El mundo en el fin

Cuando me di cuenta de que estaba en el fin del mundo, me dije que esto era lo que había esperado toda mi vida.

Listo, estás en el fin del mundo, ¿ahora qué?” -me pregunté.

La forma en que llegué es desconocida. Recuerdo que un ave muy grande me trajo y evoco imágenes de estar volando sobre el océano por muchas horas antes de estar aquí.

Estoy parado en una de las dos porciones de arena blanca que componen el fin del mundo. No hay vegetación. Es tierra firme pero poca. Cada isla tiene la extensión de una pantalla de cine acostada y las adorna una palmera sin cocos. El agua hace tregua con el terreno para no tragarse este espacio. El suelo está seco y la arena yace fresca.

Unas 15 mantarrayas saltan a donde estoy y se empiezan a mover junto a mí. Yo camino descalzo y las miro con los ojos bien abiertos.

“Esto es normal en el fin del mundo” -me digo y sigo caminando.

En el centro de una de las islas doy vueltas en 360° con la mirada. No se ven nubes ni tierra. El cielo es del color del mar y al revés. Las rayas se siguen moviendo y yo me acerco a la orilla. Alcanzo a ver ballenas en la superficie.

“Listo. Ya llegaste al fin del mundo” -me repito.

En mi lista de cosas por hacer, ésta no era la última pero si es un punto muerto pues no puedo volver a donde estaba. Tampoco sé si es el fin del mundo o el principio o si alguna vez volveré a ver otro ser humano. Los animales parecen más extrañados que yo con mi presencia en pleno rincón de la tierra. Vuelvo a mirar a mi alrededor y entiendo por qué es el fin del mundo. Cualquier dirección que tome desde aquí se ve igual a las demás. Norte, sur, este u oeste están borrados. Si construyo una balsa o me monto sobre una ballena, lo más seguro es que me muera y si no me muero, volveré a llegar aquí.

“Deja esa bobada del fin del mundo” -me dijo mi madre hace un año y medio.

Le hubiese hecho caso.  Si salgo de aquí, me voy a disculpar. Creo que llevo más tiempo en este lugar del que me imagino. Parece como si hubiese pasado una semana y si no fuera por estas mantarrayas, que se tiran a la arena cada 12 horas, estaría perdido en el invento del tiempo. Ya no sé si aparecen cada 12 horas. Técnicamente pueden hacer lo que quieran conmigo porque no tengo concepción de nada.

Si me lo preguntaran seriamente, diría que llevo 4 años aquí y si me preguntaran cómo he sobrevivido, diría que esto no es vivir.

¿Por qué no me muero? ¿Por qué me ahogo y vuelvo a despertar aquí? ¿Por qué éstas ballenas me están mirando?

Subo la palmera y me sangran las manos mientras escalo. En el punto más alto del fin del mundo no se divisa gran cosa. Las ballenas me miran y las rayas se mueven. El sol se refleja en el agua y me pega en la piel. La arena está fresca. Mis manos me sangran y me vuelve a dar un ataque de pánico. Mi cuerpo no tiene agua entonces no me salen las lágrimas. Miro con tristeza mi lista de cosas por hacer y veo que la última es obtener la vida eterna. La tacho con sangre y la hoja queda casi completa. Olvidé sacar mi perro todos los días y pasar más tiempo con mi madre pero esas cosas las tenía tachadas como si lo hubiera hecho. Aprieto el papel y se tiñe de rojo. Ahí viene de nuevo el ave de mierda. Según mis cálculos, pasa cada 10 años cerca de la palmera. Esta vez sí la voy a coger.

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