Había una vez llegó un man a un circo

(Esta historia nació a partir de un chiste que me contaron)

El hombre de los zapatos amarillos llegó -por fin- a las puertas del circo. ¿Quién iba a pensar que encontrar un circo iba a ser tan difícil? Zapatos Amarillos tuvo que viajar de una ciudad a otra, tratando de llegar a tiempo, pero el circo se movía tan rápido que cuando lo alcanzaba ya lo estaban desarmando.

Su esposa lo había llamado día por medio durante las tres semanas que se había ido para putearlo. Al principio era por haber dejado el computador prendido pero luego fue porque habían llegado tres ofertas de trabajo. Las dos primeras pagaban una miseria, pero había una para manejar las redes sociales de una petrolera que prometía buena plata.

-Dejá la maricada, ya llevás un mes en lo mismo. ¿No ves que no sirve para nada? -le dijo en la última conversación telefónica. Si tenés alguna crisis de los 40 o lo que sea, lo podemos arreglar con un sicólogo.

-¿Por qué sos así? ¿No me podés apoyar? ¿No ves que ésto es importante para mí? -le respondió con calma, con un aire resignado.

Su esposa alivianó la voz y empezó a elegir más cuidadosamente cada palabra.

-Pajarito -le dijo después de muchos días sin llamarlo así- Yo entiendo que quieras seguir tus instintos y todo eso. Pero entiéndeme tú a mí. Llevamos varios días de vacas flacas. ¿Me puedes hacer caso y llegar al circo en bus o…no sé, en una bicicleta?

Zapatos Amarillos no le hizo caso y se demoró un mes en alcanzarlo por sus propios medios. Allí estaba él en el tan perseguido circo y allí estaba el circo al frente suyo. Un par de lazos del mismo color de sus zapatos, que parecían las cuerdas que usan para atar barcos, bajaban paralelas a la entrada. Le rozaron el hombro como si el recinto lo saludara. En ese momento lo llamó su esposa. Hace dos días que no hablaban. Él vio la llamada entrante pero no respondió. Se guardó el celular en el bolsillo y se decidió a entrar.

Una mujer que lo doblaba en tamaño salió sin mirar y lo empujó como si no existiera. Ella carraspeó y murmuró una vulgaridad pero el hombre no la entendió. Un hormigueo le recorrió el pecho al de los zapatos amarillos de solo pensar que ella sería su compañera de trabajo.

Quizás lo que estoy haciendo no es lo correcto, pensó, de pronto no estoy usando bien la libertad y estoy eligiendo mal, insistió para sus adentros. Tan rápido como le entró la inquietud llegó a la conclusión de que quizás estaba exagerando y que tal vez la mujer gigante podía llegar a ser buena gente, cuando se tuvieran confianza.

Con los primeros pasos dentro del circo, sintió cómo cambiaba la textura del suelo. En el interior, a diferencia de la tierra mojada de afuera, había heno. Esta vez, en lugar de llegar tarde, se había anticipado a la primera función. Sin las tribunas, las jaulas y las cortinas que colgaban desde el techo, el tamaño del lugar se triplicaba a la vista a lo que mostraba de carpas para fuera.

En el centro del circo, hablando por teléfono con un cigarrillo en la mano, había un hombre de traje con la piel gastada por el sol. A su lado, otro sujeto de figura larguirucha vestía un mameluco con rayas rojas mientras reparaba con la vista un agujero del tamaño de una persona que había en el techo. Por aquel hoyo entraban rayos de sol prominentes del atardecer y se divisaban un par de nubes con formas de crispeta.

Los dos tipos lo miraron pero siguieron en lo suyo hasta que lo tuvieron a una estirada de mano.

-Quiero trabajar aquí -dijo el hombre de los zapatos amarillos, sin presentarse, ni dar contexto a la petición. El tipo de traje que hablaba por celular frunció el ceño y exhaló otra bocanada al pitillo. La mirada del otro lo intimidó. Como nadie respondió, el tipo iba a seguir hablando pero lo interrumpió el sujeto del mameluco.

Y… ¿como en qué? -preguntó mirándolo de arriba abajo. No necesitamos gente.

Zapatos Amarillos carraspeó. El celular iluminaba su bolsillo. Debía ser su esposa otra vez. En medio de la presentación recordó la última conversación que tuvo con ella. Era sobre la amiga que los visitaba cada domingo por la mañana de paso a la iglesia. Ella y su esposa eran buenas amigas cuando estaban juntas, pero a las espaldas una hablaba mal de la otra.

¿Sabés con qué estupidez salió? -le dijo su esposa. Que ella se graduó en el Martesano y que todos los hombres que ella conocía se morían únicamente por viejas del Martesano ¿ah?

Él sólo le respondió que no se dejara llevar por estupideces. “No te dejés llevar por estupideces” -repitió en la mente estando dentro del circo.

Yo puedo hacer como las palomas -anunció fuerte Zapatos Amarillos.

El dueño cambió el semblante y se echó a reír desde lo más profundo de la garganta. Las carcajadas orquestaron una cadena de eco que viajó por todo el circo y salió por el agujero del tamaño de una persona. Recuperó el aire para preguntarle al hombre de los zapatos amarillos si se le iba a cagar en el vidrio del carro y continuó riendo.

Solo por tener esos zapatos no vas a entrar aquí -agregó el hombre del traje y sonrió por su propio chiste.

Nada de eso -insistió el hombre de los zapatos amarillos. Yo sé hacer como las palomas. ¿No les sirve de nada?

La risa mermó y ambos individuos cortaron la sonrisa. A lo mejor el hombre les estaba viendo las caras de idiotas. Por temor a seguirle la corriente, no quisieron pedirle que demostrara sus habilidades porque entonces él se luciría cagándose en el piso o arrullando como una paloma. El hombre del mameluco decidió parar el chiste y con un ademán para que se fuera, lo espantaron como a un pájaro que entra a una casa a robar comida.

El hombre de los zapatos se rascó la nuca y traqueó el cuello con un movimiento de cabeza.

No importa -dijo. Ya no quería trabajar aquí de todas formas. Sacó su celular y le contestó a su esposa. Ya voy -respondió. Escuchó un par de frases y colgó. Estiró los brazos y emprendió el vuelo, lento y desbalanceado pero efectivo. Con problemas atravesó el hoyo del tamaño de un humano con una gota de sudor en la frente mientras aleteaba, nervioso, buscando con la vista algo que pareciera un supermercado.

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