Papeles en la arena

Casitadelmal

Este texto no es mío. Es de una persona que no tiene un blog entonces quise compartirlo por aquí porque me gustó la combinación y el orden de las palabras que se usaron. Como una buena canción, este texto se puede leer en voz alta y suena bien.  

Después de comernos una pizza y de tomar dos mojitos bastante alicorados en un hostal y restaurante atendido por argentinos, donde aseguraban preparar recetas italianas, introdujimos en nuestras bocas unos pequeños y amargos pedazos de papel. Salimos del lugar y nos sentamos en la arena a conversar y contemplar el mar mientras el líquido adherido a la lámina hacía su efecto. Masticábamos chicle de menta para pasar esa molesta deglución que parecía entumecer nuestras lenguas.

Etapa 1: Confusión

No soportaba el sabor, ni la sensación. Quería hablar lo menos posible y quedarme quieta para que se me pasara el malestar interminable. Estaba mareada, todo a mi alrededor era inestable. Mi mundo daba vueltas, era peor que una borrachera. El desespero era tal que quería encontrar un remedio para revertir el proceso. Me arrepentía de haberlo inducido. Solo pensaba en las aproximadas 5 horas que debían transcurrir para que mi cuerpo se deshiciera de la sustancia. Comencé a perder la noción del tiempo; esa fue la señal de que ya me había “cogido”.

Le propuse que nos acostáramos en la arena. Solo me quejaba del mal sabor que tenía en la boca y él afirmaba que estaba exagerando; por eso preferí ocultar los demás síntomas. Estaba perdiendo mi virginidad de papel, entonces asumí que era normal lo que padecía. Me preguntaba si él se estaba sintiendo igual, o si le pasó algo parecido la primera vez. Creo que él estaba bien. Supongo que nuestros cuerpos reaccionan de maneras diferentes o él ya lo sabe afrontar. Yo tampoco quería preocuparlo. No era para tanto. Sabía que si me quedaba acostada nada podía salir mal.

Me sugirió que fuéramos a comprar algo de tomar para pasar el repulsivo sabor. Sin ganas, con gran esfuerzo y tambaleando, logré levantarme. Una vez de pie, apoyé muy bien las plantas de los pies sobre la arena y me aseguré de estar firme. Él se levantó sin problemas. Tomados de la mano, nos dirigimos a la licorera, pero antes, nos detuvimos en la pequeña rotonda de Taganga para que yo me pusiera los zapatos. Allí sufrí una insuficiencia respiratoria y le pregunté si le pasaba lo mismo. Fue tan consciente de su respirar que comenzó a tener dificultades para hacerlo.

Durante todo ese tiempo admiré su coherencia, porque yo era incapaz de pronunciar palabra. No fue fácil desenvolvernos en la licorera. Sin embargo, y a pesar de su insistencia en comprar vino espumoso, salimos de allí con nuestro pedido: dos botellas de Vive100 y las vueltas completas.

De regreso a la playa, se desató una tormenta en mi cabeza. Comencé a cuestionar todo lo que había sido de mi vida los pasados cinco meses. Por un instante me encontré desorientada y desanimada. Por fortuna, las conversaciones y risas con él lograron que evadiera el tema y que ignorara las molestas sensaciones corporales.

Pronto me di cuenta de que la experiencia constaba de tres etapas y ya había superado la -nada grata- primera fase de confusión.

Etapa 2: Despertar sensorial

En la segunda etapa se agudizaron mis sentidos y alcancé un poco de elocuencia. Todo lo veía en cámara lenta, pero más bonito y brillante de lo normal, me sentía como en un sueño. Recuerdo que varias veces le dije que me parecía hermosa la vista que teníamos al frente: los barcos, el reflejo de la luna sobre el mar, y las luces del  hotel ubicado al extremo derecho de la playa. También podía ver con detalle el recorrido de la arena impulsada por el fuerte viento, y sentirla golpear todo mi cuerpo, en especial mi cara.

I wanna love you, and treat you right,

I wanna love you, every day and every night,

We’ll be together…

La melodía de Bob Marley me transportaba a Jamaica, que en mi mente es el lugar más relajado del planeta. Casita del mar, el sitio donde habíamos comido pizza unas horas antes, nos ambientaba la noche con buenas canciones de reggae.

Aunque no alcanzaba a percibir el humo, el cigarrillo sabía mejor que nunca; y cada vez que queríamos encender uno, teníamos que superar el reto de encontrar, dentro de mi bolso, el encendedor blanco con imágenes de ojos azules y negros que me había traído como regalo desde Turquía. Cada vez, estábamos seguros de que lo habíamos perdido definitivamente, por toda la eternidad. No había manera de regresarla a este mundo que conocemos y que habitamos. Al final siempre aparecía.

En medio de esa agradable locura temporal le pregunté por qué conocía a todas las personas que estaban en el lugar. Tenía esa certeza, por lo tanto me sentía protegida. Creía que estábamos en un lugar que él frecuentaba o donde había pasado la mayor parte de su infancia. Nada malo podía ocurrirme porque estaba a su lado. Como era una idea completamente alejada de la realidad, él se reía y, en cambio, me decía que sentía que yo era una desconocida.

Recordamos que debíamos contactar con Zorro. Yo no quería llamarlo, porque si bien ya era capaz de hablar con fluidez, no me sentía nada coherente. Le pedí a él que lo hiciera y se empecinó en que debía ser yo quien llamara. Cedí ante su persistencia y le marqué, decidida. Zorro me pidió que esperara unos segundos, en los cuales confirmé que no sabía exactamente lo que debía decirle, entonces colgué. No supe contar que había pasado exactamente. Solo me reí, eludiendo las explicaciones.

Esta es la primera parte de la historia. Decidí partirla en dos por ser un poco más larga de lo normal. La segunda parte la voy a montar por aquí  cuando la persona lo termine. Continuará… aquí: Papeles en la arena (Final).

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6 respuestas a “Papeles en la arena

    1. ¡Qué bien! Una de las cosas que me gusta de este texto es que se va desenlazando como el efecto mismo. Confuso al principio, más libre al final, con toques de letras de canciones. Creo que las palabras están muy bien escogidas pero pensaba que era cosa mía.

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