Las moscas no tienen la culpa, señorita Tequila

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En época de invierno los monzones de Indochina dominaban las calles de la ciudad y el viento viajaba frío y seco de un rincón a otro, anunciando los chaparrones rutinarios de noviembre, preludio de las nevadas de diciembre. Algunos bares subterráneos servían como oasis de calor adornados por lámparas de petróleo de otro tiempo que hacían juego con licores fuertes y frutos secos.

Hacia el centro del bar, en una mesa rodeada de sillas desordenadas se congregaban los admiradores de la apodada Sniper Wolf, la mejor tiradora de Indochina y, por extensión, una de las mejores del mundo.

Sentada con los codos clavados en la mesa de madera vieja, con las piernas cruzadas, la tiradora vestía un abrigo rosado claro y largo hasta las rodillas, con un buzo blanco por debajo que sobresalía en las mangas del abrigo. Para el frío tenía una bufanda de lana y bebía Jack Daniels con dos cubos de hielo. Era la mujer más bella de muchos bares a los que asistía pero poco se hablaba de su belleza pues los temas de conversa a su alrededor apuntaban, por lo general, a sus habilidades apuntando.

Aunque una multitud la estaba rodeando, en la mesa de Wolf solo estaba sentada ella. Al otro lado del bar donde nadie, excepto el barman, entornaba la mirada, Taro pedía su segundo Earl Gray y echaba mano a lo que se encontrara en el tazón de madera.

Yo soy el único que toma té -le dijo el barman a Taro vaciando la tetera al frente suyo- y por eso no está en la carta, ni me queda mucho.

Disculpe usted, la intención de Taro no es acabar con su ración -dijo Taro oliendo su taza. La verdad es que a Taro no se le da muy bien el licor, ni siquiera la cerveza.

Tranquilo hombre, que no lo dije por malo -le explicó el barman. Compartir el té es algo natural, ¿no cree usted? Además no es que sea difícil de conseguir y con este frío…pues cae como anillo al dedo.

Un hermano de Taro tiene un dedo del pié en la mano -dijo Taro al tiempo que se echó un sorbo sin quitar la vista de su recipiente y sopló con aliento caliente sobre sus manos tensas de frío.

Otro trago de Jack -interrumpió uno de los admiradores de Sniper Wolf que se acercó a la barra.

¿No es usted de por acá? -preguntó el barman mirando a Taro mientras buscaba la botella.

El hombre que pidió el trago miraba la taza de Earl Gray y luego a Taro que apenas combatía el frío con una camiseta roja, un pantalón café y botas del mismo color.

Para serle honesto, Taro no recuerda muy bien de dónde es. Hay muchas cosas que Taro no puede recordar y su lugar de nacimiento es una de ellas -se sinceró examinando un maní que había sacado del tazón.

El barman terminó de servir el whiskey con dos cubos de hielo pero el sujeto que lo pidió se quedó mirando a Taro.

¿Todo bien? -se entrometió el tipo frente a semejante confesión.

Está bien -respondió el barman como si la pregunta fuera para él.

Taro asintió despacio y volteó la mirada hacia la mesa de Sniper Wolf. El admirador de la tiradora le dio unas palmadas en el hombro y regresó a su silla. Cuando alguien abría la puerta para entrar al bar, la madera chillaba y el ulular del viento silbaba dejando en evidencia de todo los presentes quién entraba y quién salía. Esa noche, la presencia de la tiradora hacía que la puerta se abriera más de lo normal y los percheros para poner la ropa estaban ocupados de abrigos y sombreros.

Siempre que ella viene se llena esto -le dijo el barman preparando un té para su propio gusto. ¿Sabe quién es, no? No tiene mucha pinta de tiradora pero siempre queda de primera en las competiciones mundiales. A mí lo de ser tirador me gusta -continuó- pero es un oficio que tiene sus problemas.

Taro no tiene muy buena memoria y no recuerda a muchas personas -le contestó- pero esa señorita es Tequila Wolf, una de las mejores tiradoras del mundo o eso escuchó Taro en las noticias de esta semana. Su esencia es muy agresiva y siempre parece que va a fallar pero da en el blanco.

El barman prendió la estufa y puso el agua a calentar, agarró una lámpara de petróleo y la acercó a esa parte de la barra donde conversaban. No recordará usted muchas cosas pero de ser tirador sí entiende bien -dijo- Wolf es de las mejores, eso es verdad, pero no se compara con el mejor del mundo -enfatizó su discurso aumentando el fuego dentro de la lámpara de petróleo- con el Tirador de Indochina.

A los extremos, el bar tenía unas dianas ilustradas con animales salvajes que servían como práctica de lanzamiento de dardos. La mayoría estaban desocupadas pero la del lobo y la de la orca tenían varios entusiastas que acompañaban sus tragos probando la puntería en el objetivo plano.

Como si fuera a revelar un secreto, el barman le hizo señas a Taro con el dedo índice y el del medio para que se acercara.

Fue el mismo Tirador de Indochina el que salvó alguna vez a Sniper Wolf de unos tipos que la querían violar -contaba el barman a Taro- y desde eso ella decidió dedicar su vida a ser tiradora. Según escuché, el tipo les dio con una moneda en los dientes y se los tumbó. Con la misma moneda, sepa usted, con la misma moneda le dio a los dos y le tumbó un par de dientes a cada uno.

¿Y con eso los espantó? -preguntó Taro como si el narrador le estuviera contando cómo funcionaba el mundo y él no supiera nada.

Pues hombre, todo el mundo tiene un plan hasta que le parten los dientes con una moneda, ¿no cree usted? -agregó el barman.

Wolf, quien había estado toda la noche con los ojos quietos en una lámpara de petróleo, ignorando los comentarios de su audiencia, se puso de pie y agarró tres dardos que estaban al lado de varios tragos de Jack intactos con fragmentos diminutos de hielo. De golpe, su grupo de admiradores dio un grito de júbilo en unísono porque la tiradora había decidió dar una prueba de sus habilidades. Allí, en ese bar subterráneo, con dardos impregnados de cerveza, maní y orina de aquellos que no se lavaron las manos al salir del baño, la mejor del mundo iba a reafirmar su título como si el lugar estuviese vacío.

¿Es usted tirador o solo sabe del tema? -le preguntó el barman a Taro.

Taro no participa en ninguna competición local, regional o mundial pero sí le gusta tirar cosas y dar en el blanco. A decir verdad, a Taro le gustaría muchísimo ver en acción al Tirador de Indochina y superarlo en un duelo, ver de cerca cuál es su esencia.

El barman sonrió alegre escuchando la ambición de su cliente. ¿Y cuál es la esencia suya? -le preguntó pero el ruido de la multitud expectante de las habilidades de Sniper Wolf no dejó seguir la conversación.

La dama empuñó el brazo como si fuera a dar un golpe y no a lanzar un proyectil y fijó los ojos en todas las dianas del bar. Se quedó inmóvil pero con la mirada merodeando los rincones del lugar soltó de un tiempo los tres dardos con una mano, cuyo recorrido no pudo ser visto y terminaron ensartados en el centro del lobo, la orca y los cuervos, cada diana ubicada en una esquina del bar.

Por un segundo aquellos que disfrutan el silencio pudieron gozar de él acompañado solamente por la flama que calentaba el Earl Gray del barman. Wolf no sudó ni se movió un paso de su punto y el lugar tembló con otro grito más fuerte de los espectadores satisfechos. El barman aplaudió sin gritar.

Pues hombre -dijo el barman alzando la voz para que Taro escuchara en medio del alboroto. Si quiere retar al Tirador de Indochina, debería empezar con ella. Tiene sentido, ¿no cree usted?

Tiene sentido -respondió terminando su taza, mirando en el suelo, al lado suyo, una mosca que perdió sus alas cuando la rozó el dardo de Wolf. ¿También es usted un tirador?

Para nada -expresó el barman sirviéndose su té negro. La verdad es que respeto mucho a quienes lo son pero yo no tengo ninguna habilidad que se le parezca.

Si gusta Taro le podría enseñar -propuso- Solamente tenemos que descubrir cuál es su esencia.

Muchas gracias por su confianza -respondió el hombre dando un sorbo al té- pero la verdad es que yo creo que esencia como tal, no tengo. Con eso se nace desde el principio, ¿no cree usted? Ser tirador es un título muy respetado entre la clase media y más aún ante la clase baja. De cierta forma creo que es como ser pirata. Aunque en esta época no hay piratas, hay tiradores y no es tan diferente. Vea usted que los tiradores son despreciados por las clases nobles cuando no están en función de ello, como si fueran brutos peleando fuera de un coliseo.

Pero los de las clases nobles también pueden ser tiradores -dijo Taro con la vista puesta en la señorita.

Sí hombre -contestó el barman- pero cuando eso pasa es que se hacen famosos. Wolf es una princesa metida en un gallinero como este, que se ensucia las manos lanzando dardos bañados en meado. Por eso el lugar se queda sin sillas para sentarse.

Tequila Wolf los miró a ambos desde el centro del bar, con un par de ojos trastornados por apnea en el sueño, y se acercó a ellos para sentarse en la barra al lado de Taro, poniendo su vaso vacío junto a la tetera.

¿Algún problema? -preguntó Wolf, con la voz grave que nada se acomodaba a su cara de princesa, mientras le mostraba un cigarro al barman.

Ninguno -respondió el barman mirando a Taro.

Sniper Wolf aumentó la llama de la lámpara de petróleo, girando una tuerca oxidada, hasta que una cola de fuego se asomó por encima del recipiente de vidrio y prendió su pitillo. La multitud se dispersó por el resto del bar, armando nuevos grupos de conversación sobre los mejores tiradores del mundo.

Taro se terminó la taza de té y se agachó para recoger con la yema de los dedos a la mosca que había sido mutilada de sus alas por el proyectil de Wolf y la puso en el recipiente vacío donde había bebido su segunda taza.

Taro quisiera comprar esta taza -le dijo al barman. Aunque Taro no entiende mucho de la vida, sabe que una mosca sin alas no tiene futuro en este lugar y por eso se la quiere llevar con él.

Está bien, supongo -dijo el barman rascándose la cabeza. Aunque nunca he vendido ninguna taza entonces no sé cuánto vale. Por ser la primera, quédese usted con ella y dele una buena vida a esa mosca. Si la vuelve a traer, yo lo invito a todas las tazas que quiera.

Es usted muy amable pero la verdad es que a Taro más de dos tazas de Earl Gray no le van bien y le despiertan los nervios -le contestó.

Con los codos clavados sobre la barra, Tequila Wolf agarró una bocanada de humo y la soltó con la boca mirando la mosca en la taza y luego a Taro. El hombre levantó la mirada del insecto y sonrió hacia la tiradora.

Señorita Wolf -dijo manoseando un maní con ambas manos- Taro es un admirador de sus habilidades y su esencia agresiva es muy rara en la mano de un tirador.

¿Mi esencia? -preguntó Wolf sin mirar. Nunca había escuchado nada de ninguna esencia en los tiradores. Tampoco había visto a nadie recoger una mosca para llevársela de paseo.

Taro asintió rápidamente mientras ignoraba cómo la atención de todo el bar se condensaba en ese extremo de la barra por ese hombre que le había sacado un par de palabras a la tiradora.

A decir verdad las moscas no son las favoritas de Taro, pero nunca mataría una y creo que dejarla aquí a su suerte, sería como dejarla morir -dijo Taro.

Las moscas se mueren todos los días -contestó Wolf dejando salir otro bloque de humo que le cayó directamente a Taro en los ojos. Y esa que usted lleva ahí también se va a morir.

El barman puso otro trago de Jack sobre la barra y sacó un puñado de frutos secos del tazón para zampárselos sin mirar, interesado en la charla de los dos tiradores.

Llévese la taza señor Taro -interrumpió. Me gustaría mucho volverlo a tener por aquí para compartir el té. Si me pregunta por qué pues no sabría responderle, pero yo creo que usted podría darle una buena competencia al Tirador de Indochina. Cuando logre ganarle, aquí lo espero para celebrar. Si no le gana, pues hombre, no va a dejar de salir el sol, pero no desista sin intentarlo primero.

Taro le agradece la confianza -dijo mirando el reloj de madera que ya bordeaba la medianoche- Mañana es el funeral de mi hermano sexto y creo que lo mejor es que Taro se vaya.

Wolf arrugó la expresión por la mención del Tirador de Indochina en la charla pero interesada ante la ambición de Taro se dejó llevar por la curiosidad.

¿Ganarle al Tirador de Indochina? -preguntó perturbada- ese objetivo no se cumple de boca y palabra. El Tirador de Indochina le puede matar esa mosca suya con un maní.

¿Moscas con maní? -se asombró. Taro no sabía que el Tirador de Indochina tiraba a matar creaturas.

Es una suposición -aclaró Wolf bajando la voz y apagando el cigarro en la barra- porque si él se lo propone seguro lo logra.

Wolf metió la mano al tazón de madera para sacar un maní y buscó moscas en una mesa donde alguien había regado un cóctel dulce. Con el dedo del medio y el pulgar apresó la nuéz y fijó la vista en uno de los insectos. Nuevamente el bar descansó en un silencio temporal pero absoluto. Absoluto para todos menos para la tiradora que estaba impaciente por el aleteo de la mosca que tenía como objetivo.

Señorita Wolf -interrumpió Taro metiendo también la mano al tazón- todos aquí, incluyendo a Taro saben que usted tiene la capacidad de darle a esa mosca con el maní. Sin embargo, si usted logra darle pues las setas van a seguir creciendo en el bosque -el barman sonrió- pero la mosca que nada tiene que ver, va a dejar este mundo sin una razón de peso.

Tequila carraspeó y con la esencia agresiva que distinguía su técnica disparó el maní con un papirotazo como si fuera una bala.

Sin pararse de su lugar, Taro agarró otro maní, le dio dos golpes suaves contra la barra y lo lanzó en dirección a la misma mosca, impactando el maní de Wolf y cambiando su rumbo, dejando a la mosca intacta y ajena a las turbulencias revoltosas de su destino.

El silencio del bar se prolongó y nadie estalló en gritos como la última vez. Sniper Wolf trató de disimular un corrientazo que le pellizcaba cada músculo por ver esa técnica, esa esencia como él le decía, con la capacidad de destrozar un maní en cuatro partes usando otro maní. Esa misma potencia para partir cinco dientes con una moneda de baja denominación. A aquel desconocido que no aguantaba más de dos Earl Gray, Wolf lo había visto antes.

El barman soltó una carcajada tratando de iniciar un aplauso que no aumentó en popularidad pero que sostuvo firme para sí mismo. Taro no sonreía ni cambiaba mucho su expresión con su fugaz victoria.

Taro debe irse -insistió el tirador poniéndose de pie y agarrando su taza con el insecto adentro- porque tiene que llegar al funeral de su hermano sexto y eso es algo tan importante como la vida de una mosca.

Wolf le agarró el brazo con fuerza. Sus lágrimas se hicieron evidentes mientras apretaba los dientes con la vista en el suelo. Taro la miraba sin sentimiento alguno.

Las moscas no tienen la culpa,  señorita Tequila -dijo mirando a los ojos a Wolf.

Ella lo soltó y de su bolsillo sacó un pañuelo rojo para entregárselo a Taro, quien puso el recipiente con la mosca en una silla y recibió el pañuelo con las dos manos. Luego se lo amarró en el bícep derecho como si fuera algo habitual en su rutina y recogió su sombrero café y el poncho rojo que había dejado en el perchero de la entrada.

Nunca se me ocurrió buscarlo debajo de la tierra -dijo Wolf con la voz quebrada, tragando saliva, relajando los dientes.

Taro escuchaba pero no interrumpía el paso y abrió la puerta de madera que chilló estridente en el lugar mudo y subió las escaleras que daban a la calle, como recién parido de la tierra. Cuando entró estaba lloviendo y ahora unos copos de nieve danzaban desde el cielo hasta el pavimento.

Las moscas no tienen la culpa de nada -gritó Wolf que salió después que él con dos dardos en la mano. Taro se volteó y levantó el sombrero para ver a la mujer encandilada de ira, derritiendo la nieve que tocaba su piel.

Las moscas no -repitió apretando los dardos entre los dedos. Dos moscas no podrían intentar violarme, Tirador -dijo Wolf resoplando.

Taro no sabe de lo que usted está hablando, señorita Wolf. Seguro usted me está confundiendo. Pero no se preocupe. Taro confunde mucho a las personas -dijo con tranquilidad.

Encima del tirador, una lámpara le daba luz directa y ocultaba su rostro por la sombra que reflejaba el ala del sombrero. De la puerta del bar comenzó a salir la gente que ignoraba la noche nevosa para no perderse el desenlace entre los dos tiradores expertos.

¿A qué está jugando? -dijo Wolf sin parpadear- En todas partes he buscado al famoso Tirador de Indochina, del que nada se sabe. He ojeado cada maldito perchero buscando ese poncho rojo y un sombrero.

Nadie en la multitud pudo ver el dardo que Wolf lanzó a los ojos de Taro y que él atrapó con los dedos, sosteniéndolo como un habano apagado, examinando manchas de sangre seca en la punta.

Está usted yendo en serio -dijo Taro detallando el dardo. Si Taro le ha hecho algún daño irreparable no tiene remordimiento en entregar su vida para enmendarlo.  Pero le aseguro que está confundida porque yo a usted no la había visto antes.

Esa noche usted me convirtió en su hazaña -dijo Wolf quebrando la voz por segunda vez- me convirtió en su hazaña. Como usted tenía sombrero, no pude grabarme su rostro…pero el de ellos dos sí. ¿Va a negar que usted les enseñó a ser tiradores? Ellos no lo negaron.

La calma antes de la tormenta de nieve destacaba las palabras de Tequila que llegaban claras a los oídos de la multitud inmóvil. Los perros en los callejones buscaban refugio dentro de las cajas al lado de los basureros mientras que una alfombra de nieve se desplegaba por las calles de Indochina.

El barman fue el último en salir del bar y se acomodó en primera fila con la mosca en la taza que Taro había olvidado en su asiento.

En efecto tiene usted muy mala memoria, señor Taro -dijo el barman haciendo evidente la mosca en su mano.

Taro se levantó el sombrero de la vista y sus ojos recibieron el brillo de la lámpara que hizo evidente su expresión apacible. Tequila lanzó otro dardo y Taro lo esquivó con un movimiento de cabeza rápido y sin brusquedad.

Para serle sincero señorita Wolf, Taro no entiende muy bien a lo que usted se refiere. Esta noche Taro no le puede dar su vida porque mañana es el funeral de su hermano sexto y preferiría no faltar -contestó palpando las gotas de lluvia que quedaban en su sombrero y sacudiéndose la nieve del hombro.

Entonces mañana van a celebrar dos funerales -dijo Tequila con voz firme, sacando de su bolsillo un dardo que goteaba un líquido morado.

Un aullido seco penetró entre los vientos de Indochina y otros perros respondieron en coro, mirando al firmamento oscuro y llorando a la noche fría que visitaba cada invierno. Algunos bares cerraron y otros se quedaron hasta el amanecer. Encima de una banca de madera, había un cuervo que se sacudía la cabeza mientras seguía con un par de ojos negros, como un pozo sin fondo, el caminar lento de Taro.

Hoy Taro le robó al dios de la muerte -dijo el Tirador de Indochina dejando un rastro de sangre en la nieve, tambaleándose pero sin cortar el paso, perdido en un cruce de cuatro caminos con una mosca agonizante de frío en el abrigo, buscando en un mapa el cementerio Capa Capa.

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