Comuna 101

Hace unos días hice un experimento de improvisación con mis amigos de Facebook. El objetivo era que me escribieran palabras aleatorias para yo hacer un cuento.

¡Percanta! -gritó la rubia que se contoneaba en el asfalto mojado antes de estrellar su cara contra un charco. De busto rimbombante, terminó con el cuerpo recostado ligeramente hacia un lado y los ojos a medio abrir por el agua sucia que le nubló la vista.

Yo estaba al otro lado de la calle, con la cabeza inclinada hacia la derecha y el pico cerrado.

Varias horas antes, en un punto diferente de la ciudad, un grupo de niños estaba molestando a otro en la escuela mientras le gritaban que su hermana era una puta. Cuando estoy en las nubes, me da por pensar que en este planeta, el llanto de los condenados es tan silencioso que un niño humano, encerrado en lágrimas dentro del baño de su colegio, no tiene de otra que tragarse la esperanza y hundirse en la ignominia que le fue impuesta por azar.

Yo estaba en el segundo piso y él me miraba desde una grieta del baño.

Seis semanas antes, en un sendero de esos que dibujan en cuadros rurales y postales del campo, los dos hermanos bregaban arrancar las frutas de un palo de mandarinas. La hermana mayor estaba en la punta mientras el menor vigilaba para no ser atrapados. A mí no me apetecía comer frutas, así que me fui de ahí. El niño me vio y con el alboroto hizo caer a su hermana, que, ante la dicotomía entre agarrar una fruta o una rama sólida, se decidió por la primera.

-“Creo que me partí el esternocleidomastoideo” -bromeó la rubia.

-“¿Eso qué es?” -dijo el menor preocupado.

Ella estiró la mano desde el piso y sin quitarse las ramas de la cara le ofreció la mandarina, como si hubiese encontrado una aguja en un crespero de paja. El niño la recibió, perplejo, por la forma en que el tiempo se dobla cuando vemos un accidente o estamos soñando.

Cuando él volteó, yo ya estaba muy lejos.

Dos meses antes del incidente de la mandarina, la rubia estaba en una tienda de su barrio tomando cerveza. Sentada en una silla de pasta y con los pies apoyados en otra silla, arrancaba el papel de la botella para hacer bolitas con el dedo pulgar y meñique y lo lanzaba al aire, para intentar atraparlo con las manos.

Al otro lado de la calle, el gaznápiro de su exnovio, junto a un par de malosos, le daban un aspecto macabro a la cuadra. Con unas gorras que les cubrían toda la frente y el humo de marihuana que se metía en las ventanas de los demás, ellos transmitían miedo. Yo pasé por allí y me lanzaron una piedra, pero la esquivé y me les pude escapar.

El arquetipo de malandro, con quien solía salir la rubia, cruzó la calle deprisa y le quitó la diadema de conejitos que le sostenía el peinado.

-”Devolvémela Tero” -dijo la Rubia impaciente.

Su exnovio se había ganado el apodo de Pterodáctilo en la cuadra pero para acortar le decían Tero, sin la ‘p’. Tero sonreía mascando un chicle y pronunciando líneas de cortejo cliché, común en el vocabulario de un criminal de barrio mientras hacía girar la diadema, moviendo en círculos su dedo índice.

Por estos días estaba navegando el rumor de que la rubia era una puta y, en ese barrio, a las putas nadie las quería para vivir. A mí me constaba que no lo era y nunca supe por qué, ni cómo, inició el rumor.

Tres meses, dos semanas y un día después, dentro del alma de la rubia, el tiempo se estaba doblando una vez más. No era un sueño, ni un accidente. Todo eso ya no importaba. Ahora ella estaba en el piso con la cara sucia y llorando sin hacer ruido. En sus ojos que me miraban identifiqué dolor e iluminación. Creo que cuando morimos, una analecta de nuestra vida en la tierra pasa en fragmentos que la mente vuelve infinitos, pero eso yo no lo sé.

La rubia era una de las mujeres más lindas que había visto jamás. Ojos amarillos y cuerpo menudo. Su cara parecía una sinfonía que extendía su melodía como los vientos de Neptuno tocando aleatoriamente oídos cualquiera en el universo. En algún punto creo que me interesé mucho por ella y su vida. No aguanté y me acerqué a su rostro.

Tuve ganas de decirle ‘yo voy a cuidar a tu hermano’ o ‘no mereces tal defección de este mundo’ o, tal vez, ‘no sé si esto suene raro, pero creo que me gustas’.

Pero no pude hacerlo.

Ella murió con los ojos abiertos, una prescripción de Fenoximetilpenicilina para el sífilis que le pegó Tero y una diadema de conejitos en el bolso.

Pensé en lo curioso de guardar cosas que nos recuerdan la muerte como objetos que significan el final de un viaje, cartas de relaciones pasadas o una diadema que regala un padre fallecido. Me acerqué más a su cara estática y le toqué la nariz con mi nariz. Me gustaría verla en otra vida donde el eclecticismo que este cuento nos impuso no nos separe.

El final llegó en otra noche de luna llena, como cuando vio morir a su padre -buen tipo- mientras la efeméride de esta tragedia la documenté con el único ojo que tengo. La oscuridad se confunde con mis alas negras mientras que yo me dirijo a la casa del hermano menor en esta noche oscura de nubes blancas y calles rojas, para verlo soñar con otras familias.

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