La revolución de las especies: carta de un sobreviviente

No podíamos saber que éstas serían las consecuencias de las acciones de unos y la indiferencia de otros. La especie humana se acomodó en el terreno y los demás tuvieron que dormir donde se les permitía. Nadie pudo entender nuestro desastre como aquellos que no podían hablarnos con palabras.

El día del temblor yo era un niño. Estaba viendo la televisión con mi perro al lado, se llamaba Jono. La fuerza con la que se movió la tierra no fue grande pero la magnitud de los hechos apagó mi lado del mundo. La oscuridad cayó en nuestra casa y mis padres habían salido. Traté de abrazar a Jono pero ya no estaba. Sin ladrar, sin hacer ruido, desapareció.

Luego me enteré por las noticias de que había temblado en todo el mundo. Al principio lo llamaron ‘el día que tembló’. No fueron muy creativos. Luego, lo denominaron ‘La sacudida de Gea’. Me pareció exagerado pero ningún título le haría justicia a lo que pasó.

A Jono nunca lo volví a ver. Creo que está muerto. A veces pienso que me gustaría encontrarme con él  pero tal vez él no quisiera verme a mí. Al principio supusimos que era un patógeno transmitido por el aire y afectaba a todas las especies, menos a nosotros. No entendimos el mensaje. Todos, sin excepción, empezaron a odiarnos, un odio ciego y desaforado.

Las aves se dañaron los picos para salir de sus jaulas, los perros atacaban directo a la cara de sus dueños y los gatos dejaron en paz las aves y los ratones para dedicarse cazar niños pequeños. Todo esto de perros y dueños y gatos atacando ratones parece mentira ahora, pero en ese tiempo era la realidad. Contar una historia de lo que pasa en estos momentos, antes del temblor, era como una fábula de pesadilla.

Nosotros teníamos armas y pulgares. Conocíamos los riesgos y nuestro entorno. Sabíamos sus debilidades. Pero ellos eran muchos. En la ficción, siempre creímos que los zombies eran la peor clase de apocalipsis que podría pasarnos. No consideramos que los zombies no vuelan, ni ven en la oscuridad, ni son diminutos o diez veces más fuertes o rápidos que nosotros.

El primer país en ser superado fue Australia. Las serpientes se multiplicaron exponencialmente y se abrieron paso por todas partes. Cada mamífero, arácnido o reptil se llenó de ira y fue programado para extinguir la única especie que los estaba extinguiendo a todos. Luego cayó África y posteriormente el resto.  “¿Qué puede hacer un elefante contra un tanque de guerra?” -pensábamos como reacción al ataque de la naturaleza.

Un elefante no terminó haciendo mucho, pero las arañas y los insectos sí. La mayoría de la población murió por enfermedades y envenenamiento. Fueron pocos los que resultaron devorados o embestidos.

Los gorilas y las avispas se apoderaron de los pueblos. Las ballenas llegaron a la costa para no dejar avanzar los barcos. Una vez vi una taipán del interior enrollada en el brazo de un chimpancé que la arrojó contra un helicóptero, desde la punta de un edificio. Esto no era una guerra. No estábamos preparados. Ellos estaban organizados y no temían por sus vidas. Nosotros no teníamos compañía. Este ojo lo perdí por liberar un caballo de una trampa de oso.

Juré no volver a confiar en ellos. Pero todavía hay uno en el que tengo fe. Todavía recuerdo cómo le gustaba jalar de este pañuelo. Tal vez  esté loco pero creo que conserva su olor. Un día, yo llegué a dormir al lado de mi perro. Toma este pañuelo y búscalo. Todos los perros atacaron a sus dueños luego del temblor pero Jono decidió huir.

Perdí la esperanza por la raza humana hace mucho tiempo. Después de tantos años, creo que el veneno por fin me va a matar. Esta tierra ya no nos pertenece, si es que alguna vez fue así.

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2 respuestas a “La revolución de las especies: carta de un sobreviviente

    1. ¡Excelente! A mí me gusta mucho leer esto que me decís. Confieso que soy seguidor de cómo escribís también y sos como uno de los tres blogs que leo (tengo que empezar a leer más) entonces te voy a nominar a vos también. Tendrás noticias mías. Saludos 🙂

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