El fotógrafo está muerto

1fe83a892e3da481Seis crisantemos blancos desenfocaban el resto del mundo. Primero estaban ellos y luego los relieves y las capas blancas de nieve y verdes de pasto completando la composición de fondo. El viento los obligaba a danzar en unísono y su sincronización fue perfecta por un segundo pero aunque la flor era la misma, los tallos habían crecido por su cuenta y ondeaban los pétalos a ritmos diferentes. Uno solo de aquellos crisantemos habría bastado para desenfocar el resto de Indochina pero estaban los seis y eso era algo que ningún ser vivo o muerto podía ignorar.

Bajando la voz, el viento dejó de soplar y con el mismo impulso que vino se llevó el verdor de uno de los tallos que ya estaba marchito. ¿Con qué flor se adorna la tumba de un crisantemo? Eso los otros cinco no podían saberlo, ni eso ni la razón del sexto para perecer antes que ellos.

De los cinco Taros restantes, solamente dos asistieron al funeral del sexto: el menor y el mayor.

¿Escuchaste mi avión cuando llegué? -preguntó Taro Menor a Taro Mayor quien estaba parado al frente de la tumba de Taro Sexto. El mayor, que llevaba un buzo gris con capucha puesta y unos jeans, lo miró de reojo. Pasándose los dedos por el escaso pelo que tenía y sin cambiar su cuerpo de posición, entornó la mirada a Taro Menor para responder negando con la cabeza.

En comparación, el menor vestía una camiseta blanca, gafas oscuras, un pantalón negro y tenía una sombrilla abierta para protegerse de la nieve que caía en picada con trozos despedazados por el viento. Su cabello lo llevaba largo y despeinado y era por lo menos diez kilos más liviano que el mayor.

Desde lo lejos parecían dos personas diferentes como era de esperarse en cualquier punto de Indochina. De cerca, uno diría que eran mellizos. Pero fijándose detenidamente en cada uno, se llegaría a la conclusión de que eran dos cuerpos iguales habitando espacios diferentes, con modificaciones ciertas a su apariencia. Este era el caso de este par: uno con el dedo del pie injertado en la mano derecha, reemplazando el pulgar y el otro con un tatuaje de hormiga obrera del tamaño de una fresa en el antebrazo, ambos rasgos únicos creados en cuerpos iguales.

Decir que Taro ‘el mayor’ era el más viejo de todos sería incorrecto pero todos los hermanos lo habían decidido así. De igual manera, esas seis personas que se consideraban hermanos no obedecían el significado de la palabra porque aunque las cosas que los unían eran más fuertes que en cualquier otra familia, sería arriesgado afirmar que eran diferentes. Taro Mayor tenía el mismo código genético, la misma sangre, los mismos ojos, el mismo esperma y los mismos lunares que los otros cinco Taros pero aquello no los hacía hermanos sino más bien clones de un mismo sujeto.

A pesar de la nieve, el cielo sobre el cementerio brillaba capa a capa como un amanecer radiante y la luz del sol resplandecía en los rincones del santuario dibujando los bordes de los cristales de hielo antes de amueblar el suelo. Taro Menor prendió un cigarro debajo de la sombrilla y se sentó de piernas cruzadas al frente de la tumba del sexto. Sus clones, ya que decir hermanos sería igual de impreciso, lo consideraban el más inteligente de los seis pero nunca se lo habían expresado. ‘Inteligente’ en este caso quería decir excéntrico.

¿Esto qué significa? -preguntó el menor con voz seca por haber tragado humo del tabaco.

Aunque Taro Menor siempre parecía -a ojos de los demás Taros- como un ser sacado de otra dimensión, la pregunta era más precisa y aterrizada de lo que dejaban escuchar las palabras. El enunciado estaba encriptado y la clave la tenían los otros Taros pues Taro Menor no se preguntaba por la causa de muerte de Taro Sexto sino sobre qué iba a pasar ahora que eran cinco luego de haber nacido siendo seis.

Yo hablé con él un día antes -dijo el mayor sin entender el mensaje- y lo sentí melancólico, como si quisiera disimular felicidad con sus palabras pero el tono lo traicionara.

Taro Menor aspiró una bocanada seguida de la otra. Parecía que fumar en aquel momento, al compás de la tormenta de nieve naciente, fuera una obligación y no un placer. Yo hablé con él dos días antes -respondió con una pausa prolongada.

La tormenta se hizo más notoria y redujo la visibilidad del lugar. Sin prestarle mayor atención al clima, Taro Menor se enfocaba en la punta de su pitillo que se consumía rápidamente por los coletazos ventosos debajo de la sombrilla.

Yo hablé con él dos días antes y estaba como siempre -dijo el menor en un tono grave. Hay algo que no cuadra entonces, -continuó- algo que le pasó de un día para otro.  No sé si ese algo es del tamaño de una nave extraterrestre o una nave extraterrestre como tal, pero algo pasó ese día que lo cambió.

“Una nave extraterrestre” -repitió el mayor. A veces la gente inteligente es la más rara -cavilaba observando el humo que se apresaba dentro de la sombrilla y salía en hilos tranquilos, como las raíces de un árbol, para desvanecerse al contacto con los gránulos de nieve.

La tormenta revolucionaba con los vientos en el cementerio y creaba brechas de ventisca . La sombrilla de Taro Menor le funcionaba igual que a una hormiga le sirve una hoja para protegerse cuando le lanzan un balde de agua encima.  A pesar de la precipitación, ninguno de los dos se movió un ápice para resguardarse.

El ruido del viento se combinó con el de un obturador sin flash que impactó las espaldas de los Taros. Los dos voltearon la cabeza al tiempo y se encontraron una rubia de ojos café quien, en detalle, observaba la imagen que había tomado.

Es para un proyecto -se adelantó la mujer sin quitar los ojos de la cámara.

Un estuche negro tres veces más grande que la cámara, protegía el dispositivo de la nieve y combinaba con el vestido de la mujer que era del mismo color y le llegaba hasta las rodillas, acompañado de una gabardina de piel falsa desabotonada. La rubia los observó a ambos con la misma minuciosidad que hace nada analizaba sus fotos, como si en ellos floreciera algo familiar.

No sabía que Taro tenía hermanos -dijo alzando la voz entre la tormenta y quitándose una lágrima del ojo con el dedo índice. Ambos se movieron de su posición. El menor descruzó las piernas y se paró en un tiempo sin usar las manos.

Rebeca -dijo Rebeca haciendo espacio entre sus dos manos, ocupadas por la sombrilla y la cámara, para presentarse.

Taro Menor sonrió levemente y presionó un botón en el bastón de la sombrilla que triplicó su tamaño, igual que lo haría un transformer, para refugiar de la nieve a su idéntico mayor y a Rebeca. El mayor fijó la mirada en el aparato, pensando que no todos los días una sombrilla de tal inmensidad se desplegaba como en un truco de magia.

La mujer guardó su sombrilla que en comparación con la otra era diminuta y Taro Menor comenzó a raspar un fósforo para prender el siguiente cigarro. ¿Vas a fumar dentro de la sombrilla? -le recriminó Taro Mayor. El menor con cigarro en boca y fósforo en mano miró con los ojos bien abiertos a la mujer que subió y bajó los hombros en gesto de aprobación. Aprobación en este caso quiere decir que lo mismo le daba que Taro Menor fumara a su lado.

Rebeca -repitió la rubia con la mano extendida.

Mucho gusto -respondió el mayor sin decir su nombre ni el de su par menor y un silencio por su presentación incompleta interrumpió el estruendo del viento dentro de la sombrilla gigante.

Al soltar la mano de Taro Mayor, Rebeca notó que su dedo pulgar no era como ninguno que hubiese visto antes. Era un dedo pulgar pero no de la mano sino del pie. ¿Por qué lo tenía en la mano? La duda correspondía más a una curiosidad sobre la serie de eventos que llevaron al resultado y no a la nueva posición del dedo pero se guardó sus interrogantes.

Lo perdió por culpa de Taro Índice -dijo el menor que exhaló un aro de humo dentro de la sombrilla seguido de otro que lo atravesó.

Taro Índice -pensó Taro Mayor, desubicado.

¿Taro Índice? -preguntó Rebeca frunciendo el ceño. ¿Otro hermano?

Sí, él fue el que pagó por el servicio funerario pero estas cosas no son lo suyo. Justo ahora vamos para su casa -dijo Taro Menor.

¿Cuántos son? -insistió Rebeca.

Pues…Taro Medio todavía no se ha enterado del asunto y Taro…Taro no sé, creo que ya no le importa mucho el mundo de los humanos.

El mayor se rascó detrás de la cabeza, arrepentido por dejar hablar tanto al más imprudente de los seis. Pero sabía, ni tan en el fondo, que no podía cambiar la forma de pensar o actuar de su idéntico menor o de algún otro Taro. Esa forma de ver la vida era única de Taro Menor y aunque alguna vez fueron uno solo, en estos momentos sería una proeza que todos estuvieran de acuerdo para una sola cosa, sobre todo porque el sexto ya no podría opinar.

¿Eras muy cercana? -preguntó el mayor apresurándose a cambiar el tema.

La mujer asintió y dijo que sí al mismo tiempo.

-Creo que yo era la persona más cercana que él tenía…creo… nunca me dijo nada de unos hermanos.

Si eras la más cercana puedes venir con nosotros, si quieres -invitó el menor.

El mayor aspiró todo el aire que pudo por la nariz y retrajo los labios para no soltar palabra, esperando que Rebeca rechazara la invitación como lo haría cualquier conocido de su clon fallecido frente a un par de desconocidos.

A Taro lo conocía muy bien pero a ustedes dos no -confesó Rebeca con seguridad en su tono de voz.

Taro Mayor comenzó a soltar lentamente todo el aire que había tomado mientras esperaba cerrar caminos con la rubia y su cámara pero le preocupaba la imprudencia de Taro Menor.

Pues…vamos a hablar de Taro Sexto -dijo Taro Menor sin mucho interés en su mirada.

La rubia dio una última ojeada a la tumba de su amigo y les devolvió la mirada con una sonrisa de boca que no se reflejaba en los ojos.

A ustedes no los conozco pero se parecen mucho a él -dijo Rebeca esta vez sonriendo con los ojos, lo que produjo una gota de sudor detrás de la cabeza de Taro Mayor, imperceptible para los presentes e improbable ante tal tempestad de hielo.

Tiritando hasta los dedos del pié, los dos Taros se alejaban con Rebeca de la tumba del sexto, el mayor pensando cuál de ellos era Taro Quinto, observando el cuarto de nieve en que se había convertido el nuevo hogar del caído conocido, terciando en pensamientos pesimistas de cada segundo, impredecible, luego de la primera muerte de Taro.  

Entonces ustedes son seis -dijo Rebeca pausadamente al menor.

Pues ahora somos cinco. Cinco como los dedos del pié -respondió Taro Menor. Bueno, no como los dedos del pié de Taro Mayor.

Taro Mayor encendió el motor del carro con aire resignado.

Antes éramos uno -prosiguió el menor, como una unidad, digo. Pero nos hemos distanciado bastante. Tanto que cada uno de nosotros es diferente. Taro Medio, por ejemplo, tiene muy mala memoria y habla en tercera persona para no olvidar su nombre. Es muy raro.

En otro intento de cambiar la corriente de la conversación, el mayor prendió la radio y comenzó a navegar entre estaciones y estática interrumpiendo los locutores antes de terminar una frase.

¿Taro Medio? -preguntó Rebeca- ¿Así se llama?

Taro Menor asintió. Así lo llamamos -dijo- por ser el de la mitad.

¿Son sixtillizos? -dijo Rebeca mirándolos a los dos pero Taro Menor negó con la cabeza.

Mientras que Taro Mayor trataba de voltear la mirada para no dejar en evidencia el parecido entre los seis, la rubia los observaba detenidamente encontrando similitudes en cada detalle. Similitudes en este caso quiere decir que los Taros eran iguales pero ella no estaba convencida del todo.

¿Proyecto de qué? -preguntó Taro Mayor mirando hacia la cámara mientras conducía en línea recta. Rebeca abrió un poco los ojos y  recordó que les había tomado una foto a sus espaldas.

Sobre la guerra -dijo con una sonrisa de ojos serios.

En su cuerpo todavía reposaba un velo vacío por la ausencia de Taro Sexto. Para ella, toda señal que representara el alma parecía una despedida, como el humo que salía fuerte de la boca de Taro Menor y desaparecía lentamente hacia la nada. Sacó su cámara y tomó otra foto al hilo de humo dentro del carro de Taro Mayor.

Sos muy rara -dijo Taro Menor con una risa corta.

Parando la marcha por un semáforo en rojo, Taro Mayor encontró una emisora noticiosa que hablaba sobre la llegada del apodado Tirador de Indochina a la ciudad.

Ese tirador… -comentó el mayor negando con la cabeza- ¿No tienen nada mejor de qué hablar en esta ciudad?

¿Entonces los seis se llaman Taro? -se aventuró por fin Rebeca con la pregunta que Taro Mayor tanto había temido.

Todos nos llamamos Taro -dijo Taro Menor raspando otro fósforo.

“Todos nos llamamos Taro” -repitió el mayor en voz baja mientras el vehículo reanudaba la marcha y se perdió navegando en uno de los embotellamientos de Indochina causado por el monzón de nieve.

El carro se detuvo nuevamente pero esta vez se debía a una línea de carros que avanzaba a menos de un kilómetro por hora.

¿Tienes idea de cómo murió Taro Sexto? -preguntó Taro Menor.

Rebeca perdió la tranquilidad que recién había llegado a sus ojos mientras lo miraba fijamente. Taro Menor se rascó su tatuaje de hormiga en el antebrazo y su tono de voz se puso tan grave que parecía otra persona hablando.

Sabemos que no se suicidió -dijo- y por eso vamos a hablar de él.

Igual que Rebeca, Taro Mayor se asustó cuando la seriedad en el menor se expresó de una forma tan aguda como si una aguja pudiese cortar el viento seco.

Taro Sexto era una buena persona -continuó el menor sin alivianar el tono- pero eso tú ya lo sabías, ¿no?

Rebeca no lo tomó como una pregunta.

Cuando averigüemos quién fue -dijo Taro Menor- vas a tener muchas fotos para tomar en tu proyecto.

El embotellamiento dio un espacio para avanzar dos metros pero el vehículo no se movió.

Creo que te va a gustar la casa de Taro Índice -agregó el menor cambiando a su voz habitual- tiene toda clase de plantas y me regaló un pepinillo del diablo.

Rebeca pudo volver a respirar y agarró con fuerza su cámara mientras miraba las fotos que había tomado como una distracción para desestresar su cuerpo por la nueva información que estaba asimilando. Pasando entre imágenes se detuvo en una de Taro Sexto, la última foto juntos que tenían: él mirando por la ventana del apartamento que compartían y ella reflejada desnuda en un espejo que había en el suelo.  Hizo un zoom en el omoplato derecho de Taro Sexto donde un tatuaje escribía “Somos uno”.

Somos uno -se dijo a sí misma en voz baja, llorando en silencio en el asiento trasero y apretando la cámara con más empeño. Entornó la mirada hacia el río inmóvil de carros y en la tormenta que dificultaba la visión identificó un ave negra, quizás la única que había en el cielo con semejante clima, que levantaba el vuelo con rumbo fijo entre las cortinas blancas de nieve, con sus plumas intactas de hielo.

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