Cuatro cuentos cortos de innovación social

Aunque soy periodista de profesión, nunca combino mi trabajo de escribir ‘verdades’ con los cuentos que escribo por pasión. Sin embargo, de cuando en vez, mezclo un poco las aguas y bueno, hago las dos cosas en una sola.

Como periodista, mi trabajo es contar las cosas buenas que pasan en Medellín (Colombia) en temas de innovación, ciencia y tecnología y en mi último artículo escribí sobre cuatro cuentos cortos de innovación social contados como fantasía.

La innovación social es cuando una persona o un grupo de personas (empresa, organización, institución) inventan o reinventan un sistema disruptivo para mejorar la vida en comunidad. Por ejemplo, puntos de carga con energía solar en las calles o ecohuertas que se sostengan de forma 100% natural (sin químicos) a disposición de la comunidad.

PCU vs Iron Man

El sol otorgaba las últimas horas de luz. Los ancianos iban en la cuarta ronda de dominó y se divisaba un ganador contundente. Un niño estaba acostado en la grama con su madre y su perro se le tiraba encima para restregarle el hocico en la cara. Desde las nubes, un pie de acero impactó el suelo con una potencia estridente en el medio de la multitud. Una ficha de dominó sonó contra una mesa de madera un segundo después.

Sin prestar mucha atención al asombro del público, Iron Man desconectó el celular de una niña que estaba cargando y se ‘enchufó’ a la torre de carga solar en el barrio Guayabal. Absorbió la energía almacenada y despegó como un cohete.

“Falta una ficha” -exclamó uno de los adultos señalando a otro. Puntos de carga con energía solar en Guayabal.  

Un litro de luz

¿A qué hora termina la tarde y comienza la noche? Matilda siempre se lo había preguntado. En sus escasos dos lustros de vida ya contaba varias tardes mirando el firmamento en el piso de tierra al lado de la puerta de su casa. Fijada allí esperaba esa transición que para los relojes es indiferente y para el ojo humano casi imperceptible. Con la mirada, intentaba conectar la luna que ya se asomaba y el poste de luz al otro lado de la calle, como si fueran uno solo.

En un jirón entre las nubes, Matilda se descuidó con dos perros jugando y cuando volvió a su misión, el poste estaba parpadeando en la punta. Se había perdido el primer destello de la noche y la despedida del sol. Del poste estaba conectado un litro de plástico y del litro se desplegaba un haz de luz en toda la cuadra, que anunciaba su inicio de turno, relevando al sol de su labor. Un litro de luz como alternativa de iluminación. 

El sabor de una ecohuerta

Ya se había tomado dos botellas y media de agua y un cartón de jugo de mora pero el ardor no cedía en su lengua. Mientras se abanicaba la boca con la mano, tres niñas se reían coquetamente al otro lado de la huerta.

-¿Qué le pasó en la lengua? -le preguntó Aracelly hablando rápido

Juan pensó en dos respuestas mientras miraba a la señora. Una era que las niñas lo habían retado a morder un ají y eso de declinar desafíos pues lo hubiese hecho quedar mal, nada propio de un macho alfa. La otra era que las abejas que trabajaban en el jardín lo habían picado de pura casualidad.

Evitó hablar para empeorar el calor en su lengua y se llevó una hoja de yerbabuena a la boca. Terminó el desafío masticando la planta y frunciendo el ceño.  Ecohuertas como fuente autosostenible de alimento para la comunidad. 

Café milenario

El último soplo de vida del planeta Tierra no fue un espectáculo diferente al de la extinción de Saturno hace 40 años. Algunos ancianos sollozaban con el hecho pero la tierra que ellos conocieron no fue la misma para las generaciones de antaño y menos para la nuestra. El tercer planeta ya no formaría parte de los primeros ocho y con su desaparición, también murió la palabra terrícola.

¿Qué tenía de bueno ese planeta, abuelo? -preguntó un infante con nombre de electrodoméstico noruego. El abuelo vació lo que quedaba de la taza de café con un sorbo y le apretó el hombro al niño. Un café que se había mantenido de generación en generación sin cambiar su sabor. Una creación de laboratorio que emulaba los granos de una planta que se extinguió hace siglos. Una bebida sin semilla que se convirtió en el alimento del futuro, no por su transformación sino por aquellos soñadores que la preservaron para sobrevivir.#Mujeresinnovadoras – Lucía Atehortúa. 

Artículo original

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