Papeles en la arena (Final)

 

Este texto no es mío. Es una historia de una persona que no tiene blog entonces quise compartirlo por aquí. Es la segunda parte de Papeles en la arena, sobre el efecto de una sustancia con nombre de televisor o viceversa.

Un nativo. El hombre moreno, de estatura mediana y con sus 32 dientes bien pegados de las encías, ofrecía paquetes de turismo. En la tarde de ese mismo día, el sujeto en mención nos llevó al acuario y a Playa Blanca. Lo conocimos mientras caminábamos hacia la playa del Rodadero.

La llamada era sencilla: debíamos separar dos cupos para ir a Bahía Concha, una de las playas del Tayrona. El plazo para confirmar era hasta las 7:00 a.m. del día siguiente, es decir, dos horas antes de que nos recogiera la “chiva rumbera”. Por una rara obsesión, creímos que ‘la vuelta’ no podía esperar y optamos por concretar el negocio ahí, en ese estado. Sabíamos que a pesar de haber superado la etapa de confusión, hablar elocuentemente con Zorro sería una tarea difícil.

Se nos ocurrió una salida para esa situación. Era una idea brillante en esas condiciones, pero estúpida en la lucidez: por Whatsapp, le pedimos el favor a un amigo que llamara a Zorro para confirmar nuestra asistencia. No sirvió de nada, porque el muy hijo de puta se rehusó a hacerlo. Ante su negativa, sugerí que le hiciéramos la misma solicitud a mi mejor amiga. Estaba segura de que ella nos ayudaría. Esto último no fue necesario. Al día siguiente, en sano juicio, me preguntaba por qué pensamos que debíamos involucrar a nuestros mejores amigos con Zorro.

Tomando el control de la situación, él llamó a Zorro y arregló todo para que al día siguiente nos recogieran al frente de la estación de bomberos de Santa Marta.

Mientras iba disminuyendo el impacto del LSD, le dimos varias vueltas al tema, nos preguntamos por la doble vida de Zorro, quien se hacía llamar así para guardar su identidad, y nos reímos a carcajadas. Muchas veces lo había visto reírse de esa manera, pero nunca había percibido una de sus facciones más lindas: los huequitos que se le forman en las mejillas, a la altura de la boca, cuando sonríe. No podía sentirme más enamorada. Esa sonrisa me tenía cautivada. Solo quería besarlo, y nada me detenía. Lo hice varias veces. Era la primera vez que besábamos a alguien en ese estado.

Seguros de que no era producto de los papeles, durante ese tiempo vimos a las cuatro personas más extrañas del universo. El primero era el hombre del fuego, quien hacía maniobras con objetos en llamas y decidió tirarse al agua, literalmente, después de ver que sus esfuerzos no sorprendían a los visitantes. El segundo era un indígena de pelo muy largo, con la cara muy satánica y una conexión sobrenatural con la naturaleza. El tercero era un hermafrodita, con barba y cuerpo curvilíneo. Estos tres personajes estuvieron sumergidos en el mar hasta altas horas de la noche, pero cada uno por separado.

El cuarto individuo aparentaba ser de otra época, no sólo por su edad sino por la vestimenta. Usaba traje y unos zapatos nada apropiados para el lugar, elegantes pero deteriorados, y parecía estar recolectando objetos perdidos.

Se nos acabaron los cigarrillos, así que tuvimos que volver a la licorera. Ya me podía levantar con facilidad y la mejora en nuestra manera de desenvolvernos era notoria.

Al volver, él me pidió que lo esperara pues iba a ir al baño de Casita. Me quedé sentada, complacida con la sensación de la arena entre mis dedos. A los pocos minutos regresó y se acostó. Me contó que fue abordado por dos argentinas quienes le preguntaron si estaba acompañado, a lo que respondió afirmativamente, refiriéndose a mí como su novia, y eso fue lo que desató la pregunta que me hizo al final de la velada.

Ahora, nuestros pensamientos comenzaban a ser más estables.

Etapa 3: Los momentos perfectos

Disfrutábamos de la perfección del momento, que no tenía punto de referencia. Tanto el clima como el paisaje eran inmejorables: Mientras éramos tocados por la brisa, contemplábamos la luna que acariciaba la punta más alta de uno de los barcos que reposaba en el agua. Solo estábamos él y yo, extasiados. Nunca en mi vida había sentido tanta paz ni estado tan feliz de tener a alguien a mi lado. Entonces percibí que habíamos entrado en la tercera etapa, la de los momentos perfectos.

Sólo por experimentar el delirio, bienestar y felicidad de las dos últimas etapas volvería a soportar la incomodidad de la primera.

La tranquilidad era absoluta.

-¿Tú te sientes como mi novia? -me preguntó.

El desinhibidor que habíamos ingerido me obligaría a decir la verdad. Él me lo había advertido. Lo miraba, fascinada, sabiendo que yo produciría esa sonrisa que formaría los huequitos en sus mejillas. Le respondí afirmativamente con esa dosis adicional de sinceridad que proporcionaba la sustancia.

 

 

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2 respuestas a “Papeles en la arena (Final)

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