En pie de foto nos convertimos

Imagen meticulosamente elegida para representar el texto a continuación.

Las letras solas tienen poder. Las imágenes solas tienen poder. Juntarlas es complicado. Una imagen nunca podrá describir el bosque de Murakami y un texto no será digno de igualar La Noche Estrellada de Van Gogh.

Cada vez que termino un texto sigue la tortuosa tarea de buscar una imagen que lo acompañe. El proceso es más limitante que satisfactorio y no es para menos ¿Cómo una imagen que se creó hace tiempo para fines diferentes al mío va a hacer justicia a la naturaleza de mi historia? No debería y no lo hace y lo ideal sería crear mis propias imágenes para que reflejen -entonces- lo que acompaña mejor aquello que estoy contando.

Cuando escribimos tenemos la posibilidad de ser creadores y transformadores de la realidad. A nuestra disposición hay un caldero vacío para echarle enanos, dragones, políticos, nerds, vírgenes, dinero o lo que más le de sabor a nuestra historia. Pueden resultar metáforas espantosas como la que acabo de hacer del sancocho con ingredientes de un cuento o se puede ir más allá y decir que estas palabras las estoy escribiendo desde la parte de atrás de un camión, a oscuras, con la aplicación de WordPress de mi celular porque voy camino a una casa abandonada a explotar encendedores contra la pared.

Pero, ¿cómo puedo encontrar una imagen en el interior de un camión que refleje la humedad que siento, los chillidos metálicos de la suspensión contra los baches del suelo, el aire frío que me entumece los dedos? Si deseo ilustrar un océano de fantasía puedo encontrar aguas verdes con tonos irreales porque en Google todo se puede pero siempre estaré robando un poco a la imaginación de quien lo lee y no lo quiere ver ilustrado sino recrear ese océano en su cabeza.

El objetivo de esta palabrería errante es que si alguna vez leen un texto de mi autoría (además de este) con una imagen apuñalando la luz natural del cuento, sepan que la busqué atisbando en mares de páginas para alinear la imagen con las letras y, pues, al final no pesqué lo que buscaba sino otra metáfora mala como la que se acaba de construir. Puede suceder que a veces sí se articulen las piezas y se tomen de la mano y brillen como una sola y se consuman juntas en la explosión de un encendedor contra un muro que se expande y hace ruido y desaparece al corto tiempo como si hubiésemos pedido un deseo.

Aquella iluminación se vuelve la firma que selló el contrato y la mancha negra en la pared queda de factura y frotamos las manos húmedas de butano como garantía de que podemos crear cosas reales, para bien, para mal, para nadie y para nosotros.

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