La niña de Sabores

Nunca he sido una persona que cree en lo sobrenatural como algo real y aunque me gusta la ficción, soy consciente de que los fantasmas y las apariciones no son más que imaginaciones del ser humano y, en un nivel más específico, de nuestro cerebro. Esta historia, sin embargo, se trata de uno de los dos hechos que en gran medida me han impactado en un sentido que poco puedo explicar.

Desde pequeño, a diferencia de la mayoría de los niños, nunca me asustó la oscuridad. Recuerdo que cuando mi madre apagaba el bombillo, en lugar de tinieblas, veía chispas de luz en toda la habitación, iluminando cada cosa alrededor como si fueran estrellas diminutas que bailaban en la noche. Como a la casa donde vivía le iban a hacer remodelaciones, tuvimos que mudarnos por un tiempo a otro barrio y en esa nueva vida no volví a ver las chispas de luz.

Nuestra vieja casa estuvo mucho tiempo en construcción, sin ventanas ni puertas, sin paredes y sin piso y con olor a cemento en cada rincón. En una ocasión fui con mi padre a verla y no la reconocí por todos los cambios que tenía.

Ese día, en donde se supone que iba a estar mi nueva habitación, los trabajadores encontraron calderas y símbolos hechos en tiza negra en la pared. Recuerdo hacerme el valiente diciendo que no me importaba y  por un tiempo así fue hasta que vi algo que nunca pude explicar y con el tiempo siento que pensando las cosas en perspectiva, todo se hace un poco más claro.

Mi habitación estaba al lado de la calle, bordeando con la acera porque en ese momento no teníamos jardín. Cuando regresamos a vivir ahí, me despertaba mucho en las noches y, para mi sorpresa, las chispas de luz habían regresado a acompañarme en la oscuridad. De alguna forma siento que me daban confianza para dormir con la seguridad de que no me podría pasar nada.

Al frente de mi casa había un restaurante que tenía buena pinta, se llamaba “Sabores”, y estaba ubicado en un sector privilegiado del pueblo pero cada nuevo dueño que llegaba terminaba con pérdidas en su negocio pues la gente no iba. Algunos decían que estaba maldito por el joven que murió electrocutado mientras arreglaba la planta de energía con el piso mojado. Mi hermano y yo estábamos jugando fútbol en la calle cuando lo vimos salir en una camilla con la cara hinchada y los pies morados.

A ella la vi por primera vez unas noches después.

Me desperté sin razón alguna pero no había oscuridad pues la lámpara de la calle iluminaba hasta mi cama. Las chispas de luz no estaban, por eso me sentía un poco inseguro y me costaba volver a dormir. Como las cortinas en mi habitación dejaban ver todo desde adentro hacia afuera, divisaba hasta el restaurante abandonado al otro lado de la calle cuando abría los ojos.

Acostado de lado, mirando hacia la calle, me distraía con una u otra moto que pasaba a toda velocidad. Al fondo de Sabores, que solo estaba protegido por una reja, vi una figura blanca de una luz que disminuía y volvía a resplandecer en una de las mesas de madera que estaban desorganizadas por todo el recinto.

Al principio creí que era una chispa de luz que había regresado y se había posicionado en la ventana pero me puse de pié y me acerqué al vidrio para ver más de cerca y pude comprobar que aquella figura blanca no estaba dentro de mi habitación sino más bien al otro lado del restaurante, en una de las pocas mesas que no estaba boca arriba.

Sentí el vidrio de mi ventana frío y comencé a temblar de miedo. Intenté hablar pero me poseía un temor absurdo de que esa figura blanca que estaba tan lejos pudiera escucharme y fijarse en mí. Decidí dar varios pasos hacia atrás sin quitar la vista del lugar hasta que toqué mi cama y me recosté. Desde tan lejos no podía asegurar lo que era pero esa ‘cosa’ no se movió ni desapareció hasta que volví a cerrar los ojos cuando me dije que era una ridiculez y que esa luz podía ser un reflejo de la luna llena que entraba por un agujero en el techo de madera del restaurante.

Ésta es una historia real, uno de los dos sucesos que cuestionaron mi entendimiento del mundo. Mientras escribo estas letras, la imagen de esa figura vuelve a mi mente, por lo que me veo obligado a prender la luz de mi cuarto a pesar de estar escribiendo a las ocho de la noche. Solo puedo desear que esa clase de miedo que vive en el rabillo del ojo sea un tema ajeno para quien lea estas líneas porque es una situación que se puede controlar pero nunca desaparece.

Cuando me desperté por segunda vez, las chispas de luz seguían sin aparecer pero al dirigir la vista a la calle, noté algo que me hizo tomar una bocanada de aire prolongada y me cortó el habla, desordenando todos los pensamientos que tenía en mi cabeza. Esa cosa blanca se había movido de lugar, ya no estaba al fondo del restaurante sino al otro lado de la calle, detrás de la reja de Sabores, mirando en dirección a mi habitación.

Como estaba más cerca,  lo primero que noté es que se trataba de una niña pequeña, más o menos de mi tamaño y llevaba un vestido blanco. Me había visto, estaba seguro. Mi cortina sólo dejaba ver de adentro hacia afuera pero de alguna forma sentía que ella me estaba mirando directamente. ¿Qué había hecho yo para que me viera? ¿Por qué yo?  Sentía tanto pánico que no quería poner un pie en el suelo o gritar para que mis padres llegaran pues algo me decía que la haría enojar.

No era justo, yo no le había hecho nada para que llegara a asustarme pero eso ahora no importaba. Ella estaba ahí y me estaba viendo.

Las motos dejaron de pasar, debían ser las dos de la mañana y sentía frío a pesar de tener el ventilador apagado. Con las manos me tocaba los pelos de los brazos que estaban de punta y trataba de calmar mi respiración. Sin darme cuenta y sin quitarle la vista de encima, volví a caer dormido.

Fue un sueño de aproximadamente diez minutos hasta que me volví a despertar. Ahora no tenía duda de que ella venía por mí. Estaba contra mi ventana, con las manos pegadas al vidrio como esperando que le abriera para entrar. No alcanzaba a verle los ojos, solo un vestido blanco y su cabello rizado que le llegaba a la cintura. Su expresión parecía enojada, como si me estuviera reclamando por tratar de ignorarla. Recuerdo que no dejaba de tragar saliva. ¿Para qué sirven entonces éstas cortinas? decía una voz dentro de mí. Yo no tenía la culpa de que mi cuarto apuntara al restaurante y menos de haberme despertado a esa hora.

Me tapé con la manta que por su delgadez permitía ver a través de ella pero la niña nunca se fue. ¿Por qué no pasaba nadie en la calle para que ella se fuera? Aunque tenía la cabeza llena de preguntas, no podía pronunciar palabra y menos ganar la fuerza para que mi grito llegara hasta la cama de mis padres.

Sin quererlo, volví a dormir. Analizando la situación, en un momento como ese, no podría volver a dormir en toda la noche. No puedo explicar muy bien por qué a pesar de tener los pelos de punta se me cerraban los ojos sin quererlo y caía en un sueño intermitente para que ella se acercara más sin yo verla en movimiento.

La próxima vez que abrí los ojos, ella estaba dentro de mi cuarto. Ese momento se repite claramente en mi memoria  hasta el día de hoy. Yo estaba cubierto por una cobija de pies a cabeza pero la podía ver. Ella estaba caminando lentamente de un extremo de mi cuarto al otro, sin quitarme la mirada de encima. No tenía ojos. Tampoco tenía los orificios donde deberían estar, como si hubiese nacido sin el menor rastro de ellos.  Sin embargo me sentía observado y amenazado, sin derecho a pronunciar palabra.

Su rostro se grabó tan firme en mi conciencia que cuando pienso en ella y miro hacia algún rincón oscuro, se dibuja su expresión de ira contra mí.  Pensé en los rituales satánicos que pudieron haber celebrado allí. Ella seguía deambulando en mi habitación, con pasos lentos y silenciosos que contrastaban con mis latidos acelerados por el miedo. De golpe, dejó de caminar sin rumbo y se me acercó. Su rostro y el mío estaban apenas separados por la sábana cuando pude gritar ‘padre’ con todas las fuerzas que había almacenado, pero ella no se fue. Mis padres llegaron y prendieron la luz con un puño. Ella ya no estaba.  Sudando, expliqué que había tenido una pesadilla y pasé la noche con el bombillo encendido viendo televisión, sin prestar el mínimo de atención al programa que estaba viendo.

Así terminó esa noche que nunca pude explicar. De aquella niña conté varias historias cuando me reunía con amigos para  hablar de eso. Por terror a volver a vivirlo, nunca la describí. Quise olvidar sus facciones pero hasta este momento he fallado. Quise dar una explicación a ese episodio pero mi cabeza solo lo empeora.

La volví a ver unos diez o doce años después. Cuando estaba en una finca jugando billar con un amigo a las cuatro de la mañana. Volteé y la vi recostada contra una hamaca que se mecía con violencia por el viento. Traté de ignorarla y volví al juego pero mi amigo estaba paralizado con el taco en la mano y la vista hacia la hamaca. ¿Viste eso? -me preguntó.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s