Historias dementes

Historias dementes son cuentos cortos del poder que tiene el subconsciente sobre lo que creemos ser y lo que en realidad somos.  

Mente vs ganas

En el primer semestre de universidad, me tocó escoger una materia lúdica y opté por patear balón. Las primeras cuatro clases todo andaba bien. Me sentía cómodo e incluso me llamaban “Milan”, como mi equipo favorito, por causa de que siempre llevaba esa camiseta. Pero la quinta clase, pasó algo de lo que la mente no me avisó.

Los entrenamientos eran todos los sábados a las diez de la mañana. De haber podido escoger otro horario lo habría hecho pero por ser el primer semestre no tenía acción ni decisión sobre mi tiempo.

Desde el lunes pensé que no quería ir el sábado a la quinta clase para jugar fútbol. La única justificación era la pereza. Maquinando ideas, no encontré una maniobra que me ayudara a resolver el problema. El martes me levanté pensando lo mismo. El miércoles hablaba con los demás de que no quería ir. El jueves estuve dedicado a otras cosas y el viernes en la noche no salí y casi no duermo pensando en eso. No puse el despertador y me acosté tarde. “Que pase lo que tenga que pasar” -me dije.

A la mañana siguiente desperté a eso de las nueve de la mañana. No había cambiado de parecer. Podía no ir pero luego me iba a sentir mal, como cuando uno se saltaba las clases en el colegio.

Me desperté pero no me levanté.

Ahí estaba, con los ojos abiertos, mirando al techo, sin poder moverme. Mi cuerpo yacía paralizado casi en su totalidad. Esos brazos no eran míos y no sentía las piernas. Intenté girar la cabeza pero tampoco era posible. Como un capullo de algún bicho, yo estaba vivo pero inmóvil y una voz detrás de la nuca me decía ‘esto es tu culpa’. Intenté forcejear con el movimiento pero no tuvo resultado y sin darme cuenta, caí dormido.

Faltando 15 minutos para la práctica de fútbol recuperé el conocimiento y la movilidad. La universidad estaba cruzando la calle, entonces puse los pies sobre el suelo, me estiré como si nunca hubiese pasado nada, hice un sándwich de jamón y queso y me senté a jugar en el computador todo el día.

“Tiene que ser el destino” -dijo la conciencia y entendí que la mente estaba de mi lado.

Mente vs J

De la comodidad a la psicosis no hay tantos pasos como uno creería. Creo que fue un sábado en la tarde que no tenía mucho por hacer y contaba con una página de papel y un lápiz a la mano. En lugar de hacer figuras, quise escribir. Mi forma de escribir es fea, las letras gritan que las saquen de su miseria y ellas se sienten horribles en el papel. Cuando era pequeño creí que eso cambiaría al crecer y tendría letra bonita, pero nunca pasó.

Ese sábado en la tarde estaba escribiendo hasta que llegué a la letra ‘j’. No me gustó la jota que hice entonces la repetí. Luego, en un lugar apartado de mi texto, traté de hacer la mejor jota posible. Fallé miserablemente una vez tras otra, de hecho, cada vez se veía más fea.

Cuando me di cuenta, ya había llenado el papel de jotas feas y no podía parar, mi cerebro me impulsaba a seguir intentado dibujar la jota perfecta.

Entré en pánico mientras seguía consignando atrocidades y la vida se me escapaba en la búsqueda de la perfección. Estaba decepcionado de mí. “No he aprendido nada hasta este momento” -me dije.

Giré la cabeza para mirar los textos en las paredes de mi cuarto y en mi camiseta.

Me abrumaba aquel arte de gente superior que yo nunca iba a poder alcanzar por ser un fracasado. Las letras en todas las cosas del mundo me lo iban a recordar por siempre.

Hiperventilé por el miedo interiorizado y el hecho de estar asustado por esto. Fui a la cocina por un vaso de agua y logré calmarme pero a veces la letra aparece por ahí y la miro como si no pasara nada. Otras veces el ojo me tintinea. No es la letra la que me perturba sino el hecho de escribirla.

Nunca la dibujo con el ‘punto’ encima de la minúscula y no sé por qué. A lo mejor es un trauma de la niñez que no recuerdo o quizás en esa letra está contenida toda la creación, incluyendo la mano que la escribió, y sus familiares, integrando la raza humana y el universo, pasando por el tiempo y la inmortalidad de la luz o tal vez es el concepto de cómo la ‘i’ se transformó y escribir bien la jota es un símbolo de evolución, no como especie, sino como Dios.

He mejorado.
He mejorado.
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