“¿Te imaginas? “, dijo el microondas heroinómano

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¿Te imaginas un lugar donde cada cosa, cada elemento, cada parte que lo conforma…hablara? -dijo el microondas mientras se terminaba de inyectar heroína.

Parece una estupidez -respondió la cuchara en la que se había calentado la droga.

Estupidez es que te pongas a calentar una cuchara en un microondas -agregó el radio sin que nadie le pidiera su opinión. Como era de esperarse, nadie le prestó atención.

Las demás cucharas estaban tiradas por toda la cocina, fumando marihuana y escuchando a The Beatles, mientras se calentaban con los rayos de sol que entraban por la ventana. Era una tarde calmada en la casa de un escritor fracasado y el escenario más interesante del día eran las partículas de polvo, reflejadas por la luz, de las últimas horas del día. Era una fotografía hermosa, sin duda, pero no había un fotógrafo con una cámara costosa y conexión a Instagram que la tomara.

Encima de la nevera estaban las llaves de un carro alquilado. Dejando caer sus extremidades de llave en el aire y sentadas en el borde del refrigerador. Allí se llevaba a cabo una conversación interesante entre el encendedor del carro prestado, la llave del baúl y la llave que abría el tanque de gasolina.  ”Un día de estos le voy a hablar”, decía la llave del baúl con una sonrisa.

Medís como 8 centímetros -dijo el encendedor del carro.

El tamaño no importa -agregó la llave del tanque de gasolina, que aparentemente era una llave hembra.

Claro que el tamaño importa. Él es una llave de 8 centímetros y ella es algo así como una licuadora -dijo el encendedor del carro mientras se quitaba un pelo de la nariz o lo que sea que se quiten las llaves de la nariz. “Si no tienes dinero, no te va a prestar atención” -sentenció.

Ella no es algo así como una licuadora. Es una licuadora. He visto casos donde el dinero no importa -dijo la llave del baúl sin borrar la sonrisa de la cara.

Sin embargo, la expresión del juego de llaves cambió cuando vieron a la licuadora, al otro lado de la sala, haciendo sexo oral a una navaja suiza que el escritor fracasado usaba para cortar tomates verdes.

“Jajaja, es el síndrome de los extranjeros” -dijo el encendedor del carro que naturalmente era un hijo de puta.

Creo que es una extranjera, pero ese no es el punto -expresó la llave del tanque de gasolina que aparentemente era una llave hembra mientras consolaba a su amigo que ya había borrado el 80% de su sonrisa.

La nevera en la que estaban montados empezó a toser sangre y las llaves se cayeron al piso.

¿Tuberculosis? -preguntó una copa de vino a la mitad que por razones desconocidas estaba en el piso.

Eso espero -respondió la nevera con una voz grave, común en las neveras que tienen esos aparatos que lanzan cubos de hielo al piso.

¿Por qué no te morís de una vez? -preguntó de nuevo la copa de vino a medias.

A este miserable no le alcanza el dinero para que yo me muera -respondió nuevamente la nevera mientras se limpiaba un poco de sangre que le había quedado en esos aparatos que lanzan hielo al piso.

Con conversaciones triviales por todas partes, llegó ese momento del día que ya no es el día sino la noche y el ruido mermó razonablemente. Algunas cucharas seguían fumando mientras una llave decepcionada de la vida llegó a pedir droga en una esquina de la cocina. El microondas dormía como si no fuera a despertar y los demás, incluyendo al escritor fracasado, trataban de dormir ignorando el sonido de una licuadora trabajando y otros gerundios que riman con “amando”.

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