Sui géneris

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Sui géneris: único en su especie.

¿Desde hace cuánto no salía el sol? Darwin no podía recordarlo. De hecho, Darwin no sabía en qué estación del año estaba o si en realidad había una estación climática definida. El ulular del viento que entraba por la ventana -casi cerrada- daba a pensar que quizás sería otoño.

El cuarto estaba ventoso y el aire era fácil de respirar. Con los tonos oscuros del cielo, tal vez no había niños jugando en los parques ni perros correteando pelotas, pero no era un mal día, era un día gris con una nube de lluvia sobre la ciudad, como a veces hace falta.

‘¿De dónde saqué ese afiche?’ se preguntaba recostado en la cama. En el techo de la habitación, mal pegado y con burbujas de aire, había un poster de Nemo, el pez dorado, con la mitad del cuerpo en huesos, como esas representaciones caricaturescas de los residuos de comida de los gatos callejeros.

Tampoco lo recordaba.

Darwin no estaba perdiendo la memoria, lo que pasaba era que el clima y los afiches de su habitación eran temas superfluos que obligaban al cerebro a trabajar de más y la tarde no estaba para eso.

Finalmente sucumbió a las corrientes de viento y mientras caminaba hacia la ventana para cerrarla, el ambiente se tornaba más gélido. Parado en la única parte de su habitación que recibía luz, decidió dar un vistazo al panorama de su barrio. No era una mala vista para ser un sexto piso pero las calles estaban descuidadas, la basura no había sido recogida y había un carro parqueado al final de la cuadra.

Cuando sintió la primera gota de lluvia que auguraba un torrente con rayos y truenos, cerró la ventana y dio media vuelta. Darwin no pudo verlo pero a sus espaldas, con la ventana cerrada, pasó una bandada de cuervos a toda velocidad. Era un grupo de aproximadamente 23 aves negras que aleteaban sin sincronía.

Una de ellas impactó un poste de luz para caer encima del único carro en tres cuadras de distancia. El sonido de la colisión no llegó a oídos de nadie porque fue ahogado por un trueno en la distancia de las nubes y las calles estaban desiertas de seres humanos.

Darwin salió de su cuarto para revisar la nevera en busca de Nutella para comer con pan o quizás una tajada de queso mozzarella con crema de leche. En su búsqueda por alimento, notó que la habitación de su hermano menor estaba vacía y la puerta del baño, cerrada, con la luz encendida.

-¿Cerraste la ventana? -preguntó Darwin sin respuesta y siguió su recorrido.

-¡Hey! -gritó nuevamente para llamar la atención de su hermano encerrado en el baño.

El hermano mayor soltó una maldición a medias en el tono en que se insultan algunos hermanos varones y caminó por el corredor hacia la cocina. A Darwin no le importaba si Simón había cerrado la ventana o no, pero le molestaba que no le contestara cuando le hablaba.

La cocina, como el resto de la casa, descansaba en un color sombrío y con rayos de luz de la ventana que iban perdiendo claridad cada segundo. El tarro de Nutella estaba casi terminado y el pan a la mitad. Mientras cortaba un pedazo de pan para él solo, Darwin escuchó la puerta del baño abrirse y las gotas que se precipitaban en la calle.  Había comenzado a llover y con semejante preludio era un día para no salir de casa.

Aquella puerta del baño donde se encontraba su hermano yacía abierta pero nadie salía. No es que fuera algo alarmante pero ese día de lluvia Darwin estaba tan sensible al entorno y a las ideas que pasaban por su mente, por etéreas que fueran, que a todo le prestaba atención.

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-Mirá. -dijo el hermano menor mientras salía sin apagar la luz.

Darwin, con los ojos clavados en el pan y en el cuchillo no advirtió las palabras de Simón ni su paso acelerado por el corredor. Cuando levantó la mirada, su hermano con lágrimas en las mejillas le estaba enseñando su brazo derecho. La diferencia de edad entre ambos era de tres años y Simón tenía 18, así que llorar en este contexto era preocupante.

Las lágrimas del menor no eran para menos. Su brazo se había encogido a la mitad y tenía un color verdoso oscuro. Del antebrazo pululaban escamas como si de una anémona se tratara y todos los dedos se volvieron regordetes creciendo el doble de su tamaño.

Rápidamente las escamas se fijaron a la piel y ésta se endureció mientras Simón miraba con impotencia a Darwin.

Fruncir el ceño con los pelos de punta era -apenas- una reacción esperada para los hechos que ocurrían en la casa de este par de hermanos. El único sonido en la cocina era el llanto del hermano menor mientras su transformación ocurría en silencio y los truenos orquestaban una banda sonora en lo que parecía una mala broma.

Simón se tiró al piso y cayó en sus rodillas. Con la mirada perdida y la resignación en el ambiente, desahuciado, se intentaba rascar la espalda con la mano buena.

Era triste de ver.

Darwin le quitó la camiseta que llevaba puesta y, allí, antes de que la lluvia se detuviera, el hermano mayor pudo formular su primera hipótesis de lo que pasaba. No era una enfermedad conocida pero los síntomas apenas estaban empezando.

Simón, su vínculo de sangre directo y única familia en el mundo, se estaba convirtiendo en un cocodrilo marino.

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Imágenes tomadas de moistproduction.com.
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2 respuestas a “Sui géneris

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