Zanahoria con heridas de gravedad. El hombre llevaba puesto un casco polarizado con manchas prominentes de sangre desde afuera y tragaba bocanadas de aire con dificultad cada cierto tiempo, como si por momentos olvidara respirar pero lo recordara sin más.

Zanahoria levantó las manos para dejar ver,o más bien no ver, lo que le faltaba: sus dos dedos índices. La ropa gruesa que vestía no revelaba un gran daño pero por la bota del pantalón nacía, delgado pero en aumento, un hilo de sangre que se desplazaba por donde el suelo de madera lo permitía.

Taro Mayor y Rebeca se pusieron de pie y cruzaron un vistazo nervioso. Rebeca le agarró la mano a Taro Mayor y se la apretó fuerte.

A Zanahoria le temblaban las manos y con pasos lentos logró entrar a la casa, sin quitarse el casco. Taro Índice le dijo en voz baja algo que sus huéspedes no escucharon y el guardaespaldas subió las escaleras de madera.

Tengo que contarte algo -dijo mirando a Taro Mayor. Algo grave -profundizó preocupado.  

La rabia de Taro Índice disminuyó pero no le dirigió la mirada ni la palabra a Rebeca. Taro Mayor se sentó pero Rebeca comenzó a deambular por todo el cuarto, rozando con los dedos las ventanas y los rincones de la casa. Con las nubes que se desplazaban a gran velocidad, la noche llegaba antes de lo normal.

Alguien mató a Sexto -dijo Taro Índice mirando a Taro Mayor a los ojos. El mayor se enserió y comenzó a recorrer los dientes con su lengua.

Rebeca detuvo su camino contra la ventana, perdiendo la mirada en el horizonte verde en las inmediaciones de la mansión y pensaba en Taro Sexto. ¿Cuál había sido la última conversación que habían tenido? Ella recordó aquella vez en la terraza de su edificio, sentados contra la pared fumando marihuana. Aunque estaban drogados, una de las cosas que Taro Sexto le dijo le pareció más rara que de costumbre.

Todos nos vamos a morir -le había dicho el sexto. Así tiene que ser. Tenemos que morir para evolucionar, ¿no?

Rebeca no lo miró y en cambio mantuvo la vista fija en el puente que se dibujaba al fondo. La contaminación creaba en la ciudad un atardecer anaranjado y el paisaje parecía de otro planeta bajo la sustancia de la yerba.

Rebe -le dijo. Rebeca pensó que él era de los que hablaba demasiado cuando estaba drogado. Rebe -repitió hasta que ella le dirigió la mirada. Esta luz contaminada te hace ver más hermosa.

Esas palabras retumbaron como ecos que se desvanecían en su cabeza. Ya no podría volver a escuchar esa voz. Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro y ella no las podía parar. Allí estaba, con sus hermanos que no demostraban la más mínima tristeza por la muerte del padre de su hijo y ahí estaba ella que se había montado en un carro con ellos porque se parecían mucho a él. Y ahora se enteraba de que a Taro Sexto lo habían matado y uno de sus hermanos odiaba la idea de que ella cargara el legado del sexto. El llanto silencioso se trasladó a la nariz de Rebeca mientras no quitaba los ojos de la ventana. En el jardín creyó ver una figura de un hombre entre las plantas y un escalofrío recorrió su cuello. Era él, no se equivocaba, era Taro Sexto parado afuera, contemplándola, tranquilo.

Rebeca no lo pensó y corrió a la puerta para abrirla y encontrarse con el Taro que ella conocía, que había vuelto a la vida para sacarla de aquel mundo que ella no entendía, pero la puerta no abría. Intentó destrabar todos los seguros cuando sintió el brazo de Taro Índice que la detenía.

No podés salir -dijo Taro Índice. Él no es Taro Sexto -aclaró perturbado. Taro Mayor continuaba sentado con los ojos clavados en sus puños. Si abrís esa puerta, nos morimos todos -dijo Índice. Afuera está el que volvió mierda a Zanahoria, el primero, Taro Primero o Taro a Secas, como lo quieran llamar. Ya que estás metida en esto y vas a hacer madre de un ser con nuestra sangre, lo debes saber. No somos hermanos. No somos sixtillizos idénticos. Somos clones. Antes había uno solo y se dividió en seis. Pero por alguna razón, ya nos quiere eliminar. Si abrís esa puerta, rubia, creo que deberías saber que afuera está la guerra.

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