Hotel Colombia

El olor a mierda de caballo me recordaba mis días trabajando en Hotel Colombia. Nunca me gustó el nombre pero a decir verdad creo que le quedaba bien. En la Cámara de Comercio, aquel edificio abandonado por Dios figuraba como “Hotel Pirita” y lo fue hasta 2014, cuando la Selección Colombia alcanzó los cuartos de final de la Copa del Mundo y un trío de niñatos vandalizaron el cartel con un letrero que decía “Colombia”. Así se quedó.

Creo que se inauguró en los 50’s , cuando los atardeceres eran más largos y en las ciudades había un lugar para cada cosa. Hotel Pirita era el lugar donde se quedaban los escritores de sombrero y la gente a la que se le estaba acabando el dinero.

A mí me tocó la época en la que había mierda de caballo en la entrada porque el huésped de la 301 amarraba su caballo al pié del pórtico. La bestia, indiferente de quien pasara por allí, transmitía en vivo y en directo dos kilos y medio de popó al día  (tres los domingos que la gente le daba comida).

No estamos hablando de antaño donde los atardeceres eran más largos y las pastelerías eran reinas del pueblo sino del año 2015. Obama era presidente, Los Simpsons estrenaban su vigesimoséptima temporada, había 719 pokemons, el Papa era argentino y había un tipo en el hotel donde yo trabajaba que viajaba en caballo.

Aquello tenía sus ventajas. Los carros con placas terminadas en 0 y 1 no podían circular los lunes por la medida de pico y placa pero esa ley no afectaba a los caballos. El galón de gasolina corriente rodeaba los 8 mil pesos (tres dólares) mientras que un caballo se llenaba con tres kilos de hierba al día. Con toda la protesta para dar un espacio a las bicicletas en la vía, el tipo del caballo aprovechaba esos carriles y se paraba al lado de los ciclistas en los semáforos.

El equino era de piel negra con el cabello dorado oscuro, un ejemplar que no había visto nunca. Su dueño olía a mierda pero siempre estaba bien vestido. Tenía una melena dorada igual que el animal y cargaba unos 60 años. Usaba el mismo sombrero ocre todos los días.

¿Alguien se metió al cuarto? -me preguntaba arrugando las cejas.

“Pues no” -le decía yo. Un día, por tanta preguntadera, entré a ver lo que el tipo no quería que descubrieran. Todo el lugar olía a camisas viejas, como si estuvieran empolvadas pero húmedas a la vez y los olores se revolvían. En las paredes colgaban retazos de periódico. Apilados en el closet habían bolsos de mujer en todos los colores. Unos estaban abiertos y abundaban billetes de distintas denominaciones.

“Este man lo que es es un ladrón” -dijo en pánico moderado la señora del aseo que me acompañó a irrumpir en la habitación. Lo comentamos con el gerente y llamamos a la Policía.

Cuando la Policía llegó, el ladrón todavía estaba por fuera.

Yo salí del hotel y lo vi en la esquina. Ahí estaba el vaquero. Se percató de la patrulla, frenó el caballo y miró fijamente a uno de los agentes que estaba parado afuera. El jinete entendió que lo habían pillado.

Las miradas entre las dos partes se cruzaron y el oficial se llevó una mano a la funda de cuero de su pistola. Con el sonido de un relincho la bestia inició un placaje en dirección hacia el oficial, quien sacando su arma apuntó en dirección recta. Mientras el caballo aceleraba el paso, las pisadas combinadas con el pito de los carros orquestaban la melodía del duelo.

A pocos metros de distancia, dos disparos distorsionaron la bulla y ralentizaron el tiempo. Otro día en este hotel de mierda de caballo estaba llegando a su fin.

Tres esquinas más adelante, el jinete raptó el bolso de una anciana sin parar la marcha y giró en la siguiente cuadra con el semáforo en rojo. La señora gritó y perdió el equilibrio cayendo lentamente de lado. Lo perdí de vista pero me lo encontraría en las noticias dos semanas después, suelto y sin ley.

Aquél día, el atardecer duró más de lo normal y a la mañana siguiente escribirían un artículo en el periódico con fotos del firmamento destacando los colores del cielo.

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3 respuestas a “Hotel Colombia

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