100 km/h

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Imagen sacada del mejor video del mundo: Road Regrets – Dan Mangan

A 120 km/h el carro tiembla. La carretera se vuelve estrecha y el suelo deja de ser plano.

Lo que se ve por la ventana a 120 kilómetros por hora es irrelevante. Una distracción es igual a  un desbalance y mientras se va perdiendo el rumbo, empiezan a trabajar las rotativas de los periódicos.

Con una voz que dice ‘cuando no hay otro lugar a donde ir’ y pregunta si hay tiempo para una última canción, incluso los 120 km/h pasan a segundo plano.

Vivimos al 120 por ciento y el número de latidos predestinados hasta el momento de nuestra muerte imita el ritmo de los perros. La línea de vida se estira pero se encoge. Pensamos en las personas que queremos y las otras que necesitamos.

Esta es la carretera más limpia del mundo. Los demás vehículos se convierten en destellos dentro de los espejos laterales. Solo, sin un lugar a a donde ir, hay que seguir acelerando para no pensar demasiado. El oído se vuelve tan sensible que se podría escuchar un suspiro a la mitad de un concierto. Tomamos la felicidad prestada de las cosas que queremos hacer en el futuro y la simplificamos.

“¿Qué estoy haciendo en estos momentos si no es esperar un evento futuro tras otro?”. Llenar  los espacios de soledad con películas, sin alimentar el presente como antes. “¿A qué velocidad tengo que pisar el acelerador para que lleguen los días del demonio?”.

Ciertamente a 120 kilómetros por hora no se ven los indigentes a la orilla de la carretera.

Claro que hay gente que tiene problemas, más allá de estar perdido en la aceleración de los días, siempre sabemos que alguien la tiene peor. Aún así, ¿acaso no hay alguien que siempre la tiene mejor? Entonces…¿qué sentido estar feliz si hay gente más feliz? Privarse de la vida por expandir el espectro de lo que experimentamos en la cabeza es meterse la camiseta por dentro en el colegio.

A 100 km/h la música pasa a segundo plano y la mente también. En un estado de transición tan rápido como los cambios de planes a última hora, creemos que la vida no se puede vivir a 120 sino a 100.

Entonces seguimos esperando planes futuros, ahorrando dinero y perdiendo el tiempo. Desacelerando, envejeciendo y creyendo que estamos cambiando todos los días cuando no es así. Perdiéndonos en una de las tantas voces de los coros que escuchamos al conducir.

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