Una mano en el bosque

Deviantart.com by ARTek92

-“¿Comprarías algo sin saber qué es?” -preguntó Meta en una ventana emergente.

Wapiti aceptó.

Revisó en la billetera por tercera vez. Miró debajo de la mesa, levantó la taza de café y se requisó los bolsillos traseros y delanteros, dejó salir un suspiro mirando a la pantalla del computador y se echó hacia atrás en la silla.

Hacía dos meses que Wapiti había cambiado, de forma significativa, su concepción sobre el tiempo, el dinero, los bienes materiales y el concepto de ‘necesidad’. Día cierto, mientras fumaba un cigarro en el trabajo, un compañero le comentó sobre Metaleus o ‘Meta’ (como lo llaman sus usuarios), un sitio web de comercio para comprar variedad de artículos con un sistema de entrega gratuito y rápido.

-”Esto me costó cuatro dólares y llegó en una semana” -le dijo el colega a Wapiti, mientras sacaba un cigarro de una máquina para guardar y expulsar cigarrillos, con símbología egipcia, que había comprado en Metaleus.

A Wapiti le gustó y pidió lo mismo. Ese objeto fue el primero que compró en Metaleus. Le siguió una cámara Polaroid, un comienzo poco prudente pero que dio frutos. Tras poner la primera fotografía impresa, en su nevera, Wapiti y Meta se volvieron íntimos.

Una plancha para viajes, aunque nunca viajó; una ocarina en forma de tortuga, que no sabía tocar; un ‘teaser’ con la cara de Thor, que tenía miedo de usar y un cuadro de tamaño grande con la cara de Alex, de la Naranja Mecánica.

Esto pasó en el primer mes. Antes de comprar, Wapiti examinaba los comentarios en busca de aprobación de otros compradores. Incluso llegó a participar en foros para comentar experiencias con las cosas que había comprado y se ganó cierta fama entre los usuarios.

Wapiti trabajaba como consultor de inteligencia de negocios y podía comprar artículos de lujo sin necesidad de apretar su cuenta bancaria. Sus habilidades para optimizar estrategias basadas en datos eran ejemplares pero su vida le parecía aburrida.

Metaleus, por otra parte, siempre se estaba renovando y era emocionante. ¿Cómo se iba a resistir a esas camisetas con mensajes ocurrentes o aquellas tazas de café que transformaban su diseño con agua caliente?

Una vez faltaban tres días para su siguiente pago y Wapiti no había podido comprar el antiquísimo ejemplar de Tales of Suspense con la primera aparición de Iron Man en un cómic que costaba 40 dólares.

Tuvo que vender su computador anterior (pues ya tenía uno nuevo) para poder hacerse con la revista.

Tras la compra, Metaleus lo felicitó por su artículo número cien  y le hizo una oferta.

-“¿Comprarías algo sin saber qué es?” -preguntó la página web.

El siguiente mensaje apareció en la pantalla de la computadora: “Hola Wapiti, valoramos tu confianza y lealtad a Metaleus. Sabemos lo que vales y por esa razón queremos hacerte una oferta especial. Cada año, Metaleus presenta ‘Manos en el bosque’. ‘Manos en el bosque’ es un objeto desconocido que el usuario puede (o no) comprar sin saber su contenido. ¿Quieres participar?”.

Lo pensó dos segundos. En el segundo número tres se rascó la comisura de los párpados mientras se convencía a sí mismo de por qué debía aceptar. Se agarró un mechón de pelo con dos dedos y lo estiró con la vista hacia él. Puso el cursor sobre el botón de ‘obtener’ y siguió adelante con su compra.

“Manos en el bosque” tenía un costo de mil dólares y financiarlo a 25 cuotas era razonable.

Este objeto se demoró una semana más en llegar. Algo raro en Meta. Al abrir la puerta, Wapiti encontró una caja fuerte del tamaño de un ascensor, que pesaba cinco veces más que él y tenía ruedas para facilitar su movilidad.

Con la Smith&Wesson Border Guard, de acero inoxidable,  abrió el sobre que venía con la caja. Dentro de él había unas llaves para abrir el paquete y una nota que tenía un número de serie combinado con letras de forma aleatoria.

En la comodidad de su cocina, a eso de las tres de la tarde, Wapiti abrió su regalo que, como lo decía Metaleus, era una oferta especial. Dentro de la caja fuerte yacía encadenado otro ser humano. Indio, de unos 30 años y delgado. Tres dedos de cada mano habían sido cercenados con un descuido evidente. De su espalda sobresalía una barra de metal que funcionaba como columna vertebral.

“Sabemos lo que vales” – fue lo primero que pensó Wapiti. ¿Qué significaba esto? Eso no podía entenderlo.

Lo que no tenía el hombre era más notorio. Le faltaba un ojo, todos los dientes y la lengua. La boca estaba cocida y tenía heridas abiertas llenas de tierra y residuos del suelo.

Un dolor de cabeza le hizo reaccionar. ¿Qué pasó? Su respiración se aceleró. ¿Quién es este señor? ¿Qué pasó con su familia? El comprador no pudo más que intentar vomitar pero falló.

Cerró las ventanas, las cortinas y aseguró la puerta. Desconectó el teléfono y apagó su celular. Fue a la nevera por un vaso con agua y con los ojos clavados en la puerta  vio la foto que tomó con su Polaroid. Allí estaba él sosteniendo la dispensadora de cigarros egipcia.

En esa misma cocina había un ser humano que él había comprado. Antes de pensar en algo más, un ruido se hizo notorio.

“Hola Wapiti” -decía una voz masculina. “Eres un magnífico comprador”. Los saludos venían dentro del hombre encadenado. Con detenimiento, Wapiti miró perplejo dentro de la caja. En lugar de lengua, el indio tenía un parlante. Donde debería estar el ojo que faltaba, tenía una cámara. La barra de metal que funcionaba como espina dorsal, servía de antena transmisora y fuente de energía eléctrica para estos aparatos. De una forma rudimentaria, a esta persona la habían convertido en un androide.

Tomó un sorbo de agua y agarró aire con los pulmones. Algo se había quebrado dentro de él.

“¿Cuál es el límite de lo que se puede comprar en Metaleus?” -pensó apoyado en su silla, mirando fijamente su nueva adquisición. Suspiró fuerte, se limpió la garganta y le hizo esa pregunta a la voz del parlante.

Hubo un silencio de 10 segundos donde se podía escuchar el crujir del tabaco dentro de un cigarro que se consumía al otro lado del parlante.

“¿Qué quieres?”.

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