Lo que nos hace humanos

*Esta historia, precede a un cuento llamado Sui Géneris.

Una de las sobrevivientes más jóvenes miraba la ventana resquebrajada a causa de las aves novatas que se golpeaban contra el vidrio. Para ella, no era tan difícil digerir lo que pasaba en el nuevo mundo pues, a su corta edad, no se había apegado tanto al pasado. A diferencia del grupo de personas llenas de miedo en el cuarto, ella no sentía temor. Estaba allí, mirando la ventana.

Con un violín que igualaba su tamaño, la niña empezó a tocar con los ojos cerrados mientras una tonada melancólica escapaba por las grietas de la ventana y los otros sobrevivientes condenaban sus acciones con miradas destempladas y cejas arrugadas. La melodía era melancólica pero no por ser el final de la civilización humana. Lo que pasaba es que era la única que la niña se sabía.

La niebla en la calle ganaba opacidad mientras la ciudad se oscurecía y los sobrevivientes se paraban a discutir el sonido que producía el violín. Calmada pero con rigor en sus brazos diminutos, la pequeña Lavanya no dejaba de tocar al sonido de los alegatos entre los miembros de su grupo para que se callara.

El concierto de la menor llegó hasta los oídos alertas de los sobrevivientes en otros edificios y aquellos que estaban ocultos en los carros adyacentes en cualquier parte de la calle.Después de dos meses de la revolución natural que atacó a los seres humanos, se podía respirar con tranquilidad y esperanza, por lo menos por un segundo.

Un segundo pero no más.

Como era de temerse, la melodía cebó un grupo de murciélagos de transformación completa. Para desgracia del grupo de sobrevivientes de la niña, el destino tortuoso de un condenado no daba tregua al descanso y menos a la discusión.

Más de 30 aves negras se juntaron en un solo placaje contra la ventana resquebrajada e irrumpieron la guarida de Lavanya. La andanada sirvió para que los sobrevivientes en los carros pudieran salir a buscar nuevos refugios dentro de la niebla espesa. Si había un terreno más desolador para un ser humano que las calles de la ciudad, era el cuarto en que la niña no dejaba de tocar.

Los vampiros, que medían cinco veces más de los normal, apuntaban a la cara de sus víctimas y con las garras frías amputaban pedazos importantes de carne y hueso de los prójimos. Entre dos murciélagos de transformación completa se llevaron a un sobreviviente por la ventana y solo ellos saben dónde fue a parar. La melodía melancólica no se detuvo.

La pequeña artista, indolente a la sangre y los gritos ahogados en onomatopeyas de mutilación, caminaba con pasos cuidadosos hasta la ventana mientras repetía la única canción que se sabía. La esclerótica de sus ojos se empezó a tornar negra y los dedos de las manos crecieron hasta el piso y se llenaron de anillos, como cráteres en la piel.

Los vampiros de transformación completa la miraban, como si les recordara algo que en un pasado fueron. Lavanya lanzó el violín contra aquellas bestias hematófagas y seguido de él, un torrente de tinta negra destiló de su boca, como si vomitara los malos pensamientos de la gente buena. La cantidad de tinta solo alcanzó para cubrir a un murciélago mientras los demás se abalanzaron contra ella y le arrancaron un brazo y, con él, cinco tentáculos.

Los dedos de sus pies también habían mutado para sobrevivir y en medio de la niebla, se lanzó hacia el vacío de la ventana. Con una estela de sangre fría detrás de los depredadores nocturnos, Lavanya no se preguntaba qué estaba pasando con su cuerpo. Las inseguridades y el miedo se habían desvanecido en la mente de esta niña que cayó en la carretera y arrastrándose en zig zag se metió por la ventana de un carro.

Al mirar por la ventana, identificó la entrada de las alcantarillas de la ciudad. Allí debía ir. El porqué, no lo sabía, pero había otra voz que se lo decía. Con un tentáculo abrió una puerta del auto y un murciélago se chocó entre la niebla contra ella.

Su plan había funcionado.

Con el otro tentáculo, abrió otra puerta y saltó hacia su salvación. Antes de bajar a la oscuridad de las aguas subterráneas, trató de buscar -con la mirada- su ventana en medio de la niebla, para despedirse del violín que la mantuvo humana y de la única melodía que hubiese podido sembrar nueva esperanza en los pobres simios sin pelo que perdieron el mundo.

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