Las princesas no cagan

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María no sabe que su casa en Medellín (Antioquia) está a 5.380 kilómetros y 86 metros de los estudios de Walt Disney en Los Ángeles (California). Se ha metido en Youtube pero no hay visto que hay cientos de videos resaltando en círculos de color rojo las decenas de figuras fálicas que salen en las producciones animadas que produce Disney. La niña de 8 años no tendría por qué saber que una empresa de investigación japonesa encontró irregularidades en varias fábricas de la marca del ratón respecto a las condiciones laborales de sus empleados. Lo único que María tiene claro es que es una princesa y las princesas no cagan.

¿Acaso Rapunzel es reconocida por su larga tira de mierda? o ¿Blancanieves llegó a la casa de los siete enanos a cagar? Sería absurdo sugerir que las princesas tienen ano. Aunque María si tiene y se rehúsa a usarlo porque ha visto lo que sale por ahí y considera que tiene un porcentaje muy bajo de magia. Tampoco valdría culpar a Disney porque entonces habría que preguntarse por qué las otras niñas si defecan sin tapujos.

-¿Qué salió mal? se pregunta la madre de la pequeña doncella -¿Fue cuando le compré el Volkswagen de la Barbie o la metí en clases de ballet? En lugar de manzanas recogidas directamente de la rama del árbol, María tiene una dieta de laxante, gelatina y bebidas calientes. Solo expulsa sus heces de noche, mientras duerme, y su madre hace la respectiva limpieza para convencerla de que no pasó algo.

El síndrome de la princesa que no caga ha llegado a un punto de desespero que la niña se ha puesto a llorar en medio de un centro comercial por la fuerza física que requiere decirle al recto que ella no es de esas. La barriga se inflama y la paleta de yogurt se cae al piso. A pesar de todo la niña está sana porque caga todos los días en sus sueños

-¿Qué salió mal? se pregunta la madre desesperada y prende el televisor para ver que la sirenita tiene una cola de pescado en lugar de cadera. Detiene el video y mira de cerca pero entre las almejas cantando y el cangrejo bailando no hay ano. -Quizá fue desde antes. Agarra una muñeca de Barbie y le quita el vestido pero su cadera está expresamente sellada de plástico.

Es peor de lo que pensaba. La madre afligida cambia de canal y se da cuenta que en el abecedario para niños la ‘v’ no dice vagina y la ‘c’ no dice culo. ¿Acaso todo es mentira y su ano es único y extraño? -Esto no puede seguir así.

De su bolso de bandolera saca un paquete de seis supositorios de glicerina de varios colores. Con una expresión de seriedad, la madre separa el supositorio rosado del resto. Tiene sentido, siendo para una princesa. Mientras tanto, en algún lugar del intestino grueso de María, hay un foro para decidir cómo va a ser su boda y un comité creativo para diseñar e imaginar un hombre perfecto, que tampoco tiene por donde cagar y que le propondrá matrimonio en una boda con baños pero sin inodoros.

María no entiende lo que su madre tiene en la mano. Nunca ha visto un supositorio en sus ocho años de vida. -Esto es para ti princesa, así ya no te va a doler. Hace cara de desagrado solo por pensar en esa parte del cuerpo que le duele. Parece algo donde se guarda el maquillaje pero no se abre.

Dejando una estela de brillantina, con la perfección de una bailarina, el supositorio de glicerina se convierte en el príncipe azul de María. Cinco minutos después es cuando la magia ocurre. Lo que seis meses de psicólogo no pudieron solucionar, una terapia de laxante invasiva lo resolvió en minutos. La jovencita se da cuenta de que las princesas si cagan y la mierda es amarilla con un tono de verde y tiene poca consistencia entonces se divide hacia todas las partes dentro del inodoro. La mierda de princesa huele mal, peor que la de cualquier otro animal, una combinación de heces de caballos de carruaje y diarrea de enanos del bosque. El olor no se puede disimular. La madre o la hija no hacen comentarios, hacen un minuto de silencio en honor a una gran pieza de inocencia que se va para siempre del cuerpo de la niña.

Antes de partir y ser libre, el excremento se despide porque se pudo ir sin sentir vergüenza. María se pregunta si tal vez ella no es una princesa después de todo pero mientras el tornado dentro del inodoro hace su trabajo, antes de tragarse la mierda, un pequeño destello de luz le pone el toque final a la blanda despedida y el sonido de un tintineo revuelve la fábrica de porquería en el interior de la joven princesa.

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