Juego de simios

Creepy Stairs by Brian Hill Photography.

El sótano

Los sótanos, ilustrados como cuartos lúgubres en imaginarios mentales de la ficción, no representaban el de mi abuelo. Éste tenía buena iluminación y en cada rincón estaba provisto de objetos para detallar. La serenidad del lugar invitaba a tomarse el tiempo para examinar caja por caja e ignorar el polvo en ellas, con la posibilidad de descubrir tesoros de otra época.

Antaño, nada me gustaba más que jugar con las canicas de mi abuelo. Las encontré en un barril, que olía a cartón mojado, el día que bajé a buscar mi hamster desaparecido. Todas tenían la misma proporción y tamaño pero eran únicas a la vista. Cada una tenía una imagen diferente incrustada en el centro y representaba un elemento real o intangible. Por ejemplo, una de las esferas tenía el símbolo de un rayo y otra dibujaba varios puños levantados en forma de protesta.

No entendía la denominación de algunas, entonces les asignaba cualquier significado que me llegara a la mente. A las manos levantadas, por ejemplo, las llamé el poder del pueblo. Guardadas en el barril, las bolas parecían interminables. Siempre sacaba alguna que nunca había visto. Me divertía observarlas y llevaba varias conmigo. Jugaba a que me daban poderes y las arrojaba como si fueran despojos de energía en un programa de animación japonesa.

Los simios

Fue el primer día de vacaciones. Encontré, en aquel sótano de mi abuelo, una pecera seca ambientada como una aldea. El recipiente contaba con espacio para varias chozas y una torre de agua. Las calles eran de tierra pero estaban bien definidas. Desde arriba, se divisaba una planeación en la construcción del caserío.

La aldea estaba habitada por unos inquilinos de especie desconocida, que parecían simios de tamaño diminuto. ¿Qué clase de animales eran estos? Eso yo no lo sabía, pero tampoco me escandalizaba con su rareza. De niño, no tenía mucho contacto con el mundo exterior, entonces no estaba cerrado a las maravillas que podía encontrar fuera de mi hogar.

Con frecuencia, pasaba horas frente al canal de los animales y un día vi un reportaje sobre los monos de agua. Éstos que tenía al frente no eran en absoluto como ellos, pero la existencia de ambos me parecía tan posible que no podía creer en unos y en otros no.

Los ocupantes de la pecera no usaban ropa y había pocos rasgos para diferenciar su género. El único método para distinguir entre macho y hembra era el aguijón gris en la cabeza que, a mi consideración, era de los varones. Además de esto, tenían la fisiología de un chimpancé y el tamaño de un M&M.

Yo los observaba todo el tiempo pero ellos no parecían tener interés en mí. Esto me incomodaba un poco, aunque no entendía muy bien por qué.

Las canicas

Otra tarde de vacaciones, cuando ojeaba los diminutos simios de la pecera, una hembra se desplomó en mitad de la calle. Al acercar la vista para entender el hecho, dos de las canicas de mi abuelo se deslizaron del bolsillo de mi camiseta y abatieron la tierra de los primates. Deslumbrados, voltearon la cabeza hacia el epicentro de aquella fuerza telúrica que irrumpió en su aldea.

La intervención no causó daños ni dejó heridos. Una de las esferas caídas llevaba la figura del agua, dibujada como una gota en el centro del cristal y la otra poseía un rayo.

Dentro de la pecera, las canicas brillaron y los símbolos en ellas resplandecieron como estrellas reflejadas en un lente. Ambas bolas empezaron a temblar. Para asombro de los diminutos -y mío- las canicas se fusionaron de golpe y desaparecieron.

Sin dar tregua al asombro, sobre las viviendas artesanales de los habitantes de ese pequeño mundo se posaron nubes negras que intercambiaban rayos silenciosos. Los monos salieron de sus casas para detallar el firmamento gris que derramó la primera gota de lluvia, seguida de un chaparrón y posteriormente de una tormenta eléctrica.

Al ver el fenómeno entendí que yo había sido su creador. Se oxigenó mi respiración y el pecho se me puso tenso. Metí la mano al bolsillo y saqué cinco bolas más. Una tenía un copo de nieve, otra una tuerca, la tercera dibujaba una calavera, la cuarta un ser humano y la quinta era un champiñón.

Mientras los rayos asustaban y asombraban -por igual- a los diminutos en la pecera, yo sostenía las canicas y pensaba en las posibilidades de este nuevo poder. Crecían los charcos en las calles de la aldea a la par de las ideas de un niñato con deseos, quizás nocivos para la tranquilidad de sus similares más pequeños. Pensaba en las vacaciones y en qué se formaría entre una tuerca y un ser humano o una calavera con un champiñón.

El juego

A todo el que haya leído esta historia me gustaría hacerle una petición: Una canica para lanzar en la pecera y construir una historia con ella(s). Las canicas pueden ser elementos como aire o fuego pero también podrían ser más elaboradas, como acero o sangre. De ir más allá, pueden existir canicas intangibles como ‘rabia’ o el poder del pueblo, como vida o muerte o champiñones o cualquier cosa que hayamos visto en el mundo y se pueda representar de alguna manera. De querer jugar, les doy las gracias por unirse.

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4 respuestas a “Juego de simios

  1. Ok, te dejaré algunas canicas para ver qué haces con ellas.
    – Duplicación/clonación
    – Cambio de sexo
    – Hemorragia
    – Helados tamaño humano
    – Miniaturización
    – Peste
    – Fealdad
    – Voz sexy
    – Autos deportivos
    – Agigantador
    – Internet
    – Cámaras
    – Paranoia
    😀

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