Las luces del mundo

Las luces del mundo, como llamaba Dominique Lapierre a los habitantes en los barrios más pobres de Calcuta, son aquí los personajes que han pasado por mi vida y me han iluminando el cerebro de afuera hacia adentro. Estas son mis luces del mundo.

Turco sin helicóptero

Nunca pregunté cómo se llamaba pero siempre estaba hablando de helicópteros, por lo menos conmigo. Llegué al muelle del Marmara (Estambul) preguntando por un ferry que me llevara de un continente a otro (un viaje de diez minutos) para conocer la parte asiática de la ciudad y del país.

-¿Cómo puedo llegar hasta allá? -le pregunté. En un inglés intermitente y poco comprensible me recomendó una ruta que ya no había alcanzado a tomar porque se había hecho tarde.

-¿Qué otra forma hay para llegar? -insití.

-En helicóptero.

El hombre tenía poco cabello y debía rondar los 43 años. Tenía la piel quemada por el sol y en su cara parecía que sonreía pero mirando hacia otro lado. La camisa estaba mal abotonada.

-En helicóptero podes ir a todas partes y te deja justo en el lugar al que querés llegar.

-Sí, pero no tengo un helicóptero y no puedo pagar uno.

-Jajaja entonces tenes que esperar hasta las ocho de la mañana de mañana.

Me fui a preguntar en otro lugar del muelle y mientras la otra persona me hacía signos de no entender inglés, el hombre se metió en la conversación.

-Dos helicópteros te dejan allá -me sugirió.

-Estoy seguro que sí, ¿pero de dónde los saco?

-No sé. A mí también me gustaría saber, porque yo también quiero uno.

Lácidez era el mejor tragafuegos del colegio

No es que fuera tragafuegos mientras estaba en el colegio. En una época estuvo en el colegio y casualmente ahora era tragafuegos. Lo busqué durante tres días y tres noches en las calles de Medellín y por fin lo encontré en un semáforo de la avenida 80.

Yo necesitaba grabar un programa web sobre oficios raros de la ciudad y tragar ACPM, para soltarlo en forma de llamarada en un semáforo, clasificaba como un trabajo fuera de lo común.

-Siempre me tragué un ‘roce’ -me dijo riéndose cuando había terminado la jornada.

Cuando comenzamos la entrevista se sentó en el piso al lado de un semáforo y se puso las manos encima de las rodillas.

-Yo era el más inteligente del colegio, ¿si me entiende?

No es que Lácidez sospechara que yo no había entendido lo que me había contado, lo que pasaba es que esa era su muletilla. Me contó que tuvo que salirse de estudiar porque necesitaba dinero para mantenerse. En la cabeza lleva siempre una pañoleta y una gorra. Se viste con ropa olgada y es te de tez oscura.

Empezó su trabajo en las calles trovando, luego aprendió a hacer malabares y ahora se dedica a varias cosas, como vender flores, lanzar fuego por la boca y quiere ser policía.

Me lo encontré estos días y me dijo que había vuelto a estudiar. Contó que le gustaban las matemáticas.

-Hay gente que en lugar de hacer esto prefiere meterse a ‘la vuelta’ y así no es -me dijo. ‘¿Sí me entiende?’.

Calle del perro

El perro de la calle parecía yo. Yo estaba medio perdido y la otra mitad asustado porque, aunque conocía esa parte del centro de Medellín, no la recorría a menudo. A mi lado caminaba un labrador mezclado con alguna otra raza que era difícil de deducir. Sin collar, no tan sucio y con la mirada firme, iba a un ritmo sin pausa.

Estaba a mi lado pero no conmigo y es que hay dos clases de perros callejeros: los que están totalmente perdidos y asustados y, por otro lado, esos que caminan con un destino fijo y no se distraen con nada. Aquel día yo era de los primeros y él de los segundos. En un semáforo, yo esperé para pasar al otro lado y él siguió y no nos volvimos a ver.

No es como si él me hubiera visto a mí porque cuando lo busqué con la vista, se había perdido entre la multitud y como Richard Parker, no se despidió.

Rosa y Esquipi

Esquipi era un pincher de cinco años con mucho pelo y medía el doble de tamaño de otro par de su raza. Tenía una mancha blanca en el pecho y el resto del cuerpo era café. Como los pug, su cola formaba una espiral. Apartadó (Antioquia) era un pueblo pequeño y muchos reconocían al can que pasaba más tiempo recorriendo las calles de este que en su propio hogar.

Cuando alguien lo veía vagabundeando, lo regañaba en charla y lo mandaba para la casa, orden que él obedecía. Rosa era su guardiana. Ella tenía un poco más de 50 años y fumaba cigarrillos Caribe todo el día en una silla, en la puerta del frente de la casa y con Esquipi acostado a su derecha. De apellido Cruz y oriunda de Chocó, Rosa se la llevaba muy bien con la gente, pero mejor con el perro que también era su guardián.

Ambos veían la gente pasar y eran un dúo reconocido entre las personas. Un día llegó un perro de la calle a matar a Esquipi y le clavó los dientes en la cabeza. El pincher, sin reaccionar, quedó sin vida en frente de Rosa y ella con lágrimas en el cigarro, lo enterró a los 20 minutos.

Una semana después, Rosa envenenó una carne de res y se la dio al verdugo de su compañero. Diez años después, el cigarrillo la envenenaría a ella.


Esquipi

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