A dos manos

Jump-Smoke

Todo era una excusa para besarla. Las reglas eran simples: íbamos a tener una cita y al final de la noche cada uno tenía que escribir un texto sobre la velada. “¿Me estás pidiendo una cita?” -me preguntó. Yo asentí sonriendo y ella me miró de lado. “Pero con tarea”-me dijo.

Habíamos salido antes en lo que se podría considerar varias citas. No sería la primera vez que la besaba. Se iba a cumplir un día exacto desde la última vez que la vi y dos horas antes hablamos por celular. A pesar de todo esto, cuando me paré al frente de la puerta de su casa, me puse nervioso. Quería ver con qué ropa iba a salir, si sería un vestido con el que me iba a distraer viéndole las piernas o se iba a cubrir mucho para resaltar una cara de niña buena mirándome a la boca. Se decidió por una blusa con el pecho destapado e inmediatamente abrí más los ojos y casi me trago un chicle que no estaba masticando.

Me saludó con afán y las cosas empezaron mal. El inicio fue terrible, creo que ni se dio cuenta de que limpié el carro. Su madre se asomó por el balcón y me vio salir con ella. Aparentemente eso era un problema pero nunca me dijo por qué. Camino a la pizzería todo estuvo muy silencioso. No la miré mucho y no hablamos.

“Esto era una excusa para salir con vos” -le dije, para ver si las cosas se alivianaban y podíamos estar sin el estrés de que fuera una cita perfecta. No funcionó.  En la pizzería pedí una copa de vino con la misma intención de relajar el ambiente. Aparentemente ella sabe algo sobre las uvas del vino. Yo solo lo pruebo y me doy cuenta de que, en efecto, es vino.

Las cosas no empezaron a mejorar. Estábamos pasando un buen rato, ella, yo y su celular al que no le quitaba la vista ni las manos de encima. Admito que me hubiese gustado estar en su lugar (el del celular).

“¿De verdad vamos a escribir sobre esto?”. Ella lo sabía. Esa noche era, quizás, la peor noche que habíamos pasado juntos hasta el momento. Yo casi no respondía. La pizza estuvo pequeña y el vino se acabó como si nada. Creo que en el restaurante se dieron cuenta de lo que ocurría porque quitaron la música y la volvieron a poner cuando nos fuimos.

No recuerdo de qué hablamos durante la comida. Ella iba a pagar pero me adelanté. No le miré las tetas una sola vez, bueno tal vez dos veces. Lo raro es que ella quería estar ahí y yo también quería estar ahí. No entendí qué había salido mal. Le echo la culpa a la presión de tener que escribir algo que suene bonito.

Terminamos y salimos a tomar algo. Caminamos rápido y la dejé fumar en el carro. La cosa empezó a mejorar. Entramos a un edificio y subimos al piso 10. A ella la miran mucho porque es muy bonita a primera vista. A segunda vista uno se imagina cómo serían sus besos. Como dije, todo esto era una excusa para besarla pero eso, claro, era una intención lejos de la realidad.

Tomamos café y nos comimos un postre en un balcón que reflejaba otros edificios. No nos dejaron fumar en ese lugar y replanteamos irnos en el instante. “No importa que nos regañen” -le dijimos al mesero pero no tuvo efecto.

“Vos estás aburrido” -soltaron por fin sus labios suaves con olor a brownie caliente. La verdad, había estado tan pensativo toda la noche que no había tenido tiempo de aburrirme.

Definitivamente no estaba feliz. En principio, tenía ciertas expectativas sobre esa noche, además del beso. Al otro día me iba de viaje y quería tener algo para recordar en el avión. Desde el balcón se veía el noveno piso del lugar, abandonado, con buena vista y las luces apagadas. “Deberíamos ir allá”-le propuse, “allá podemos fumar” -insistí.

Mierda. Pura mierda, a mí no me interesaba si nos dejaban fumar o no. Más que eso quería tener un momento solo con ella para saciar las ganas de besarla por fin. Por supuesto que mis ganas no eran suficientes para que eso ocurriera. Yo no sabía si ella lo aceptaría y me besaría de vuelta.  La idea no floreció y yo me tragué el pastel húmedo.

El ascensor del piso 10 al 0 se demoró bajando. Era el elevador más lento del mundo. “A vos te pasa algo” -alegó. Yo hice un comentario sobre su adicción al celular y ella se enojó. Todo se había acabado, era hora de dejarla en la casa. Era un corredor largo con un baño en la mitad y pinturas en las paredes. Le dije que me esperara mientras yo entraba a usar el baño. Como el mejor imitador de Puyol, estaba haciendo tiempo. Ella optó por hacer lo mismo. Lo único que hice fue mojarme los labios y lavarme la cara.

Cuando salí, ella todavía estaba adentro. Allí fue cuando me dio el impulso de entrar al baño de mujeres y besarla contra la pared. No lo hice.

Ambos estábamos de nuevo en el corredor y caminábamos hacia la salida. “Espera” -le dije y le hice una seña con las manos para que se devolviera hacia mí. Le di un abrazo muy largo y un beso en la mejilla. Después le di otro. Cerca de la boca y, casi sin separar mis labios de sus mejillas, empecé a darle besos lentos camino a su lengua. Abrí los ojos y ella los tenía cerrados.

Entonces todo tuvo sentido.

La besé y sentí su lengua perfecta. Tiré mi cabeza hacia adelante y le puse los brazos en la espalda. Ella me respondía con un movimiento parecido al mío y empezamos a respirar fuerte. No sé cuánto tiempo estuvimos en esas pero yo paré, la miré a los ojos y le dije “ven”. Ella soltó la sonrisa más linda que he visto en no-se-cuántas bocas y la llevé de la mano hacia el baño de mujeres.

Rectifiqué que nadie nos viera y golpeamos la puerta con nuestros cuerpos. Seguí besándola como si nunca hubiera parado y la levanté del culo para ponerla contra el espejo. Sentí su piel debajo de la blusa pero me quitaba la mano cuando le iba a tocar las tetas (luego me dijo que le estaban doliendo). Agarraba su cuerpo contra mí y nuestras cremalleras hacían fricción. Yo le apretaba las piernas y se me hacía agua la boca. Le agarré el cuello y cuando me dirigía a tocar sus tetas, con pezones claros y pequeños, se abrió la puerta de un golpe.

“Volvámonos serios muchachos” -dijo el guardia encargado de vigilar la zona. “Perdón” -fue lo primero que se me ocurrió. En realidad, al contrario de lamentarlo, lo hubiera hecho 100 mil veces más. Ella salió con la cabeza abajo y yo miraba al hombre que no se atrevía a sostenerme la vista. Es como si se hubiese encontrado a su madre con otro hombre.

Salimos riendo del lugar y concordamos en que la reacción del tipo fue exagerada. Ella tendría que volver allí dentro de 3 días pero el hombre no la reconocería. Nos fuimos cantando las canciones que más nos gustan, sin pena como siempre, con la ventana abierta a 15° C y mirándonos uno al otro más de lo que cualquier conductor debería hacerlo.

Yo entendí que nuestras citas deben ser así desde el principio, pero eso, claro, sería otra excusa para no retrasar el placer. Como estaba planeado, al otro día me fui de viaje y de vuelta ella iría por mí al aeropuerto. Esa tarde todo empezó por el final. Intentar (d)escribir ese día sería bajarle el nivel a lo que pasó porque solo las letras de varias canciones harían justicia a todas las cosas que hemos hecho.

Estaba segura de que se demoraría… Es fácil saber qué esperar de una persona que conoces… Por fortuna, pude aprovechar esos 15 minutos de espera para comenzar a escribir algunas líneas.Iba a recogerme a las 7:00 p.m. Llegué a mi casa pasadas las 6:00 p.m., y me metí rápidamente a la ducha. Permanecí bajo el agua caliente durante unos minutos… Justo lo que necesitaba después de la larga jornada laboral, que ese día particularmente se me había hecho eterna.

También seleccioné el atuendo que iba a usar: un escote discreto, que dejara mucho a la imaginación y, sobre todo, al deseo. No sabía que sucedería, es obvio. No tenía expectativas, ni altas, ni bajas… ninguna. Sólo sabía que sería una muy buena cita, como todas las que ya habíamos tenido hasta ahora, aunque jamás habíamos acordado denominarlas de esa manera. Lo eran y lo son, de una manera bastante natural.

Odié el comienzo… No puedo decir que esperaba que fuera diferente porque, como ya dije, no lo había construido en mi cabeza (algo casi imposible para alguien tan obsesiva, y controladora como yo). Sólo después de vivirlo supe que si tuviera la oportunidad de cambiarlo, definitivamente lo haría.

Todo se compuso cuando, mientras nos dirigíamos a aquella pizzería, prendimos el primer cigarrillo al son de las tonadas de todas esas canciones que con el tiempo se han vuelto tan nuestras… Era una ocasión especial. Aún no comprendo por qué considera que algunas de las veces que nos juntamos no lo son. Para mí cada una es memorable, mágica, única. No hay una sola que se me escape, todas las tengo marcadas en lo más hondo de mi… Piensa demasiado en el olor del cigarrillo impregnándose en la cojinería de su carro blanco y en los comentarios negativamente críticos que después podría recibir al respecto.

Comencé a relajarme, y pensaba que con él no tenía que cambiar nada… Cada minuto a su lado, por malo que pueda ser para mí, definitivamente vale la pena. Él todos los arregla… Con su sonrisa, con sus chistes, con sus comentarios subidos de tono, con sus ganas de pelear, con su vida dándole tanto a la mía. Él es esa persona que cuando está a mi lado hace que se me olvide el resto del mundo.

No importa el nombre de los lugares que visitamos porque cuando estamos juntos lo demás es irrelevante. Sólo importa que él y yo coexistimos ahí… chupándonos la duración de cada segundo, disfrutándolos como si fueran los últimos, porque somos muy conscientes de que la realidad en cualquier instante puede darnos una puñalada por la espalda quitándonos el placer de tenernos cerca consumiéndonos de tanto querernos; razón por la cual la mayoría de nuestras conversaciones se salpican de existencialismo al punto de reconocer que somos incapaces de encontrarle sentido a la existencia propia sin la presencia del otro.

El tempranillo Malbec no fue tan suave y aromático como lo pudo haber sido, para mi gusto, un varietal de Merlot. A la pizza le faltó pimienta y la música “culta” dejó de sonar minutos después de nuestra llegada ¿Nos quisieron decir algo con eso? ¿No somos lo suficientemente cultos para estar en un lugar como ese? Preguntas al aire…

La velada, aunque no fue propiamente romántica, se tornó acogedora y artesanal. El folklor se lo pusieron los pitos que nos dieron con la cuenta, entendidos como los únicos mecanismos efectivos de defensa que teníamos para el largo y nada seguro recorrido hasta el lugar donde habíamos dejado el carro. Los policías próximos a los malandros nos asustaron, pero por suerte no tuvimos que usarlos.

La ruta a nuestro siguiente destino estuvo acompañada por más música y más cigarrillo…

Después de superar un casi interminable lapso de estar separados por las inauditas reglas que los señores del parqueadero nos obligaron a cumplir, encendimos otro mientras caminábamos. Teníamos tiempo y vida para sentarnos a fumar, mientras hablábamos de los conversatorios de Cibermedios que se han dictado desde marzo y de lo que nos deparará el futuro cuando nuestras vidas se separen temporalmente.

La requisa a mi bolso, en la entrada, resultó inútil cuando después de meternos una sobredosis de 10 pisos de altura de afrodisíaco chocolate materializado en brownie y torta húmeda, Villa nos descubrió desbordándonos de pasión en el baño de mujeres del primer nivel del edificio…

Bueno, con un poco más de suerte y de tiempo habría estado mejor. Siempre los segunderos insisten en acelerar su ritmo en las mejores. Pero fueron unos cinco bastante placenteros. Algo sabía: de poder, hubiésemos congelado todo a nuestro alrededor para hacer realidad muchas de las fantasías de las que conversamos.

Aunque hemos tenido algunos encuentros acalorados, no logro descifrar su personalidad como amante. Tengo claro que no es romántico. A veces intenta tratarme con delicadeza, pero su deseo es tan fuerte que hace que sus instintos se desfoguen. Esa actitud de “macho castigador” me resulta extremadamente provocadora, creo que sólo él, queriéndome todo lo que me quiere, se atreve a verme como su objeto de deleites y satisfacciones. Reconozco que, en alguna medida, disfruto esa irreverencia con la que me habla en ocasiones.

Las palabras se quedan cortas para describir ese momento, y todos los que he permitido que invada mi proxemia hasta tocar mi intimidad. Nadie me ha acariciado como él lo hace, ni me ha besado con tal erotismo. Nunca nadie me había hecho sentir tan deseada, ni había sido tan sincero al manifestármelo. Una de dos: o no puede disimularlo o se esfuerza demasiado por hacer notorio cuánto le atraigo.

Muchas de las veces que estamos juntos, aunque yo no esté muy contenta con mi apariencia, logra hacerme sentir la mujer más putamente irresistible del universo. Es el único que me ha hecho sentir exclusiva en la cotidianidad. Quizás sabe ocultarlo muy bien, pero nunca, en los mal calculados 600 días que llevo de conocerlo, he visto que haya mirado con morbo a alguna otra vieja cuando está conmigo. Me hace pensar que sólo tiene ojos para mí.

Amo las maneras en que me besa, me toca y me mira. Amo pasar mi lengua sobre sus labios. Amo morderlos. Amo correrme hacia atrás cuando con todo el impulso se acerca a besarme, y amo cuando después de una sonrisa le doy ese beso que no permití que me diera. Amé estar sentada en el tocador de ese baño, besándolo, tocando su cara con mis manos y con las piernas alrededor de su cuerpo. Amé, como siempre, cada puto segundo a su lado.

Odie a Villa y su inoportuno y agresivo grito: “volvámonos serios”. Cierta esa frase de John Lennon que afirma que nos escondemos para hacer el amor, pero practicamos la violencia a plena luz del día… aunque en ese momento estaba de noche.

No sé si pueda llamarle nostalgia a lo que siento cada vez que escucho “Someday”. Por una parte, me hace pensar en el millón de momentos de extrema felicidad que he vivido a su lado. Por otra, me lleva al lugar donde probablemente estaré en unos meses, recordándolos, extrañándolos y añorándolos como a nada. Algo es bastante certero: siempre querré compartir con él lo que me resta de vida, porque él me hace feliz y me hace saber que lo hago feliz. “No era su sonrisa lo que me volvía loca. Era el hecho de saber que era feliz conmigo, saber que sonreía por mí”.

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